Una nueva pareja y varias rupturas durante el verano
El romance entre María Teresa Campos y Bigote Arrocet y los desamores de Carmen Martínez-Bordiú y Chabelita resumen la crónica estival.
Obtuvimos buena cosecha. La temporada cundió sentimentalmente y el descanso estival no dio tregua a los vaivenes del corazón. Hubo de todo: desde el aplaudido romance de la querida María Teresa Campos con Bigote Arrocet –“llamadle Edmundo”, pide la diva televisiva–, hasta el de lo poco que hubo entre Chabelita y Alberto Isla, cuyo resultado es una criatura y mucha descalificación recíproca.
La amorosamente incombustible Carmen Martínez-Bordiú, heredera del ardor guerrero del abuelo Franco, más que sesentona y lozana cual veinteañera, deshace su relación con Luismi, el multimillonario chatarrero que le duró un plisplás. Ella no se casa con nadie y bien lo demuestra un palmarés que parece inacabable. En su espléndida y mimada juventud lo inició con el jinete Jaime de Rivera alternándolo en jugueteos con Fernando de Baviera, hermano de la magnífica Tessa y la pobre Crista, recientemente desaparecida. Aquello propició situaciones de vodevil al ser descubiertos, cual doña Inés y experto Don Juan en pleno trajín remedando la escena del sofá, por el iracundo marqués de Villaverde que aunque experto en infidelidades no entendía tales excesos con aquel príncipe casado con Sofía Arquer (¡como hemos cambiado!). Luego llegó la relación con Alfonso de Borbón al que dejó por el anticuario Rossi, motivo por el que la nietísima se instaló en París dejando aquí a sus dos hijos. Le echó valor y ardor, ya digo que no se le presuponía y se puso España por montera. Acabó cuando Roberto Federici la cautivó con astucia italiana y dicen que con largura comparable a la del francés elegante, culto, arrebatador y experto en antigüedades de alta época. Duraron ocho años, un récord en su estadística un tanto donjuanesca.
Los amores de la nietísima.
A los palacios bajó y subió tras criarse en El Pardo y rebajó el listón descubriendo el tosco potencial cántabro de José Campos. Nadie lo entendió como tampoco su emperramiento de caída vertiginosa con el mal llamado “chatarrero”, experto en desguaces y con fabulosas cuentas corrientes como ella no había imaginado, aunque sí previsto. Finalizando el verano, Carmen anunció la ruptura, algo curioso cuando estando emparejados siempre habían negado tan singular lío. Y lo hizo desde el histórico Pazo de Meirás, para declararlo y darle seriedad, donde igual ocupó el salón en el que cada agosto coruñés el abuelo celebraba un Consejo de Ministros. Caprichosa, inconsciente, acaso irresponsable, no respeta la memoria histórica. Ya hizo un posado similar en el Valle de los Caídos. Entonces el abuelo, hacía Gobierno itinerante mientras navegaba en el Azor, cuyos restos acaso hoy anden esparcidos por las imponentes naves que Luismi tiene en las afueras madrileñas. Parece que podría haber un “continuará” porque finiquitadas las vacaciones, han vuelto a verse en amor y compañía, algo por otra parte ya impensable entre Antonio Banderas y Melanie Griffith.
“No vivo mi mejor momento personal. Ella y yo hemos firmado un acuerdo de no agresión y no pienso vulnerarlo”- justificó el actor en Marbella-, donde tampoco estuvo su hija Estela del Carmen. Doble pena que acusaba su cara. Constante y fiel, apoya el benéfico Starlite que ya es suceso acaparador de la actualidad veraniega. Marbella ocasionalmente vuelve por sus fueros alardeadores. Desbanca a Ibiza, donde el famoseo no se deja ver salvo navegando o cenando. Unos sacian el hambre nocturna en el recién abierto Cipriani, anticipándose al que pronto Javier Hidalgo estrenará en Madrid. Y otros lo hacen en el clásico local de Can Pau, el atestado Lío de Ricardo Urgell (donde hay que reservar dos meses antes), o lo nuevo galáctico de Matutes Jr. y Paco Roncero, donde cenar sin atragantarse con su luz y el sonido cuesta hasta 1.500 euros (¡!).
