Comparaciones odiosas: el PSOE y Podemos
La estrategia de Pablo Iglesias y Podemos es convencer a una gran mayoría de electores del PSOE que ellos son ahora la única opción de izquierdas y buscar coincidencias, pero hay grandes diferencias.
Adolf Hitler, ahora que acaba de celebrarse con emoción el 70 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, es el ejemplo más extremo, pero hay otros, la mayoría por fortuna menos trágicos. Los electores, es una evidencia, no siempre aciertan, y la democracia todavía es y lo será siempre, como proclamó Winston Churchill en la Cámara de los Comunes el 11 de noviembre de 1947, “la peor forma de Gobierno, excepto por todas las otras formas que han sido probadas de vez en cuando”. El político británico no inventaba nada, reinterpretaba una vez más a Aristóteles, pionero en la defensa de las virtudes democráticas y que también escribió que “en las democracias, las revoluciones son casi siempre obra de los demagogos”. Solo el tiempo, pero lo hará pronto, sentenciará si los electores griegos –un 36%, tampoco todos, pero las reglas son las reglas y ahí está la grandeza democrática– han acertado o no al entregar el Gobierno de su país a los radicales, más o menos neocomunistas, de Syriza, con su líder Alexis Tsipras, que contó en el tramo final de su campaña con su colega español, Pablo Iglesias, líder de Podemos y, de alguna manera, conmilitón en las nuevas trincheras de la extrema izquierda.
Pablo Iglesias, lo repite siempre que puede, aspira ahora emular el éxito de Syriza pero por la vía rápida, no tras seis o siete años, sino en apenas año y medio desde la formación de Podemos. Su gran objetivo es pescar votos en los grandes caladeros de la izquierda que hasta ahora han apoyado al PSOE, le concedieron varias mayorías absolutas y lo sostuvieron durante más de veinte años –en dos periodos– al frente del Gobierno de España. El líder del Podemos, en su peripecia política, encontró –nunca se sabrá de verdad si fue por casualidad o no– un inesperado y quizá involuntario aliado en la figura de José Luis Rodríguez Zapatero. El expresidente del Gobierno cometió el error-descuido de acudir a una cena, propiciada por José Bono, perejil de más salsas de las que pueda imaginar Karlos Arguiñano, con Iglesias y su escudero Íñigo Errejón y, sobre todo, no advertir previamente al actual secretario general de los socialistas, Pedro Sánchez, que puso el grito en el cielo cuando una mano nada inocente, con la intención de debilitarlo, filtró la existencia de esa reunión, celebrada, para más inri, en el domicilio madrileño del expresidente de Castilla-La Mancha, exministro de Defensa y expresidente del Congreso. Bono, además, remató la faena con una explicación de que no comparte las posiciones de los líderes de Podemos pero que, al mismo tiempo, tiene más o menos simpatía personal por ellos y una buena relación, cuyo origen se remontaría a que atendió legalmente al padre de Pablo Iglesias, aunque fuera en el entonces equipo de Enrique Tierno Galván.
Zapatero, que, según sus críticos más ácidos, tiene un cierto complejo de Estocolmo con Pablo Iglesias y su equipo porque es lo que a él le hubiera gustado ser y hacer, ha comentado con simpatía que los de Podemos “quieren ser unos buenos socialdemócratas”. Todo un guiño –que ha trascendido y enervado no solo a Pedro Sánchez– hacia comparaciones inevitables entre Podemos y el PSOE y en el que muchos, socialistas y no socialistas, vuelven a ver aquella criticada frivolidad del expresidente del Gobierno que, sin embargo, un día se cayó del caballo adanista y aprobó la denostada reforma por la izquierda del artículo 135 de la Constitución, que evitó mayores males para España en momento muy complicados. Es posible que el jefe de Podemos aspire a ser un buen socialdemócrata, pero todavía está muy lejos, tan lejos como Tsipras o sus aliados de Gobierno de la extrema derecha griega, alabados por Marine Le Pen.
Pablo Iglesias –empiezan a conocerse los detalles–, en la cena con Bono y Zapatero, estaba muy interesado en que le explicaran varias cosas. Primero: él y Errejón querían un curso acelerado para saber cómo un Estado como España coloca –vende– la deuda pública, quizá porque además de intentar no pagarla sueñan con aumentarla para financiar sus programas de gasto infinito. Segundo: los dos jóvenes políticos estaban muy interesados en conocer el funcionamiento de la OTAN y, tercero, también querían descubrir los intríngulis del mercado de armas en los que, tal vez, solo tal vez, José Bono empezó a introducirles. El exministro de Defensa, sin duda, no es un experto en la materia, pero por ejemplo sí negoció varias ventas importantes, culminadas o no, incluida una operación con la Venezuela en la que reinaba Hugo Chávez y que sí dio contratos a los líderes de Podemos, otro punto de contacto, casual o no, Bono-Iglesias-Zapatero.
Los líderes de Podemos, que según el expresidente, “quieren ser unos buenos socialdemócratas”, tienen poco que ver con la histórica versión española de la socialdemocracia, identificada con Felipe González y sus sucesivos equipos. Algunos pretenden encontrar en el PSOE de antes de 1982 un programa con las mismas raíces radicales que lo que proclama Podemos. Poco que ver, como tampoco tienen nada que ver Alfonso Guerra, Javier Solana, Miguel Boyer, Carlos Solchaga, Ernest Lluch, Joaquín Almunia y tantos otros que rodeaban a Felipe González y que, por supuesto, no tenían que preguntar cómo se coloca la deuda ni cómo funciona la OTAN, como Pablo Iglesias y su equipo, de la casta endogámica de los profesores de universidad, según Félix de Azúa, desde Monedero a Errejón. Las comparaciones siempre son odiosas.



