Llach, Tunick, Montilla
Dice Lluís Llach que se retira de los escenarios, que ya no cantará más. En el fondo es una noticia excelente.
No hay nada más patético que esas viejas glorias de la música popular que a edades venerables, cuando deberían estar en casa tomándose un caldito, siguen meneando las caderas por los escenarios y pregonando su insobornable rebeldía.
Nos congratulamos de que Llach no se resigne a esa patética condición. Su retirada, es cierto, se ha demorado durante meses y meses en una tanda de recitales que a algunos quizás haya podido parecerles interminable, pero estaba plenamente justificada por la conveniencia de rebañar fondos de los ayuntamientos catalanes por última vez. Si es para una buena causa, ¿qué alcalde iba a negarse?
Adiós, pues, a Lluís Llach, que después de cantar La estaca durante cuarenta años, ahora podrá concentrarse en sus negocios; le deseamos que le vaya muy bien en sus actividades vitivinícolas. Ahora bien, ¿no cometerá el error típico de los toreros que, después de cortarse la coleta, vuelven a los ruedos porque no conciben la vida sin el peligro del toro y sin los vítores del respetable? ¿Qué divino notario nos garantiza que Llach no volverá a emitir sus trémolos de cabrita constipada, sus canciones idiotas? Sobre este asunto me pareció especialmente penoso ver, en el concierto de despedida, entre los demás representantes de los partidos políticos catalanes, al señor Montilla. El jefe local de los socialistas y presidente de la Generalidad fue abucheado e increpado por el público, esos fans de Llach, idealistas, antifascistas, separatistas...
“¡Fora Montilla! ¡Fora Montilla!”, gritaban. El señor Montilla no me cae especialmente mal, más bien al contrario: me divierte su acreditada habilidad para mandar, siendo un mal orador y un emigrante andaluz, sobre las clases dirigentes catalanas, infectadas hasta el tuétano de nacionalismo, de xenofobia. Como es inconcebible que le guste la música, la letra o la voz de ese cantautor absurdo, tuvo que ser precisamente para convencer a los demás de que él es “uno de los nuestros”, y para salir en la foto y en la tele, por lo que se sintió obligado a asistir al dizque último concierto. Y ya ve lo que obtuvo de tan mal dirigido esfuerzo: abucheos e insultos. Pasar un mal rato.
El señor Montilla o sus asesores de imagen se equivocan en su estrategia de comunicación. Metiéndose en esos sitios hace igual que esos infelices que a una orden del fotógrafo Spencer Tunick se desnudan, creyendo participar de un happening divertido, excitante, artístico, un gesto colectivo en pro del amor y la libertad, cuando en realidad no son más que piezas anónimas de una fotografía tontorrona, que no transmite más que una penosa impresión estabularia, y que no significa más que un récord para el Libro Guiness.
Me atrevo a recomendarle que en adelante, en vez de presentarse en estos lugares, vaya, por ejemplo, a inauguraciones de museos: allí no se ve a otros políticos, ni siquiera los de rango municipal. Destacará más, nadie le abroncará, obtendrá titulares positivos en la prensa, y si hay suerte incluso pasará un rato agradable.