En la Costa del Sol renuevan su típica ansia escaparatista, la manía de exhibirse, bien renegrías -¡qué envidia!- y echárselo todo encima como en la mejor época gilista de la que aún es testimonio impactante Esther Vidiella, espléndida dueña de Puerto Banús, o un Manolo Santana, dicen que manejado por su nueva esposa colombiana. “Es de armas tomar”, comentaron incansables en los conciertos de Starlite, por los que pasaron desde Tom Jones, Ricky Martín o Alejandro Sanz en sus únicas actuaciones españolas, a un Julio Iglesias algo patético peloteando a José María Aznar y a una distendida Ana Botella. Sus piropos y su apariencia decadente hicieron sonrojar a más de uno que se preguntaban que por qué sigue actuando. Y todo ante un Sergio Scariolo asegurando que le gustan los últimos fichajes de Madrid y Barça.
Santana, tenista mítico, se deja llevar de la mano (y, según dicen, también hacer y manejar), curado de espantos cuando ya parecía incombustible tras la doméstica dulzura inicial de María Fernanda González Dopeso -madre de Beatriz, su desaparecida hija actriz, a la que conocí en nuestra juventud herculina-, la cálida follonera Mila Ximénez y la paciente Oti.
Marbella fue el no va más. Sandra García-Sanjuán convocó renovando diariamente sus amplios kaftanes, buen soporte a su belleza canaria, mientras Banderas, galán malagueño, rió al ver cómo algunos mal informados le emparejaban con Geli, una diseñadora sevillana que con sus hermanas desfiló una de las noches tras revestir a Fiona Ferrer, la inquietante Marisa Jara y una Raquel Revuelta que sigue encandilada –“y satisfechísima”- con El Tato.
Fue noticia mundial el presunto idilio imaginado de Banderas, con fotos en St. Tropez o bailando en la noche andaluza. Confundieron a Geli con una desconocida.
Tremenda equivocación.
Raquel Revuelta alertó de la pifia, el error y de la tremenda equivocación: “Geli no es esa que dicen los pies de foto, ella sigue en Marbella feliz con su marido y su niña. Banderas la apoyó porque ella es un tren que arrolla”, certificó, mientras el actor hasta trajo un día a los veteranos matones del cine, Stallone con sus cinco hijos o Mel Gibson, su última película es récord taquillero en Estados Unidos. Se desvivió y la cena de gala casi recaudó 400.000 euros, con presidencia de un adelgazado Carlos Slim -que no suele exhibirse al modo marbellero-, y en presencia también de la baronesa Thyssen bajo diamantes con gordo pendentif de esmeraldas comparables a los pendientes que sobre el más llamativo bronceado de la noche Begoña Trapote lució sobre un ceñido Elie Saab “de rebajas. Yo sé comprar”.
Ante la mirada de su hijastra Marta (vestida de Versace), Begoña me comentó cómo Slim marca a su colaborador Felipe González: “El otro día, que mi cuñado llegó cansado a México, intentó posponer un día su entrevista y Slim lo citó a media tarde aunque Felipe estaba muerto”. Tita paseó estampado Gauguin transformado en túnica de gala. Fue buen contraste a la aparición, o más bien resurrección, de Mia Farrow con su pesada leyenda negra de exmujer de Sinatra, Andre Previn y Woody Allen, todo un escandalazo en su tiempo que aún colea. Parece momificada, fiel al desfasado melenón frippe, fría sonrisa distanciadora, traje negro de aire hippy y botones nada que ver con la exquisitez circundante pródiga de Manolos, Aquazurra y Leboutin, donde relució doradísima como ejemplo de rutilancia marbellí Simona Hohenlohe con Hubertus, felicitada por el medio siglo del Marbella Club, creado por el príncipe Alfonso apoyado por el duque de Windsor.
