Susana y Mariano, Mariano y Susana

03 / 02 / 2015 Agustín Valladolid
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Vayan acostumbrándose a esta nueva pareja de baile. Ambos se necesitan. Falta por ver si también son los políticos que necesita el país.

Aquel día no demasiado caluroso del mes de julio de 2014 en el que Pedro Sánchez aceptó retirarse de las primarias a petición de Susana Díaz, el hoy secretario general de los socialistas escribió la primera línea de su epitafio como dirigente político. Luego nada fue como se había planeado, porque Eduardo Madina dijo no, él no iba a dar un paso atrás, y al extremeño Guillermo Fernández Vara y al asturiano Javier Fernández aquello no les parecieron formas, con Pepe Blanco de recolector de adhesiones inquebrantables para que el susanato aterrizara en Madrid por aclamación.

Así que se aplazó la cosa, y a pesar del pues-ahora-te-vas-a-enterar de Susana Díaz dirigido a Madina, que propició que Sánchez arrasara después en Andalucía, el episodio fijaba el grado de  provisionalidad del vencedor después de que quedara demostrada la docilidad de este, luego confirmada con la composición de una Ejecutiva tutelada y manifiestamente mejorable.

Pedro Sánchez es un buen tipo. Con la ambición un poco subida, pero un buen tipo. Y ya. Le falta peso orgánico y experiencia institucional. Concejal en el Ayuntamiento de Madrid y diputado de segundas nupcias, o sea, de rebote, y por partida doble (2009 y 2013, sustituyendo en ambos casos a un dimisionario). Magra trayectoria para una responsabilidad que ha ido menguando, pero todavía idealizada por muchos socialistas que ven con angustia y creciente preocupación cómo se degrada. En Ferraz cunde el desánimo, y la esperanza última de los fieles al secretario general es que cale la tesis de que sería un suicidio cambiar de caballo antes de las elecciones generales. Ya lo podemos decir: vano intento. Porque la que ha calado es justo la contraria: que el suicidio sería no hacer nada. Sánchez es víctima de los juegos de tronos que otros interpretan, y también de sus propios errores, encadenados, en el fondo y en la forma.

Y es ahí, en un panorama que apunta a desolación, donde ella, que ha contribuido como nadie al actual estado de cosas, aparece como última esperanza blanca. Susana Díaz ya no es la mejor solución; es la única. Está asumido. Y no es la futura madre la que se la juega el 22 de marzo; es el PSOE. El plan es diáfano: Díaz se legitima en las urnas, coge a Podemos con el pie cambiado, se asienta en el centroizquierda, impulsa al PSOE de cara a las municipales de mayo, devuelve a su partido la esperanza de reconquistar algún día La Moncloa y, si todo sale bien, estará en disposición de echarle una mano al Estado (y al Gobierno) en Cataluña. “¿Te imaginas a Pedro Sánchez en el mitin de cierre de campaña de las autonómicas catalanas? Yo no”. Palabra de diputado socialista, convencido de que “Susana puede llenar el palacio de Sant Jordi como en los mejores tiempos de Felipe”, y recuperar para el PSC una parte del voto extraviado en estos años de tripartitos, indefiniciones y deserciones. La presidenta andaluza tiene carácter, pero también cintura. Si, como pretende, consigue poner de manifiesto que Podemos es poco más que una tesis doctoral llevada a la práctica como si fuera un juego de rol, podría estar en condiciones de rescatar al PSOE de las arenas movedizas en las que anda enfangado, y le habrá hecho un inconmensurable favor a Mariano Rajoy.

El presidente no oculta su preocupación por la deriva socialista. Se pasó de frenada dando aire a Podemos para debilitar primero a Rubalcaba y después a Sánchez, pero ha mandado parar. No habrá alfombra roja para Susana Díaz en Moncloa, se guardarán las formas, es decir, se pondrán verdes en público, pero quedan excluidos los palos en las ruedas de la carreta andaluza. Y los prolegómenos de buena vecindad ya se han escenificado en Andalucía con el blindaje hasta 2017 de la Cámara de Cuentas pactado por PP y PSOE.

Susana y Mariano, Mariano y Susana. Vayan acostumbrándose a esta nueva pareja de baile. Ambos se necesitan. Falta por ver si son capaces de demostrar con hechos que también son los políticos que el país necesita en el inmediato futuro.

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