David Bisbal regatea la pensión de su hija
Después de meses de reclamaciones, el cantante de Almería zanja las exigencias de Elena Tablada con 1.000 euros de pensión y un apartamento.
Los cabildeos cortesanos, en los que abundan los comentarios sobre el último accidente del Rey, superaron en mucho lo generado por el circunstancial pacto amistoso entre David Bisbal y Elenita Tablada, padres de una niña ya con 2 años. Al de Almería se le ensortijó más su acaracolada pelambrera ya de fama internacional. No cedió ante las exigencias de su ex, un ayer amoroso que ni quiere recordar. Ella finalmente abandonó con la cría lo que fuera hogar lleno de armonía antes de romper.
Han sido meses de reclamaciones o exigencias inatendidas porque parecían excesivas: el cantante las despacha con un simple apartamento, residencia que no registra a nombre de su hija saltándose la prioridad que podría corresponderle a esa Elena a la que nunca convirtió en esposa, y 1.000 euros mensuales como alimentación de la pequeña. Pasaron del amor al odio más exigente y rencoroso, lo que se estila en estos dramones caseros, un poco lo de Lidia Bosch con Alberto: Bisbal se quedó con todo lo que contenía la casa multimillonaria que no tenía barandillas y suponía perenne peligro para la criatura, él volverá a usarla. Elena la dejó llevándose solo lo más personal y Bisbal aportó una modesta cifra de 9.000 euros “para amueblarla”. Incluso comprando en Ikea resulta irrisoria como ayuda al montaje y habilitación de la nueva y nada ampulosa residencia en el Soto de La Moraleja donde hace años reside su abuela, la matriarca del clan. Su hija Elena, madre de la rubia cuestionada y reivindicativa que ahora clama al cielo, detallaba las peripecias y pasmo familiar no exento de perplejidad en un fiestorro inaugural de restaurante con mestizaje gastronómico de Kike Sarasola, empresario hotelero que proyecta vacaciones californianas con su hija recién nacida.
Rupturas impactantes.
Elena madre se despachó a gusto ante sus íntimas, la relanzada Norma Duval o Maika Pérez de Cobas, transformada en celebrada anfitriona dominical con almuerzos repetidos en prodigalidad hospitalaria de mesas interminables donde recibe a todos, o la inmarchitable y siempre rezongante Marily Coll, tan ufana como Mae Dominguín, que lamentaba una caída de dolorosas consecuencias en su rodilla. Marily contaba “lo último” sobre esa Carmen Sevilla a la que televisivamente revistió durante años. Parece que pierde la cabeza, ay, chocando con momentos de conciencia plena. “La sacamos el otro día y fue patético”. Ya me lo había comentado entristecida en la bulliciosa puesta de largo conquistadora de la prensa efectuada por Palomo Linares y Lilia, su parece que nuevo pero no incendiario amor en la tercera edad con el diestro cumpliendo 65 años muy bien llevados físicamente.
Aunque la procesión podría ir por dentro tras divorciarse de una Marina Danko renamorada de su primo Celio a la que en tiempos quisieron liar con José Bono tras separarse de la coruñesa Ana Rodríguez. Fueron dos rupturas impactantes porque vendían armonía y entendimiento conyugal. Controla comprometerse en palabra y obra, prodiga capotazos escurridores. La multimillonaria venezolana tiene un chic sorprendente e infrecuente en estos pagos. Tiene un muy atractivo toque de por allá sin rozar la repeinada cursilería llena de exigencias de su prima segunda Carolina Herrera. Parece clónica de Alicia Koplowitz a quien nuevamente relacionan con el duque de Huéscar sin romper con el abogado.
