Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros
Las sucesiones en política son difíciles y las crisis de crecimiento, muy complicadas. El PSOE, casi veinte años después, sigue sin cerrar de forma definitiva la sucesión de Felipe González, invocado con regularidad como referente por todos los que han querido y quieren mandar en el partido. Doce años después de que dejara el poder, José María Aznar sigue ahí y aparece y reaparece, genera añoranza entre sus más acérrimos y provoca urticaria entre sus herederos políticos, con Mariano Rajoy a la cabeza. Podemos, el último llegado a la escena política, ha sufrido y sufre de éxito rápido, como demuestran las discrepancias entre sus números uno, Pablo Iglesias, y dos, Íñigo Errejón, con dos ideas bastante diferentes de cómo hacer política. En Ciudadanos, el otro partido emergente, la omnipresente figura de Albert Rivera evita por ahora cualquier enredo interno. Es lo habitual, porque las discrepancias suelen aparecer cuando se alcanza el poder y, por eso, los rifirrafes en Podemos son tan llamativos.
“Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros”, es la frase atribuida al desaparecido Pío Cabanillas Gallas y que habría pronunciado al principio de la Transición, en la época de las guerras fratricidas en Unión de Centro Democrático (UCD), el grupo, más que partido político, aglutinado en torno a Adolfo Suárez y que tiene el récord de pasar del todo –169 diputados– a la nada –una docena– en una legislatura. UCD nunca fue, en realidad, un partido y por eso desapareció súbitamente, pero su ejemplo siempre se invoca para hablar de las consecuencias nefastas de los enfrentamientos internos que ahora, cada uno a su manera, reproducen partidos históricos y menos históricos.
José Luis Rodríguez Zapatero fue el resultado de la sucesión fallida de Felipe González. A pesar de todo, lideró el PSOE, ganó dos elecciones, se apartó para no perder en las urnas y legó a su partido su peor resultado electoral, hasta que llegó Pedro Sánchez. Ahora, Sánchez tiene que apechugar, entre otras cosas, con las críticas y las maniobras de Zapatero, que se quiere ver reivindicado por comparación con un sucesor al frente del PSOE cuestionado desde que accedió a la secretaría general. Es fuego amigo, y no solo de Zapatero, pero no deja de disparar, lo que complica el día a día, ya de por sí difícil, del líder del PSOE, que inicia debilitado la campaña electoral. Pedro Sánchez y su equipo de confianza tienen esperanzas en la remontada, pero no ocultan su decepción ni en privado ahorran críticas para los que consideran de su propia familia política –medios de comunicación incluidos– que no dejan de criticarles e incluso coquetean con la periferia de Podemos.
Mariano Rajoy es líder del Partido Popular y presidente del Gobierno porque José María Aznar lo eligió como sucesor y también porque el actual inquilino de La Moncloa ha logrado sobrevivir a todo y a todos, dentro y fuera del PP. Eso sí, ahora, la relación Rajoy-Aznar está técnicamente rota y nadie espera que ninguno de los dos coja el teléfono para hablar de casi todo y aclarar algunas cosas. Aznar es historia del PP, como Felipe González lo es del PSOE. Ambos votarán siempre –y harán campaña si se lo piden y les dejan– por sus respectivos partidos, pero también los dos resultan muy incómodos para los líderes actuales de ambos partidos.
Aznar ha protagonizado el último rifirrafe con Rajoy, ante el espanto de dirigentes, militantes y partidarios del PP, a cuenta de una polémica estéril sobre quién actuó con más contundencia y éxito sobre el déficit. Aznar no perdona la filtración de sus problemas fiscales. Más allá de eso, lo paradójico es que Aznar y Rajoy dicen y defienden lo mismo, aunque de cara a la galería –por los personalismos de cada uno– parezca muy diferente. Aznar, lo ha dejado escrito en ABC, carga contra el populismo, reclama ortodoxia económica y sobre todo aboga “por un pacto de estabilidad y crecimiento entre los partidos que puedan formar parte de un Gobierno razonable”. Justo lo mismo que defiende Rajoy desde el día siguiente de las elecciones del 20-D y lo mismo que dirá tras las del 26-J.
Felipe González ha evitado roces, sobre todo públicos, con Pedro Sánchez, con quien tiene una buena relación personal, aunque a veces sus palabras –la posibilidad de que Gobierne el más votado– rechine en los oídos del líder socialista. José Luis Rodríguez Zapatero tampoco ha hecho, ni hará, ninguna propuesta política de fondo opuesta a las de Sánchez lo que, sin embargo, no le impide criticarle y dejar que se sepa, algo que genera problemas en el PSOE y también preocupa a dirigentes y militantes.
Pablo Iglesias e Íñigo Errejón son un caso diferente. Los dos jóvenes políticos sí representan y defienden líneas políticas distintas que ya han empezado a chocar, aunque la perspectiva de un buen resultado en las elecciones aparca el conflicto. Antes o después el centralismo democrático de Pablo Iglesias, es decir la versión siglo XXI del comunismo, lucha de clases incluida, colisionará frontalmente con la transversalidad que propugna Errejón y que tan buenos resultados ha dado a Podemos. Compartirán campaña y si llega el éxito en las urnas, lo celebrarán, pero luego, antes que después, habrá ajuste de cuentas y más drástico que el que pueda haber en el PP o en el PSOE. Pío Cabanillas lo tenía claro: cuerpo a tierra, que vienen los nuestros.


