No es solo terrorismo, es fascismo

25 / 11 / 2015 Agustín Valladolid
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Hay que hacer compatible como sea la protección de nuestros ciudadanos con el respaldo a los millones de musulmanes que no se quieren doblegar a la dictadura del EI

Desde el pasado mes de junio España tiene activado el nivel 4 (alto) de alerta antiterrorista. Tras los atentados de París, el Gobierno decidía mantenerlo, aunque haciendo una pequeña trampa: no elevaba la alarma al nivel 5 (muy alto), pero comunicaba que estábamos en nivel 4 “reforzado”. Es decir, el 5 pero sin desplegar el Ejército por nuestras calles y puntos sensibles. La trampa es comprensible. La presencia de los militares en las calles solo se justifica en casos de extrema gravedad, entre otras razones porque una medida como esta lo que provoca es precisamente miedo, lo contrario de lo que conviene transmitir.

He escuchado a un militar español de alto rango decir que la cadena de atentados ejecutados por el Estado Islámico (EI) en la capital francesa es un síntoma de la debilidad de sus inductores. ¡Como si la capacidad de una organización terrorista pudiera medirse por las armas que utiliza para perpetrar sus crímenes! ¿Por qué van a correr mayores riesgos si con media docena de armas automáticas y unos cuantos kilogramos de explosivos de fabricación casera pueden poner patas arriba a todo un continente?

El manual establece como una de las prioridades básicas en las situaciones de crisis la rápida gestión y reconducción de la psicosis. A veces se consigue y a veces no, pero es responsabilidad de las autoridades recuperar en la medida de lo posible un mínimo clima de sosiego y activar uno de los grandes aliados de la lucha contra el terrorismo: la colaboración ciudadana. De ahí que sean comprensibles decisiones prudentes y declaraciones que rebajen la tensión. Incluso los periodistas debemos esforzarnos por mantener un ponderado equilibrio para que nuestra obligación de informar no se deslice hacia la saturación, que es terreno abonado para la desinformación y objetivo preferente de los terroristas. La búsqueda frenética del último dato o la sobrecompensación a inexplicables apagones informativos (como el de las televisiones privadas en la tarde-noche del viernes 13), son prácticas poco recomendables. Este es un territorio en el que deben prevalecer la reflexión y el análisis, lo que no excluye la publicación de información responsable y veraz.

Sirva este largo preámbulo para advertir de que podemos estar en los prolegómenos de un debate parecido al que fomentó George Bush tras los atentados a las Torres Gemelas y el Pentágono, y que tan discutible será aceptar sin más el in crescendo de autoprotección que persiguen los partidarios de un blindaje reduccionista e inútil, como alinearse con los profetas de la autoflagelación que defienden la tesis de que es en Occidente, y solo en Occidente, donde hay que buscar las causas y a los culpables, bien que indirectos, de estas matanzas.

Al día siguiente de los atentados de París, Jean-François Bayart, un prestigioso profesor experto en el islam, desgranaba en Libération el catálogo de “responsabilidades de larga duración”, achacables a Francia y a sus aliados, que explicaría “el desastre que vivimos”: la “dimisión de Europa en la cuestión palestina”; la “alianza estratégica” de Francia con las petromonarquías conservadoras del Golfo; la apuesta “cínica” de Francia por soluciones autoritarias, pero estables, en Argelia, Túnez, Egipto, Siria e Irak. Y añadía: “En lugar de aprovechar la formidable baza que representa el biculturalismo de muchos jóvenes franceses, hemos empujado a una parte importante, y bien delimitada, de ellos –a saber, los musulmanes– a la marginalidad”.

Sin duda Bayart acierta en el diagnóstico. Pero solo en parte. Se queda, conscientemente, a medio camino. Se detiene en nuestros “pecados”, como si los actos del EI fueran exclusivamente la reacción a las “provocaciones” de Occidente, porque teme que las recetas que se apliquen para reparar el “desastre” conduzcan a uno mayor. Pero ahí es donde el profesor, y otros como él que en estos días sustentan parecidas tesis, se equivocan por defecto: el Estado Islámico no ha declarado la guerra a Occidente por las torpezas de este en el pasado reciente o remoto (estas solo son una parte del argumentario con el que envenena a los jóvenes musulmanes); el EI golpea a Europa para ganar su propia guerra, la que tiene declarada y en vigor en los países árabes, con miles de muertos, para asegurarse un papel preeminente en el islam.

Bernard-Henri Lévy ha definido ese camino sin retorno como “fascislamismo”. Eso es. El terrorismo es únicamente un instrumento. Esto va más allá: es una guerra por dominar el mundo árabe; es la versión islamista del nazismo. Por tanto, la respuesta de Occidente y sus aliados no debería olvidar que en este trance resulta esencial hacer compatible la protección de nuestros ciudadanos con el respaldo a esos millones de musulmanes que no se quieren doblegar a la dictadura del Estado Islámico.

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