Para qué educamos

25 / 02 / 2011 0:00 Fernando Savater
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El objetivo final de la educación es desarrollar la disposición a reconocer y respetar la semejanza esencial de los humanos más allá de nuestras diferencias de sexos, etnias o determinaciones naturales.

25/02/11

RECIENTEMENTE SE HA propuesto retirar las subvenciones a los centros concertados que practiquen la separación por sexos en las aulas. Por supuesto, los posibles afectados y los partidarios de esta segregación han puesto el grito en el cielo. Muchos han argumentado que es algo que se hace en varios países –aunque dudo que con dinero público- y que en particular ha aumentado notablemente en Estados Unidos bajo la administración de Obama. No faltan cosas a imitar en las escuelas americanas –la exclusión de cualquier adoctrinamiento religioso del currículo, por ejemplo- pero otras no lo son tanto. El siguiente argumento utilizado es que los resultados académicos de la enseñanza segregada son mejores que los de la escuela mixta. Por último, cómo no, se clama que la medida propuesta sería un nuevo atentado a la libre elección de los padres del modelo educativo para sus hijos.

El argumento de los buenos resultados es el que merece más atención, porque atañe a lo que la educación se propone a fin de cuentas. Naturalmente, deseamos que los alumnos españoles sean competentes en matemáticas, física, literatura o historia (lo que según los sucesivos informes PISA no sucede de modo satisfactorio). Es decir, queremos que estén bien instruidos... pero la instrucción no es toda la educación sino sólo una parte importante de ella. Es posible –aunque desde luego no seguro- que la instrucción en ciertas materias mejore en aulas de alumnos segregados por sexos: quizá también si se separa a los nativos del país de los inmigrantes, si se aparta a los que necesitan algún tipo de ayuda especial por padecer minusvalías o se organizan las clases de acuerdo con las distintas etnias de los alumnos. Pero lo relevante es si estas instructivas segregaciones mejoran la educación como tal. Y no es así.

El objetivo final de la educación es desarrollar la disposición a reconocer y respetar la semejanza esencial de los humanos más allá de nuestras diferencias de sexos, etnias o determinaciones naturales. Insisto: no a celebrar y perpetuar lo que nos distingue, como creen los bobos bienintencionados, sino a comprender que compartimos algo más profundo e importante que lo que nos hace diversos. Para ello, el aula escolar debe parecerse lo más posible a la sociedad en la que debemos convivir juntos los diferentes sexos, etnias, creencias tradicionales, capacidades psíquicas o físicas, etcétera. Puesto que vamos juntos a ser ciudadanos, debemos formarnos y prepararnos también juntos para ese destino común.

En determinados casos habrá que disponer refuerzos educativos especiales para algunos, pero nunca para separarlos de los demás en nombre de la eficacia, sino para permitirles incorporarse más eficazmente en el conjunto donde poder sentirse básicamente iguales más allá de accidentales diferencias. Ni siquiera mejorías parciales en aspectos puntuales de la instrucción podrían justificar segregaciones que atentan contra el objetivo fundamental de la educación misma. ¿Y la libertad de los padres para elegir la educación que desean para sus hijos? Pues debe respetarse siempre que no vaya contra el núcleo educativo esencial. La educación es una necesidad social y democrática, no un proyecto meramente familiar. Y eso es lo que deben financiar los fondos públicos y la escuela de todos.

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