Podemos centrifugado

20 / 04 / 2017 Agustín Valladolid
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Iglesias ha caído en su propia trampa: si quiere estabilidad tendrá que renunciar a un proyecto de izquierda nacional.

Transcurridos dos meses desde que se celebrara la segunda asamblea general de Podemos, Vistalegre II, empiezan a comprobarse los efectos del que, con el paso del tiempo, se demostrará como el gran error estratégico de Pablo Iglesias. El secretario general de Podemos antepuso el pulso por el liderazgo a la construcción de un proyecto compartido y una dirección fortalecida por el acuerdo con el sector de Íñigo Errejón, en ese momento “número dos” indiscutible y el mejor intérprete de la realidad circundante que había en la cúpula de la formación.

Hasta su ruptura, la dupla Iglesias-Errejón había sido una historia de éxito. En un tiempo récord Podemos logró un extraordinario respaldo, convirtiéndose en un ejemplo en toda Europa de cómo convertir en útil instrumento la contestación social surgida tras el estallido de la crisis financiera. Cogiditos de la mano, Iglesias y Errejón tocaron el cielo con la punta de los dedos, llegando a meterle el miedo en el cuerpo a un PSOE paralizado, desnortado y con un líder que un día decía A y al siguiente Z.

La dupla solo se equivocó en una cosa: en infravalorar, a pesar de todo, al PSOE. En no dejar que Pedro Sánchez gobernara pensando que en unas nuevas elecciones el sorpasso estaba hecho. Para ser más exactos, habría que decir que el que mayormente se equivocó fue Pablo Iglesias, quien, en contra de la opinión de Errejón, forzó una coalición electoral con la Izquierda Unida de Alberto Garzón que no solo no sumó, sino que restó y dejó el sorpasso en el sueño de una noche de subidón adrenalínico, convirtiendo un éxito relativo en fracaso tras el manifiesto incumplimiento de las expectativas.

Hace años, otra pareja, la formada por Felipe González y Alfonso Guerra, tuvo el acierto de aparcar temporalmente las discrepancias para administrar mejor el tiempo del partido. No les fue mal. Y es precisamente eso lo que no han sabido hacer Iglesias y Errejón. Pero, insisto, más culpable es Iglesias que Errejón. Porque es el vencedor el responsable de preservar el conjunto, y no al revés. En Vistalegre II el “modelo Errejón”, más pragmático, realista y pactista, logró casi el 40% de los apoyos, y, sin embargo, el día a día de estos meses demuestra que su influencia es muy inferior al respaldo cosechado.

 

El poder de los territorios

La disolución, en la práctica, de la muy productiva sociedad montada entre ambos, ya provocó, como se ha apuntado, sus primeros y negativos efectos hacia afuera, con el frustrante resultado de las elecciones de junio de 2016. Lo sustancial ahora es verificar el impacto tierra adentro de los nuevos equilibrios dictados por Vistalegre II. Fundamentalmente porque lo que ocurra intramuros será determinante para evaluar las posibilidades del partido cuando este tenga que volver a confrontar con sus adversarios políticos. ¿Y qué es lo que está pasando de puertas adentro? Parece evidente: si Iglesias y Errejón hubieran llegado a un acuerdo, aglutinando entre ambos al 96,78% de la organización, hoy estaríamos ante un proyecto nacional de enorme fuerza, con capacidad para pelear la aplicación de políticas comunes en cualquier territorio. Pero lo que está ocurriendo es justamente lo contrario.

Para alegría de los socialistas, Podemos es un proyecto que se desvanece por los cuatro puntos cardinales. Son las confluencias las que, sin apenas contrapesos, marcan la pauta y definen sus prioridades al margen de los órganos nacionales. En Cataluña, Galicia, Comunidad Valenciana o Andalucía, se dibujan proyectos no intercambiables, y por tanto excluyentes. Y desde Madrid, el encargado de ponerle racionalidad a este proceso de centrifugación no es precisamente un jacobino. Pablo Echenique ni quiere, ni puede imponer nada a quienes más lo apoyaron; y mucho menos acabar dándole la razón a Íñigo Errejón.

El síntoma evidente de esa debilidad y falta de coherencia interna es la energía que está dedicando Podemos a defender asuntos menores, que no concitan polémica interna, dentro y fuera del Parlamento. Pedir que se prohíba la venta de Coca-Cola en el Senado como si se reclamara la abolición de la pena de muerte o exigir que se elimine el delito de enaltecimiento del terrorismo sin haber realizado antes una mínima reflexión sobre pros y contras, son ejemplos de hasta qué punto Podemos está sin brújula o no se atreve a sacarla de la caja para no molestar a los territorios.

La trampa en la que ha caído Iglesias no tiene fácil salida: si quiere estabilidad tendrá que renunciar a un proyecto de izquierda nacional; y sin ese proyecto, y salvo que Pedro Sánchez gane las primarias, Podemos acabará diluido y con un respaldo social, en el mejor de los casos, no muy superior al de los mejores tiempos de Julio Anguita.

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