Isabel Preysler no se jubila como imagen anunciadora
Tamara Falcó asegura que su madre no dejará de hacer anuncios de una conocida marca de azulejos y por los que cobra 300.000 euros anuales.
Circularon rumores y hasta se publicó. Hoy damos un suspiro de alivio al ver que no se confirma y encima desmienten lo que la mayoría esperaba temiendo por un Boyer casi semirrepuesto. Enhorabuena. Tamara Falcó echa por tierra tales desinformados pronósticos agoreros mientras se reviste de casamentera organizando a primeros del próximo mes la boda madrileña de Julio José. Reunirá al multirracial clan. Hay tres posibles escenarios serranos del patrimonio Griñón y tienen vendida la portada del 14 de noviembre, adelanta ingenua dándose aire, como tierna imagen nupcial y anual de Rosa Clará. No escurre el bulto: “Mami no dejará de hacer anuncios ni Ana y yo proyectamos cubrir su baja. Mami es única”, exalta con filial orgullo.
Todo es parte de la crisis. Como el inconstante joyero Suárez a la hora de mantener imagen y salta de Isabel a la rebajada Adriana Abascal llegando a Laetitia Casta más que renacida, todavía la recuerdo cual musa de Saint Laurent. Isabel dejó los Ferrero Rocher donde Paloma Cuevas no impactó y permanece incorruptible a Porcelanosa cobrando 300.000 anuales que varían según la crisis. Exultó contrastando su estampa enigmática de Gioconda casera ya casi eternizada. Tamarita lo deja claro, hay Preysler para rato. Podemos dormir tranquilos, no tiene heredera.
Imaginaban operación recambio, un reemplazo casi tan militar como la vibrante parada del 12 de octubre madrileño donde relegaron de su presidencia a la infanta Elena para que se notase menos la ausencia de su hermana Cristina, uncida amorosamente a un Urdangarin, cada día más cuestionado. Emparejarla a Rubalcaba sorprendió tanto como no encontrarla completando la Familia Real en el habitual besamanos que siempre marcaba el vaivén familiar. Resultó ardid o treta palaciega, así se las gastaban en tiempos de Isabel II y Alfonso XIII, donde eliminar distinciones era la mejor manera de escurrir justificaciones siempre torticeras. La duquesa de Lugo lo entendió con su habitual estoicismo haciendo causa común con las tribulaciones de su hermana, arropada, eso sí, bajo un aparatoso cuello chal de chinchilla que quitaba el hipo, casi opacando los más que discretos dos piezas de la Reina y el seudo Chanel de Felipe Varela que tiene en Letizia su mejor exponente. Su inquieta mirada la retrata.
La crisis llega al desfile.
El Rey se mostró en plena forma. Con aire casi juvenil e ímpetu recuperado, don Juan Carlos exhibió en todo momento su liderazgo y la claridad de ideas que siempre lo han caracterizado. Nos conoce como nadie. Superado -aunque no olvidado- el traspié, está tan pimpante, intencionado en sus alusiones de todo tipo, y a pie firme soportó impertérrito el saludo de 1.500 invitados que otros años llegaron casi a 2.000, venga a estrecharle la mano, incluidos trescientos periodistas. La crisis también se notó y hubo recorte convidador. Para todos tuvo miradas o palabras oportunas, hay Rey para largo. Lo pensaron tan brumosa mañana echando miradas al circundante y muy cortesano Campo del Moro y también al verlo bajo granito gris y corbata de anchas rayas, pimpante en el XX aniversario del Museo Thyssen. Resultó otra mañana luminosa en la que doña Sofía sorprendió con cambio de look, ella tan tradicional menos en los floreados veranos palmesanos, donde hace alarde de gusto alemán. Sus últimas vacaciones marcaron tendencia y hay un pijama inolvidable en vez del verdoso raso palaciego de irisaciones doradas entonadas con zapatos salón de afilada puntera. La Reina vistió al aire rejuvenecedor del Rey: melena recortada y peinada hacia atrás casi en gesto rebelde, igual que el cambio de