“En casa nadie piensa en casarse”

12 / 04 / 2016 Jesús Mariñas
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Isabel Preysler asegura que este año nadie de su familia tiene intención de casarse. Empezando por ella y Mario Vargas Llosa, siguiendo por su hija Ana Boyer y el tenista Fernando Verdasco y terminando por su hija Tamara Falcó.

Vaya semanita. “Isabel. Menudo palizón”, le digo a modo de saludo y asombrado reconocimiento a una sobreexposición que sus fans consideran perjudicial para el distanciamiento que siempre mantuvo. Vendió bien el misterio, sus escasas apariciones resultaban impactantes. Cuidó su imagen como en este país nadie lo había hecho. Por eso mantuvo el morbo, expectación e impacto durante décadas. Insisto en el repaso:

Un récord, cuatro salidas aparatosas en cuatro días. Lo nunca visto: el cumpleaños –al que ahora tildan de cursi porque la definió como la exaltación de lo bello–, el foro de presidentes y, como remate sin tregua ni reposo, el amadrinamiento de la tienda de Pronovias de mil metros en dos plantas con seis escaparates en plena calle de Velázquez con Serrano en Madrid. “Buen récord. Deberías irte de vacaciones”, le digo. “Ya lo hicimos antes de la fiesta de Mario. Fuimos a Salzburgo, me encantó”. “Una ciudad para enamorados, es cuna del romanticismo”, subrayo fijándome en sus ojos enrojecidos. Señales del trajín al que la somete el Nobel, “un señor muy duro” según definición que me hizo Tamarita.

“Ya me gustaría descansar. Pero no me dejan. Es lo que hay”, dice con cierta resignación viendo muy de pasada el alarde de trajes casamenteros ya tan internacionalizados. Evoca: “Solo con Julio me casé de blanco. Jorge Gonsalves me hizo los otros”. “Te digo una cosa: no creo que este año tengamos ninguna boda: ni la mía, ni de Tamara, tampoco de Ana, que está felicísima viviendo con Verdasco. Nunca  tuve por objetivo casarme”. “Pues no es lo que dicen. Tienen el sambenito de que cuando te enamoras, casarte es tu objetivo”. “Qué sabe nadie”, reconoció como luego ya en rueda abrumadora comentó que por su edad deberían tener al menos diez nietos.

Ningún habitual del cuore. Estaba como en una nube burbujeante bañada en Moët & Chandon con un catering de Caritina Goyanes, a la que vi rendida manteniendo el encanto de sus inmensos ojos verdes: “Hemos servido desde el desayuno a un lunch a las once, la comida y la apertura”. Sus jóvenes camareros de buenas familias estuvieron incansables bandeja en mano. Pese a la aparente frivolidad del producto, no hubo habituales del corazón, buena selección de Alberto Palatchi, y sí caras infrecuentes como la del expresidente Andrés Pastrana –“se lo ha mandado Mario”, descubrían– y Nohra, su rubia y juvenil esposa. Fue la mejor vestida de la fiesta, reconocieron mientras el político tan habitual en Madrid conversaba con Jorge Moragas. Otro sorprendente en un cóctel de modelos casamenteros, nada que ver con lo habitual, convertido en imprescindible sombra de Mariano Rajoy. Quizá acudió por solidaridad y apoyo a su amigo barcelonés, que ya tiene 64 tiendas, Hong Kong fue la última. Palatchi aseguró que es un mercado magnífico. Pastrana y Moragas hablaron de política, de España y del Gobierno: “Vamos derechos a la repetición de elecciones”, aventuró el popular con gesto fastidiado sobre su cara generalmente risueña. Me dijo que necesita perder cinco kilos. Lo anima su juvenil esposa, Marta Tey, de una familia también muy metida en política: su tía Montse Tey,Monchi para los íntimos, fue durante muchos años delegada de la Sección Femenina. Conté a Moragas lo colaborador que fui de su abuela María Marta, con la que guarda parecido físico. Fue emblemática haciendo caridad en la Barcelona de los 80. Bien lo sabe Juan Antonio Samaranch Jr., ya a punto de viaje a los Juegos Olímpicos.

“Parece que están siendo muy contestados. En Brasil hablan de despilfarro, retraso en las obras, deficiente organización y mucha inseguridad incontrolable. No serán como los que tu padre organizó en Barcelona. Resultaron los mejores de la historia según los expertos”, le digo. “Confiemos en que todo salga bien. Esperamos que todo se encauce”, adelantó optimista mientras Kike Solís, antaño tan vinculado al femenino clan Preysler, sorprendió reapareciendo, tras romper con una Tamara aún apenada igual que mamá Carmen Tello, a quien le gustaba la pareja. Se quitó de en medio, harto de tanta insustancial socialité. “Estoy haciendo un máster empresarial y solo me quedan tres meses. Nuestros hoteles van muy bien”, aseguró con un impactante abrigo de cachemir. Más ligero vistió Alonso Aznar, recién llegado de Londres: “Me reinstalo en Madrid tras seis años en la capital inglesa”. Maduró y se estilizó. Pero mantiene el rechazo a las fotos, constató la anfitriona Susana Gallardo, importante coleccionista de arte y esposa de Palatchi. Vistió en azul de la firma combinando con impactantes zafiros. Del conjunto sobresalía un solitario rectangular de ocho quilates. Impresiona.