“Hace cuarenta y tantos años, Lilia fue mi primera novia. Yo estaba empezando en el toro y descuidé aquel entusiasmo más pendiente de mi carrera. Nos hemos rencontrado después de 30 años”, reconoció el matador durante el vernissage de su nueva exposición con pinturas que van de los 7.500 a los 35.000 euros. Obra impactante en la firmeza casi violenta de trazos con aire goyesco, según subraya Raúl del Pozo en el catálogo. Ambiente festivo contrastador de afectos y devociones, Palomo marcó época como figura torera luego ensombrecida por el barroquismo físico de singular belleza de la colombiana Marina, madre de tres hijos varones. Dos tomaron parte materna y por eso no realzaron la gala amoroso-social mientras lo hizo Miguel con su esposa, Marta González, hija de torero, que no dejó de reír con Jimena, espléndida hija de Lilia que estudia en Icade. Acusaron su falta mientras Rafael Lozano, felizmente casado con Vivian Tablada, tía de Elenita, pasó aquel tiempo tan feliz en que cada verano montaba la elección, o más bien designación a dedo, de Lady España. Lo fueron de Rocío Jurado a una Laura Valenzuela tan popular como la extinta Marisa Medina que nunca disimuló lo que era.
Falleció con la verdad por bandera igual que Lozano desvelándome secretos de la nueva casa miamera de Julio Iglesias al que representó durante más de diez años. Otro que lame las heridas dejadas por el cantante con interminable lista de agraviados como Alfredo Fraile -que promete despacharse en sus inminentes y justicieras memorias donde lo mismo habla de los Albertos, a los que tapó traiciones amorosas cuando eran maridos de Alicia y Esther Koplowitz, que de Silvio Berlusconi o Hassan II, para quien trabajó vía su consejero Azulai.
Tiene una cueva de Alí Baba llena de secretos, confidencias y mediaciones de todo tipo. Es un archivo viviente de una época donde Lozano era dueño y señor de invenciones exaltadoras. Porque ladys fueron también Marta Chávarri, Carmen Cervera o la duquesa de Alba, que ahí empezó a socializarse y ya está imparable de casticismo, todas constantes en el repaso contumaz, minucioso y detallista a Lilia. Lo mismo pasmaron con su brillante cuadrado talla cojín, de unos veinte millones de pesetas (120.000 euros), que con su ajustado traje-pantalón de pechera en piqué blanco diseñado por Felipe Varela, proveedor habitual de la princesa Letizia sin tener la altura del Lorenzo Caprile escogido en sus primeros actos oficiales y que ya es heredero del inmarchitable Manolo Pertegaz. Compusieron una época dorada, ¡qué tiempo tan feliz¡, como la glorificadora de ladys más o menos justificadas.
Las memorias de Julio Iglesias.
Requemado aún por el sol miamero donde se aloja con su suegra Tablada, que encabeza allí perennes nostalgias de la Cuba natal, Lozano traía lo último sobre el reasentamiento americano de Julio Iglesias: “Intentó vender su casa de Indian Creek, tan conocida por la prensa, en 25 millones de dólares [19 millones de euros], que no es cantidad para los tiempos que corren. Como le resultó imposible deshacerse de ella, optó por echarla abajo, hacerse una nueva y ampliar la parcela con el terreno de la izquierda, siempre en primerísima línea de mar”. Lo conozco bien porque allí viví buenos momentos, cuando el menda era el único que defendía al cantante en una España que lo consideraba cursi y señoritingo. Parecíamos fraternos, se le da bien engañar, como hizo con Isabel Preysler.
Fui con ellos al primer Sanremo y compramos jerseis que a Isabel le parecieron “un horror”. “Julito, ¿cómo vas a ponerte eso?”, dijo. Como enviado especial de Antonio Asensio, fui su sombra: lo acompañé en la audiencia egipcia con Sadat en Alejandría, justo un mes antes del atentado. Vi cómo Chirac, el entonces alcalde parisiense, le entregó la Llave de la Ciudad y padecí durante veinte días las angustias secuestradoras de Papuchi, luego liberado por un Joaquín Domingo Martorell que como todos padeció la ingratitud del cantante. Aunque luego se resarció haciendo estrella a Enrique Iglesias, la vida tiene esas paradojas cuando el hijo pequeño ni se hablaba con Julio, volcado en la causa familiar. Todo se recordó con buen humor y afrentas superadas, las heridas son leves cicatrices, señal de qué tiempo tan feliz.