sus dos piezas acostumbrados de Margarita Nuez, un tanto marciales, aquí trocados por falda oscura línea pitillo y spencer de lanilla entremezclando rojinegros. Quizá excesivo y caluroso para mañana casi primaveral donde la baronesa se estilizó con doble falda de la que sobresalía alargador volante bajo falda en gasa rosada bien entonada con bolso Chanel de cadenita, un recuerdo de Coco que en 1920 lo ideó cual mochila para no ir olvidándolo, zapatos cremosos buen soporte, pese a sus stilettos, del joyerío que ex Tita se echó encima. Parecía un escaparate de la Quinta Avenida y el joyero Jaime Ansorena, experto en tiaras reales, no se resistió a darles un repaso ocular. Cogiendo la mano a la risueña anfitriona, observó la esclava combinando esmeraldas y brillantes diseñada por Bulgari mientras el americano Van Cleef firmaba los enormes pendientes de esmeraldón a juego con un anillo solitario de ocho quilates. Todo un pedrusco que obtenía destellos singulares bajo el sol matutino. Tal reconocimiento gemológico fue observado por el risueño Juan Palacios -que en vida tanto ayudó a Pedro Carrasco facilitándole muestrarios de relojería con los que ir tirando-, que acaba de prorrogar otros dos años su contrato publicitario con Fernando Alonso. Aún exhibía envidiada morenez ibicenca, allá escapa cuando puede, “pero este verano ha estado imposible, suerte de tener barco”, comentó a una Carmen Calvo de falda florecida en almendros achinados y a punto de ser convertida en abuela primeriza por su hija mayor.
Vienen tiempos de partos famosos como los de Marta Ortega, Shakira, Paquirrín y Jessica, Ortega Cano y la frutera Ana María, en febrero, y los duques de Feria, con mellizos navideños que convierten en abuela doble a la increíblemente ya más que setentona Naty Abascal. Emocionada, la exministra que tanto promocionó la moda española, lo comentó con Carmen Cervera entonces aún a la espera del tercer retoño de su hijo Borja. “Pienso presentarme en la clínica aunque no me avisen del nacimiento”. Amenazó, advirtió, cumplió y tres días después, anocheciendo el mediodía alumbrador, compareció en la Ruber Internacional rematando un insufrible alejamiento de tres años con su hijo. Parece salido de un culebrón, mientras La que se avecina flojea en su relanzamiento por repetición de situaciones, personajes y disparates. El mismo desgaste hasta estético observó en la igualmente recuperada Gran hotel, un gran trabajo de Adriana Ozores, la gélida pero hermosa Amaia Salamanca y una autocaricaturesca Concha Velasco que ve desbancado Cine de barrio, ya aburrido remedo de lo que fue en tiempos de José Manuel Parada.
La exposición del otoño.
De todo se habló esta mañana conmemorativa con Gauguin de protagonista con su exotismo y lo marfileño predominando como despedida estival en un verano de nunca acabar. “No sabes qué ponerte”, observó la exquisita María Pía Spottorno, cuyas vajillas son lo más de las buenas mesas capitalinas. Las exaltaron ante Jesús Posada y Mamen Tapias, otro bronceado combinando yodo ibicenco con el de su casa de Castelldefels, donde suele hospedarse y rejuvenecer Laura Ungaro y también frecuentada por Marta y Chelo García Cortés. Es tontamente fiel a amistades que acaso no merezcan tal sacrificio, abnegación y silencio. Amadrinó la boda de Borja y Blanca Cuesta, Tita no olvidó tan amargo trance y lo exhumó en la entrevista de ochenta minutos que mantuvo con su hijo -ella creía que al fin recuperado, vana ilusión- en un saloncito de la clínica. Dos besos formales al llegar y al despedirse sin que le permitieran ver al recién nacido. No hubo más calidez porque ella mantiene su querella por robo de documentos con “nocturnidad y alevosía”. No vio a la nuera ni al nieto al que llamarán Enzo tras tener a Sacha y Erik de 5 y casi 3 años de edad.
