Espías
El caso de Edward Snowden revela que el desarrollo de la tecnología, el miedo a un terrorismo sin fronteras y la ausencia de controles eficaces están matando la privacidad de los ciudadanos; y tal ataque reduce la libertad hasta afectar a la calidad de la democracia.
La publicación de una larga serie de documentos por un agente del servicio de inteligencia estadounidense ha levantado una gran polémica acerca de la violación de derechos que supone que los gobiernos vigilen a sus ciudadanos y a los de otros países, y sobre la utilidad de tales procedimientos. Espiar es una vieja actividad entre las naciones para alcanzar ventaja en cuanto al conocimiento de las fuerzas de los países vecinos, muy señaladamente cuando son considerados enemigos o potencialmente adversarios. Durante las dos guerras mundiales se produjo una proliferación de espías al servicio de los gobiernos contendientes e incluso se multiplicaron los casos de agentes dobles, que servían con su información a los dos oponentes.
Un curioso incidente durante la Guerra Civil española es una buena muestra de la confusión que ha existido siempre en el laberíntico mundo del espionaje. Kim Philby estuvo presente en la Guerra Civil española como corresponsal de un diario conservador británico que mantuvo al periodista en la zona conquistada por el bando rebelde. Pero realmente la corresponsalía de Philby era una sencilla tapadera para ocultar su condición de agente soviético. Lo divertido es que fue condecorado en persona por el general Franco por un desenlace concreto de la guerra. El que se presentaba como martillo del comunismo condecorando a un agente soviético.
Pero además del espionaje entre naciones siempre ha existido un espionaje leve, doméstico, producto de la curiosidad por conocer qué hace el vecino. En la cinematografía quedará como paradigma el film La ventana indiscreta, en el que un fotógrafo inmovilizado por una lesión en una pierna pasa las horas vigilando a un vecino de quien sospecha que ha cometido un asesinato.
Otra película retrata admirablemente el morboso placer de mirar por la cerradura para conocer qué hacen los otros. En Rojo, de la trilogía de Krzysztof Kieslowski, un juez retirado dedica sus horas a espiar a sus vecinos interceptando sus llamadas telefónicas.
Lo que quiero decir es que la pasión por conocer lo de los otros, bien para estar en ventaja o simplemente por un impulso morboso, ha existido siempre y no sería sincera la reacción popular contra las prácticas ahora descubiertas si no mediase entre el espionaje clásico o doméstico una nueva realidad: el desarrollo de la tecnología de la comunicación que hace posible el control masivo de las actividades privadas o institucionales.
El desarrollo de la técnica permite controlar 60 millones de comunicaciones telefónicas. La inmediata pregunta es: ¿cómo se procesan 60 millones de llamadas o mensajes? ¿Cuántos oidores se necesitan, y qué tiempo pueden tardar en repasar el contenido de tantas llamadas? Parece que utilizan un sistema selectivo en función de los contenidos localizados por términos potencialmente peligrosos para la seguridad del país, como bomba, explosivo, Al Qaeda, etcétera. Pero también puede practicarse la selección buscando el teléfono de alguna personalidad concreta. Esto es lo sucedido al parecer con la canciller alemana y otros dirigentes políticos y gubernamentales.
el ataque indiscriminado a las comunicaciones privadas supone una violación de la intimidad que afecta a la libertad y a la seguridad de las personas, de todas las personas si tomamos en consideración la construcción en el Estado de Utah de un almacén de datos interferidos con una superficie de 130.000 metros cuadrados. A tenor de la capacidad de almacenaje, no parece que quedase fuera ninguna conversación telefónica.
La lógica reacción contra estas prácticas está exigiendo un control democrático que garantice la privacidad del ciudadano, y no solo para defenderle de los ataque de las instituciones de inteligencia de los gobiernos, sino también de los periódicos (el caso del News of the World de Rupert Murdoch es claro: interceptaban conversaciones telefónicas de famosos con el fin de vender más periódicos haciendo públicas sus intimidades, es decir, con el exclusivo propósito de obtener beneficios económicos). Si resulta imprescindible contar con una prensa libre que denuncie los abusos del poder, no menos se necesita una prensa que no abuse de su poder para destruir la vida de las personas. Debe añadirse a esta situación la nueva realidad de los sistemas de publicitación de hechos y opiniones personales en las redes sociales, en la que cada día se cruza con más virulencia la norma del decoro ante la privacidad de las personas.
Se están elaborando leyes de protección de datos, se crean agencias para su aplicación en defensa de la privacidad del ciudadano, pero el avance tecnológico deja obsoleta rápidamente la legislación. El Estado que alcance a poseer los instrumentos de control de los que hoy disponen pocos gobiernos, va a utilizarlos con total seguridad. Y es que nunca se pudo controlar el flujo del agua con las manos, ni se pueden poner entradas y salidas al campo o al mar. Los defensores de la libertad tienen ante sí un nuevo desafío: utilizar las posibilidades que ofrece la tecnología última y a la vez garantizar la parcela de libertad personal que implica la privacidad de los hechos de intimidad.
Curiosamente la sociedad, sin duda atónita al conocer las actividades de control que anunciara George Orwell en la ficción pero que ya llegaron a la realidad a causa del avance de la tecnología, muestra algún desconcierto a la hora de enjuiciar a los protagonistas de las filtraciones. Para unos son héroes que han desvelado los abusos del poder, lo que garantizará un cierto control; para otros son villanos o traidores que han suministrado a los enemigos de la democracia (terroristas y gobiernos que están fuera de la relación normal entre países) material que puede poner en peligro la seguridad de sus naciones.
¿Son, pues, héroes o villanos? Más bien parece que comparten caracteres de los dos modelos. Si bien sus filtraciones han barrido muchas de las sucias actividades de las agencias llamadas de inteligencia (¡vaya nombre!), lo cual proporciona transparencia y luz sobre las operaciones secretas delictivas amparadas en el argumento de la seguridad nacional, su conducta tras el descubrimiento no hace pensar que estemos ante figuras altruistas. El máximo responsable de WikiLeaks, Julian Assange, se parapeta en sus filtraciones para rehusar acudir a un tribunal judicial de Suecia que le requiere por un delito de violencia sexual, mientras reside en una embajada en Londres, donde recibe a la prensa para jactarse de su inmunidad.
En cuanto al exagente de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos, su asilo político en Rusia plantea algunos interrogantes. Inmediatamente después de recalar en Rusia, Edward Snowden ha hecho público el espionaje de EEUU del teléfono de la canciller alemana y otros dirigentes europeos. ¿Habrá mediado el presidente ruso? A Rusia le fortalece una división entre los aliados occidentales, por lo que sería una muestra de ingenuidad descartar la intervención de Vladimir Putin, conociendo además, cuál fue la dedicación de Putin antes de que el ebrio Boris Yeltsin lo arrancara de sus vacaciones en Biarritz para entregarle el Gobierno de Rusia. Sus correrías como director del KGB probablemente harían palidecer las violaciones recientemente descubiertas que nos hacen enrojecer.
Lo que es importante en este feo episodio es que el desarrollo de la tecnología, el miedo a un terrorismo sin fronteras y la ausencia de controles eficaces están matando la privacidad de los ciudadanos; y tal ataque reduce la libertad hasta afectar a la calidad de la democracia que creíamos que solo podría avanzar por un camino de perfeccionamiento. Tal situación obliga a permanecer alerta ante la invasión silenciosa de nuestra intimidad.



