Los filósofos y las mujeres

04 / 04 / 2013 10:27 Santiago Roncagliolo
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La historia de la filosofía compila las ideas de un montón de freaks incapaces de ver a una mujer como una igual.

Si el filósofo Arthur Schopenhauer (1788-1860) publicase un libro hoy en día, probablemente sería censurado. O, por lo menos, sería odiado. Su despliegue de machismo, misoginia y salidas de tono queda claro en la siguiente frase: “Las mujeres son el segundo sexo, inferior al masculino en todo respecto; uno debe perdonar sus defectos, pero rendirles veneración es sumamente ridículo y nos degrada ante sus ojos”.

Y eso es solo un botón de muestra. Otra cita hiriente, entre muchas, reza: “Las mujeres no tienen verdadero talento ni sensibilidad para la música, la poesía o las artes plásticas; cuando simulan poseerlo y se ufanan de ello, se trata de un mero remedo, surgido de su afán de agradar”.

Tales ideas no tienen un origen metafísico sino personal. Básicamente, Schopenhauer se llevaba mal con las mujeres. Su madre fue una mujer culta y liberal que, tras enviudar, convivió con su amante, relegando al joven y celoso Arthur a un segundo plano. Por si fuera poco, él se enamoró de una actriz con la que jamás consumó la relación.

Eso no significa que el filósofo fuera casto. Entre sus amantes se contaron una camarera, una mujer “de dudosa reputación”, una tuberculosa y una cantante. Dos de ellas quedaron embarazadas, pero, en ambos casos, los niños murieron al poco de nacer. De modo que Schopenhauer conoció el sexo. Lo que nunca disfrutó fue el amor. Eso explica una de sus sentencias más contundentes: “El amor es el mal”.

Y sin embargo, Schopenhauer no es el mayor misógino de la historia de la filosofía. Es solo el más explícito. En su prólogo a El arte de tratar con las mujeres (Alianza, 2008), Franco Volpi repasa la lamentable vida amorosa de los filósofos occidentales: Tales de Mileto padeció burlas por parte de una joven tracia, Aristóteles cayó en las artimañas de la cortesana Filis, Wittgenstein sufrió en los brazos de Marguerite, por no hablar de Abelardo y Eloísa, y lo mal que acabó eso. Con tal historial en el gremio, no es de extrañar que hasta Kant, que en otros aspectos resultaba más o menos progresista, firmase una frase como esta: “La mujer adquiere su libertad con el matrimonio; en cambio, el hombre la pierde”.

En el fondo, la historia de la filosofía compila las ideas de un montón de freaks incapaces de ver a una mujer como una igual, o, por lo menos, de tener una relación saludable con una. No es nada de extrañar, porque las mujeres siempre fueron mantenidas al margen de la educación y las ideas. Pero eso nos ha dejado un gran vacío en el pensamiento: el amor.

El amor es el gran tema del arte occidental, desde Giuseppe Verdi hasta Gabriel García Márquez, e incluso Julio Iglesias. Pero salvo honrosas excepciones –como Ovidio o Fromm– está clamorosamente ausente de la filosofía. Incluso Hegel, que teorizó sobre absolutamente todo, admitió en su momento que algo se le escapaba en esta cuestión. Quizá, si los filósofos se hubiesen llevado mejor con las mujeres hoy sabríamos más sobre el que, a fin de cuentas, es el tema que más nos importa a los seres humanos.

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