Nada imaginaban en torno a los Reyes, donde la infanta Pilar alivió rotundidad física bajo gasas grisáceas parecidas a las de Isabel Falabella, que fue una de las seis suegras, seis, de Sánchez Dragó. Ana Botella tuvo calor bajo su estival abrigo blanco de estampado coco y optimismo derrochó Ignacio González, nuevo presi madrileño con esposa de vivo estampado faldero. Ojeando las rebosantes y tropicales polinesias, el ministro Wert imaginó algún exilio aunque no suponía lo que se montaría con su deseo españolizador. Estábamos en vísperas donde la valenciana Consuelo Ciscar reafirmó su aire capilar como etrusco, mientras el Rey preguntó cuándo nos deja al embajador francés, el imponente Bruno Delaye que tanto las cautivó y con su adiós arranca suspiros a la baronesa. “A finales de mes salgo para mi nuevo destino en Brasil”. Por allí supusieron que hará lo que todos los diplomáticos en el país carioca: aguantan con paripé hasta el jueves en la semidesierta Brasilia y pasan el fin de semana en los más bulliciosos -también más peligrosos- Río y São Paulo, donde el hijo abogado de Ruiz-Gallardón, cada vez más traumatizado por la muerte a tiros de un íntimo, solo permanecerá hasta la Navidad.
Estaban Ana Botella bisando el abrigo claro, una combativa Cristina Cifuentes con apropiada coleta de valquiria, la refinada Inés Oriol en Armani alunarado, Norma de Liechtenstein -madrastra de la siempre enorme Isabel Sartorius- parada en el tiempo y el marqués de Cubas ojeando desde su corbata verdosa si estaba su ex, la siempre espléndida Esther Koplowitz, menuda señora. Cayetana impactó no con su delgadez talla 36 -ahora solo desayuna y cena zumo-, sino formando trío entre su heredero Carlos Huéscar y Alfonso Díez. El duque primogénito los retrató con camarita. Qué gran momento histórico. Nadie podría soñar mudanza tal ni imaginar semejante entente familiar tras las escaramuzas iniciales donde cuestionaron de trepa para arriba al aún funcionario de la Seguridad Social, ahora en excedencia. Es inimitable objeto de abnegación matrimonial, todo un sufridor en casa, en este caso palacios. Los herederos, que siempre esquivaban a mamá, mudaron de estrategia y el reparto acabó de convencerlos. La distribución dejó claro que no había intereses. Recibieron anticipadamente y quedaron más retratados que esos antepasados que cuelgan solemnes en los salones de Liria y Dueñas.
Adiós al embajador francés.
Quizá la más titulada haya descorchado champán para celebrar el adiós más taurino que torero -a Fran dejaron de gritárselo en los cosos trocándolo por un menos entusiasmado “¡guapo, guapo!”-. Era el niño de sus ojos, al que no perdona la traición de querer quitarle a Eugenia la custodia y crianza de Cayetanita. “Se siente doblemente traicionada”, me aseguran en el 140 aniversario de Dupont, la marca francesa hecha firma distintiva de bolígrafos y encendedores rectangulares. Todo nostalgia de favorecedora media luz evocando el cine de Bogart y Audrey Hepburn en la residencia española del embajador francés, uno que se autoespañolizó antes que lo pidiera Wert. Audrey y Humphrey fueron los primeros que les encargaron bolsos a medida, anticipo de lo que Hermés diseñó luego para Grace Kelly, el famoso y cómodo bolsón que hoy vale hasta 30.000 euros si está hecho en piel de cocodrilo. Aire evocador y retro remarcado por Beatriz de Orleans, Cuqui Fierro de azul noche y ya siempre emparejada a David Meca, que se deja querer, mimar y obsequiar. Elena Tablada presumía mostrando fotos de su crecida nieta, la hija de Bisbal, que parece haber encontrado amoroso reemplazo en la fría sevillana Raquel Jiménez.
Compartió con la siempre luminosa Mae Dominguín, otra superviviente –¡cuánto recuerdo de otro tiempo!–, Helen Lindes, que paseó glamurosa un rutilante collarón desproporcionado bajo su desnuda espalda que destellaba como el burbujeo champanero y clamores lastimeros ante el adiós del embajador Delaye con el que esa noche, como otras, Tita remató fiesta en el Ritz. Madrid lo añorará beaucoup y muchísimo la señora baronesa. Menudo hueco deja. No creo que llegue a llenarlo su nieto recién nacido.



