Los armarios
Los pocos que salían se la jugaban como héroes, y Manuel Verdugo fue el primero en atreverse a ensalzar la homosexualidad.
En mis años juveniles y adolescentes los armarios estaban llenos. Nadie salía de ellos. Estaba prohibido ser homosexual. Una ley brutal los perseguía, la Ley de Vagos y Maleantes, cuando normalmente los homosexuales no eran vagos ni maleantes. Se permitían gestos y tonos a determinados artistas, algún torero y a poetas y escritores no excesivamente influyentes. “¿Es marica fulano de tal?”; “No, es muy sensible porque es artista”. Y se pasaba página. A un director general le visitó la injusticia. Fue llamado por el subsecretario. “Nos vemos en la obligación, tristísima ciertamente, de cesarlo. Su trabajo y dedicación merecen la más alta nota, pero nos consta que tiene un hijo maricón y que usted no hace nada para remediarlo”.
El cesante y cesado le preguntó a su jefe: “¿Y eso, cómo se remedia?”. El señor subsecretario, con la delicadeza que le caracterizaba, le dio la receta infalible: “Con un par de hostias dadas a tiempo. Pero su tiempo ha pasado”. Y el buen hombre abandonó el ministerio sin posibilidad de retorno. Pero se hacían quinielas en los bares, tabernas y demás mentide- ros de la Villa y Corte: “En el último Gobierno hay dos maricas”. A Cela era un juego que le divertía sobremanera. “Dos maricas en el Gobierno y siete en la Real Academia”. Nunca se descubría quiénes eran.
Los pocos que salían del armario se la jugaban como héroes, y el poeta tinerfeño Manuel Verdugo fue el primero en atreverse a ensalzar la homosexualidad disfrazando un epigrama de falsa moralina. “Si el hombre quiere, imperfecto,/su perfección alcanzar,/el buen camino es el recto,/¡Y por él debe tomar!”. Luis Escobar, gran director de teatro y posteriormente inconmensurable actor, persona culta y divertidísima, decía que todas las mañanas se levantaba con la seguridad de dormir en un calabozo. Falleció un conocido aristócrata, muy adicto al Movimiento y extremadamente aficionado a los hombres. Asistió al entierro Agustín de Foxá, el ingenio de la época.
Más de la mitad del Gobierno estaba presente en el sepelio. Se lo comentó a Martín-Artajo, su ministro, el de Asuntos Exteriores: “Mira, Alberto, el ministro de la Gobernación está que trina porque ya no lo puede detener”. Y escribió el epitafio del marqués finado: “Dejó este mundo de abrojos/al fin el señor marqués./El marqués cerró los ojos,/… los tres”. Sirva esta memoria en sepia para homenajear a los que sufrieron injusta persecución en los tiempos superado