“¿Y por qué se rompió vuestra colaboración siempre entusiasta y glorificadora que te llevó a organizar con Luis del Olmo el primer concierto multitudinario en estadios, tanto en el Camp Nou como el Bernabéu?”, el último lo presidió doña Sofía en beneficio montado por su entonces colaboradora Ketty Corsini, una mujer adorable difícil de olvidar. Parecía salida de una comedia inglesa y era íntima de Florinda Chico y Rafaela Aparicio. Con todas ellas viví grandes noches en el Ritz barcelonés de un Antonio Parés entonces ennoviado con Carmen Cervera.
Una amistad rota.
Lo del Camp Nou fue inolvidable con Julio cantando Caminito unido a Plácido Domingo y Diego Maradona. Trío irrepetible, un jalón de historia que se rompió porque Antonio Asensio me encargó las memorias íntimas, sexuales o sentimentales, del ídolo. Intenté que se destapara nostálgico y recreador. Lo hice siguiéndolo-persiguiéndolo de Nueva York hasta Los Ángeles, de California a Miami, siempre con cerrazón sin negativa.
Julio aparentando cabecear en los vuelos a fin de no rememorar el pasado y sus inventos. Desesperado, urdí con Fraile unas reuniones en su casa miamera de Bay Pont con Tonxo, María Eugenia Peña y el guitarrista Tony a fin de rehacer el ayer. Así lo hice, reímos mucho, escribí tres capítulos con mucha ciencia-ficción, no le gustaron a Carlos Iglesias porque lo dejé retratado como el resentido malo de la película en su ansia trepadora. Aquello fue el final de una hermosa, larga y no sé si real amistad. Todavía me lo estoy preguntando.
Lo recordé ante el doctor Claudio Mariscal que, como yo, nunca revelará lo mucho que supo de Rocío Jurado. También ante los condes de Mayalde, ella aterciopelada en verde, como la risueña concejala Carmen Rodríguez, admiradora devota de Pedro Osinaga. O las luminosas hermanas Hurtado, que presentan costumización en lentejuelas de pinturas famosas a exponer en Las Ventas dentro de un concurso donde ganaron a veinte competidores. La deslumbrante Charo Vega contaba feliz su reconciliación con Lolita Flores tras contar en Sálvame un flirteo con Fran Rivera: él la demandó (“nos veremos las caras en el juzgado el 13 de mayo del año que viene”). Charo fue una segunda madre para el torerito semirretirado y tras la súbita y nunca aclarada muerte de Carmen Ordóñez desmontó el piso de la Divina. Son momentos subrayados en la serie vista estos días que reproduce cómo Carmen, Lolita y Charo fueron inseparables, casi hermanas, cómplices. De ahí que resulte grotesca la actitud de Fran.
El tema no dejó de animar otra cita de famoseo con Vicente del Bosque y la cálida Trini, ella en catálogo de animaladas felinas que iban de pectoral a bolso, zapatos y sonrisa ante la guapa presentadora Anne Igartiburu disfrutando de viaje andaluz con su nuevo love y la animosa Irene Villa estrenando piernas “que son de silicona y más pesadas que las otras”. En julio será mamá, viene un niño al que llamarán Carlos. Es un ejemplo animador, siempre sonrisa en boca, igual que la adelgazada Genoveva Casanova o Diana Navarro grabando dúos zarzueleros con Antonio Banderas. Ella le da al castizo “¡ Mary Pepa de mi vida!”, mientras la rubia mexicana desmiente cualquier arreglo con Cayetano Martínez de Irujo. Verlos juntos en Semana Santa fue por los hijos, un apaño circunstancial que no tuvo, ni ganas, atisbo de pasión o devórame otra vez. Hasta ahí podíamos volver, ¡meigas fora!


