Varela enfada con su divismo
Felipe Varela, el modisto de la reina Letizia, vuelve a la Mercedes Fashion Week después de 20 años de ausencia. Su más de media hora de retraso y el ocultismo de su colección al jurado irritó al público asistente y a la prensa.
Felipe Varela, protegido por el aura de la Reina, hizo cuanto le apeteció: se escondió sin dejarse retratar, evitó que el jurado tocase la colección, fue reverenciado y consentido y dejó ejemplo de divismo trasnochado. Parecía que hubiesen resucitado al gran Balenciaga, que fue ejemplo a seguir no solo de elegancia sino también de comportamiento prudente, humilde y nada llamativo. Así se fue a la tumba y así lo recuerdan cuantos lo añoran, como Sonsoles Díez de Rivera, a la que tanto vistió como a su madre, marquesa de Llanzol. Ahora la resucitan en no admitida serie televisiva por su grande, desafiante y gran amor con Ramón Serrano-Súñer. Era de armas tomar, soberbio, maquinador y gélido, igual que ahora resulta, sin parentesco alguno, este escurridizo y calvo Felipe Varela, que tornó a los desfiles madrileños tras veinte años sin hacerlo.
Entonces aún no era costurero preferido de la Real Casa. Siguiendo y hasta copiando descaradamente el “estilo Rania” hizo que Letizia fuera admirada por la propiedad indumentaria nada excesiva de su guardarropa. Destacan combinados con accesorios –especialmente bisutería, donde prodiga unos bailones pendientes de 9 euros– añadiendo piezas de Mango, Zara y Hugo Boss en sus habituales y receñidores “dos piezas”. Son clásicos sastre de tono generalmente neutro sin estampado, que siempre remarcan el cuello limpio. El creador cojea cuando se trata de crear gala algo que no pasó los primeros y poco resabiados tiempos principescos, cuando engalanarla era obra deslumbradora de Lorenzo Caprile. Ninguno de los 40 trajes presentados en esta reaparición podría llevarlo la Reina.
El broche de oro. Quizá harto de la sobriedad oficialista a la que se debe sin causar sobresaltos, se desfogó. Sobre la pasarela broche de oro de la Mercedes Fashion Week derrochó lentejuelas, rutilancias, pedrerías, pieles rosa o rebordes de chinchilla y visón. Alarde más sexy que refinado. Su creatividad tan recargada iba desde modelos de trasparente encaje que lo mismo mostraban la raja trasera que los nada sobresalientes pechos de las cuarenta exhibidoras, nada que ver con las quince que equitativamente correspondían a cada uno de los treinta desfiladores.
Segundo agravio público tras la espera de casi una hora minimizada a coro por Cuca Solana, Fermín Lucas y Eduardo Cortés, que no dieron prisa ni se alteraron como la prensa, retenida en un corralito y oyendo cómo el jurado denunciaba no haber podido valorar la colección en los camerinos. Lo prohibió Varela. Absurdo cuando se trata de una zona privada de puertas abiertas donde la profesión echa un ojo a la competencia. El veto incluyó al pasmado jurado que eligió a Jorge Vázquez como “mejor colección”. El cuarto destinado al recuperado protegido –desean que no sea por mucho tiempo– estaba custodiado por siete personas en la puerta. Le faltaba tener preparada la metralleta o una lanza defensora, !qué barbaridad! Cristina Cifuentes debió enviar a los antidisturbios, tenía que haberlo previsto.
El estilo de la presidenta. Ella impone un estilo desenvuelto, auténtico y nada encorsetado. La presidenta es adicta a los desfiles, cosa que no pasa con Manuela Carmena. La presidenta compra mucho en Zara, como muestra el juvenil abriguito rosa calcado de Prada de la última semana. Luego lo vi recreado por Jorge Vázquez y embelesó a Margarita Vargas, que se ha hecho la más de las elegantes madrileñas a las que supera en calidez y mundo.
“¿Piensa en Venezuela?”, le pregunté repasando su traje blanco de escote bordado en pedrería. “Todos los días”, contestó. “¿Y?”. “Horroroso, es terrible lo que están pasando”, me dijo mientras la saludó Alba Carrillo, que sigue enamoradísima de Feliciano López como Teresa Baca es fiel al melenón y Ana Abelló, al chic intemporal. Cary Lapique, fan de Jorge Vázquez, al que anima desde siempre como Ivonne Reyes y Eugenia Martínez de Irujo, que ahora viste de Teresa Helbig o Laura Ponte “que no tiene amor ni sexo” de Alvarno. Su ex Beltrán Gómez-Acebo se casa estos días con el encanto de Andrea Pascual. Es una antigua socia de Fiona Ferrer la trepa-que trepa. Acabaron mal al repartir. Preguntaron a Cary por Carlos Goyanes tras su infarto volviendo de esquiar: “Hemos empezado la rehabilitación, pero no soporta dejar el tabaco”, su hija Carla, de blanco, anticipó primavera. Luminosa Fabiola Martínez anotaron tanto Beatriz Tejuelo, rubia más que novia de Albert Rivera, como Begoña Fernández, la esposa de Pedro Sánchez. No acudieron borreguilmente a lo de Varela, que ahora se quita el Felipe, acaso consciente de que su cateta prepotencia daña la Casa Real.