Diseño exclusivo. Isabel llevó diseño exclusivo de pantalón negro con body blanco salpicado de medallones negros dejando descubierto el hombro izquierdo. Le encanta lucirlo, orgullosa de tal percha. Realzó con tres pulseras de diamantes negros y anillo con igual pedrería, obra de Rabat. Superó la clasicorra etapa afín a Suárez. Otro modo de rejuvenecer.

Y tal hicieron conjuntados en sus propósitos benéficos Bertín Osborne con la dulce Fabiola Martínez en rojos de Rosa Clará, e Isabel Gemio bajo transparencias azules noche junto a María Bravo. Montaron en Madrid adelantado prólogo de su costasoleña cita estival en la que Eva Longoria es el alma mater. Con Antonio Banderas inventó el consolidado Starlite. Longoria mantuvo sus más con Banderas, que, rejuvenecido, anda por Madrid promocionando su última película. La de los mineros chilenos pasó sin pena ni gloria. Elogió su rejuvenecimiento con juveniles pómulos. “A este paso tendré que ser enterrado en un ataúd de bebé”, bromeó tan galán como en sus mejores tiempos. Le pregunto cómo sigue su madre, esa simpática doña Ana a la que adorábamos la prensa habitual del verano marbellero. “Ya no me conoce”, suspiró afectado.

En la festiva y luminosa recreación marbellera de fines recaudatorios fue llamativo y veraniego en tono albero el traje de Álex Osborne, opuesto al esmoquin de chaqueta corta de Antonia San Juan, completado con falda-pantalón de volantes. Su cómica, desmadrada y surrealista personalidad se echa en falta en La que se avecina. Superaba a todos. Florida en verdes acudió esa Fiona Ferrer ya tan inevitable como Carmen Lomana, que usó los mismos tonos. Más aparatosa en falda de volúmenes acudió Chenoa, muy admirada por el Juan Palacios que mantiene a Fernando Alonso como imagen de sus relojes Viceroy. Ágatha Ruiz la Prada recurrió a sus característicos corazones rojos, Nieves Herrero se emplumó en azules Klein igual que Luján Argüelles similar al de la enmoñada Lorena Bernal, mientras Belinda Washington lució rejuvenecida en azul cielo mientras en parecida cita Vanessa Lorenzo destacó con Pujol, nada habitual en este tipo de saraos donde se hizo notar artificiosa Raquel Sánchez-Silva, todo lo contrario que la físicamente cambiante Hiba Abouk.Buen susto tuvo el conde Lecquio de nuestros pecados al ser operado de una hernia. Él me lo detalla: “Era algo sin importancia, la intervención resultó perfecta. A las pocas horas desperté con una enorme hemorragia. Estaba empapado en sangre. Repasaron, volvieron a intervenir durante tres horas y tras análisis descubrieron que heredé de mis antepasados [su bisabuela Victoria Eugenia] algo parecido a la hemofilia. Es como su hermano menor. Tengo un mes de recuperación”. Al paso recordamos su apasionada, traidora y disparatada historia de ocho meses con una Mar Flores relanzada por el divorcio tan esperado durante años. Javier Merino supo esperar, perdonarlo todo y durante 16 años y cuatro hijos la rehabilitó socialmente como antes pretendió, cegado de amor, Cayetano Martínez de Irujo.

 

Cegado de amor. Quería hacerla su esposa y condesa de Salvatierra. La impuso entre los molestos invitados al bodón sevillano de su hermana Eugenia con el experto en cuernos. Indignó a los clasistas tan habituales en Sevilla. No daban crédito a lo que tomaron por ultraje. La consideraban indigna, les aguó el festejo y se lo dijeron a la duquesa Cayetana, que frenó tan locas intenciones casamenteras donde no sé si Mar elegiría a Pronovias, Rosa Clará o el Lacroix lucido para unirse con pompa y circunstancia a Carlo Constanzia di Castiglioni, un guaperas que iba de príncipe italiano. Con él tuvo Mar su primer hijo, ya de 22 años, Merino fue salvavidas, paño de lágrimas, paripé tras una panoplia de rollos desde Bertín a Carlos Lozano o un Jimy Solá socio de su hermano Pepe, hasta el estafado Fernández Tapias, que quería regalarle una casa en la selecta Conde de Orgaz. Mar me pedía paciencia me precisa Lecquio, asegurado que obtendría la casa antes de un mes. Luego pasó lo de las fotos y se montó la de Dios es Cristo.

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