Lo evocaba con impactante collar diamantíferoMaika Pérez de Cobas, otra histórica de la zona, Maribel Yebenes, que es la mejor propaganda de su instituto que cual la Real Academia, abrillanta, fija y renueva el esplendor de Isabel Preysler, Nati Abascal o Tamarita Falcó. La vi citándose con Paloma Cuevas, de melena más recortada. Presumía de niñas y me mostró fotos de la mayor, tan pequeña, ya jugando al golf, mientras Enrique Ponce debutó como cantante con una de las pocas chaquetas blancas de la gala. Del bolsillo sobresalía un pañuelo blanquinegro de Tom Ford. Paloma es su asesora indumentaria y nadie como ella luce llamativa un Rosa Clará rojo de escote triangular en pedrería blanca.
Gala Starlite 2014.
“Ponce está haciendo cosas ideales para la fiesta (la de los toros), lo descubrí en la reciente boda cordobesa de mi hermana Verónica”, dijo una Paloma Cuevas entregada, como antes hacía en su fidelidad al original Valentino, actualmente nada que ver con la exquisitez de sus mejores tiempos. Los sucesores no le encuentran el punto, suele pasar. Tras oír a Los del Río -que festejan medio siglo juntos y hacen gira de aniversario- en su Macarena, el torero valenciano de la fina estampa le dio al bolero acompañado en la guitarra por Antonio Carmona, cuya esposa, Mariola Orellana, arrancó suspiros. Eugenia Martínez de Irujo, fiel a su “no me hables ni me digas nada”, insistente en el “no comment” sobre las fotos náuticas de su hija en Ibiza. Se receñía aniñada aunque ya con 45 en un Alvarno plateado similar al de Ana Torroja, mientras Anne Igartiburu deslumbró con clámide coral de espalda al aire y mucho que soltar: “Tenemos que tomarnos un café o una cafetera entera, da para mucho”, me dijo hablando de su última etapa en la televisión. En la fiesta cedió el testigo presentador a Valeria Mazza, que hizo sudar sangre a Joaquín Prat.
Compartieron, o mejor dicho, estuvieron juntos pero desunidos. La argentina no nació para eso y su frescura de maniquí se apagó bajo un moño que ponía años a su sosería, micro en mano, nada que ver con los alardes de Raquel Rodríguez o el cancaneo de la presuntamente juvenil pero sesentona Ana Obregón, con acampanada falda de Hannibal Laguna tan amplia como la de Hiba Abouk, que ya filma la segunda parte de El Príncipe. Resplandecía en raso azul purísima de Caprile que parecía un Dior. María Pineda sigue luchadora y hermosa en su entereza contra el cáncer, como Remedios Cervantes al reaparecer tras la muerte de su madre. Actitudes bien distintas al jovial talante de Helen Lindes, a quien todavía queda un año para matrimoniar con Rudy Fernández “pero ya lo dan como hecho”, o el buscado semi-anonimato de la serena Natalia Sánchez presentando su noviazgo con un rapado Marc Clotet, galán de la misma hornada renovadora que Mario Casas y Maxi Iglesias.
Lo exaltaban todos ante Agatha Ruiz de la Prada, a quien el corazón se le hizo vestido. Combinaba diadema fucsia con el lazo. Estaba también Lara Dibildos, tan de hombro amarillo al aire como Marta González, buen soporte de Juan Peña o Juan Manuel Alcaraz a la altura física de la imponente Alejandra Prat, refeliz con el éxito de su hermano Joaquín. Oyeron el runrún insistente, lo que todos comentaba y aplaudían: el romance de María Teresa Campos con Bigote, casi sin poder creerlo. Nunca he visto mayor entusiasmo, apoyo y buenos deseos ante una historia de amor. Dará para mucho, bien que me alegro.