Beatriz y Begoña lucieron camisa y vaquero pitillo, ojalá sus maridos también coincidan políticamente como salvadores de la que se avecina. Son la nueva ola social, desenfadado talante cual el impacto de Bertín, que hace seguir la Primera como nadie recordaba. Sus entrevistas son inimitables. No faltaron Bibiana Fernández, Manuel Bandera y la tan de vuelta Rossy de Palma, maltratada al presentar en Barna los premios Gaudí. Eso también padeció Antonia San Juan en el dislocado carnaval de Las Palmas tan pionero de lo gay. Es su tierra y hasta devolvió el caché. Lo comentaban como que Ana Obregón hace agua en taquilla. Cansó. Sus fantasías ya no enganchan aunque llenó las autonomías recreando el Sofocos estrenado por Lolita, que sigue llenando con La plaza del diamante como no lo hará José Luis Garci en su tardío debut como director teatral donde Miguel Ángel Muñoz se consagra de actorazo. Lo vi crecer con mi comadre Cristina Blanco, la bruja de los famosos, a la que los más grandes acudían y pagaban. Si yo les contara aquellos veranos marbelleros donde Cristina me hacía tortilla de patata como la picoteada en la entrega de los premios Pata Negra de Álvaro Luis. Premio ya tradicional que incluye un Guijuelo.
Premios Pata Negra. Mercedes Milá nos puso añorantes enzarzada con José María García. Explosivos, discutieron si Rafa Anson fue teledirigido director general de TVE. Roberto Carlos impactó con su alianza de brillantes y Antonia Dell’Atte haciendo palmas desacompasadas imperdonables en el histórico Corral de la Morería, donde ante López Simón remarcaban el enorme fracaso de Fran Rivera en la Monumental mexicana. Blanca del Río puso remate ya casi septuagenaria con cintura veinteañera y moviendo los brazos como ya no hace ninguna bailaora. Merecía un Pata Negra tal Antonia Dell’Atte lanzando olés, mientras Manuel de la Calva excusó al “otro dinámico” Ramón Arcusa.
En los pases, Tete Delgado agitaba sus uñas de esmalte azul entonadas con las bolitas que usó como disparatadas pestañas postizas. Casi no le dejaban ver y miraba de reojo aunque observó las rodillas sobresalientes y huesudas de Mireia Lalaguna, la barcelonesa miss Mundo que anduvo sin impactar por el capitalino Fashion Week anunciando dentífrico blanqueador en vez de hacer pasarelas mundiales. Cifuentes el primer día aguantó cuatro seguidos. Acorazada por Agatha con un chaquetón amarillo oro con banda roja disfrutó con la alegría que aporta la moda de esta Grande de España dos veces marquesa cuya hija Cósima recogió todo con su imparable portátil.
Varela se mostró disparatado, excesivo y risible mientras las clientas adictas al collar de perlas, tan retratador de estatus, repetían interrogante: “¿Y tú crees que Letizia se pondría esto?”, su colectiva conclusión descorazonaba la posibilidad porque no estábamos en el Moulin Rouge, donde semejantes minis de malla metálica, pegotes de zorro blanco tal hombreras o bocamangas
–comprendí que lo peludo pone calidad donde no la hay– o los feos estampados camuflaje ya desfasados chirriaban ante un alarde de mantoncillos de visón con flecos de pedrería o faldas de volantes rebordeados en pailletes. Epataron sin clase. Mostró vestidos que no encajarían sobre las alfombras del Ritz, las rígidas embajadas –no hablo de la estadounidense en Madrid, tan perdedora de formas, ni tampoco de la destartalada italiana, tan sin pies ni cabeza–, menos aún paseando en el Palacio Real, donde ahora el añorado don Juan Carlos acomoda sus siempre regias posaderas. Eso concluían sorprendidas en su buena
fe “de toda la vida” mientras los fotógrafos bullían protestones e incómodos tras la desesperante, desorganizada y vergonzosa demora en intriga digna de Agatha Christie. Un desfile transformado en misterio, ni Lagerfeld osa tanto. Insólito en la historia del certamen iniciado en el año 1980. Cuca Solana aguanta, resiste y se aferra al cargo, incluso tirando de su pata coja para nada sabrosa negra.



