Ni estamos, ni se nos espera

02 / 03 / 2016 Agustín Valladolid
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España sigue perdiendo pie en el mundo y la parálisis política es aprovechada por nuestros competidores directos.

Once horas tirados en el hotel mientras un puñado de líderes europeos cerraban en el edificio bruselense de la UE el acuerdo con el Reino Unido. La delegación española pasó la jornada esperando el aviso de que todo había acabado. Mariano Rajoy no participó en ninguna de las 26 reuniones bilaterales que se celebraron para encajar las piezas en el puzle de David Cameron. No fue el único. Cierto. Fue, simplemente, uno más; del montón. La mayoría de líderes europeos se tomaron como un trámite ordinario la negociación que, ni más ni menos, enmarcaba el referéndum británico sobre su permanencia en la Unión.

El español no fue una excepción. “No nos gusta que nos dejen once horas tirados”, se quejó Rajoy. La política exterior nunca ha sido el fuerte de nuestros gobernantes. Y eso que lo que sucede en la UE ya tiene poco de exterior. Pareciera que no hay vida más allá de la negociación para formar Gobierno, o de la noticia nuestra de cada día en torno al enésimo caso de corrupción. Pero debiera haberla. Estamos a lo nuestro, y lo malo es que hay quien lo aprovecha. Cuando echemos las cuentas sabremos lo que nos ha costado la parálisis política. Hablamos de política exterior.

En el mundo globalizado las relaciones exteriores tienen un peso creciente en los asuntos internos. Solo en contadas ocasiones nuestro país se ha distinguido por desarrollar una política exterior brillante. Lo habitual es que los Gobiernos de turno dedicaran al frente transfronterizo los minutos de la basura. Quizá porque el don de lenguas de nuestros próceres era el que era y se sentían más cómodos alrededor de la mesa camilla de casa. Quizá porque la vida política española, en el pasado más reciente, ha reclamado y reclama demasiadas energías (golpismo, terrorismo, independentismo...). Siempre ha habido una excusa que explicaba el avestrucismo. Ahora, en cambio, no resulta fácil justificar tanta inacción.

El Gobierno de Rajoy no ha sido una excepción a esta nefanda regla. Se argumentará que bastante ha hecho con concentrar sus esfuerzos en, primero, esquivar el rescate para después recuperar la credibilidad financiera de nuestro país. Y no es mal argumento. Pero la quinta economía de la Unión Europea y la decimocuarta mundial debiera ser capaz de abordar una agenda internacional pareja, en cuanto a ambición, a su potencialidad económica y situación geoestratégica.

Más allá de favorecer la actividad comercial de nuestra red de embajadas (García-Margallo) y apadrinar a las empresas españolas en algunas operaciones de indudable interés (Ana Pastor), muy poco es lo que se ha hecho. Desde luego, la afirmación de que en estos años España ha perdido pie en muchos lugares del mundo no está muy lejos de la realidad. La gestión exterior de Rajoy ha obedecido casi en exclusiva a razones defensivas. Ha sido una política sin apenas iniciativas de interés. Basada fundamentalmente en llevarse bien con Angela Merkel, sin que se conozcan otras prioridades diplomáticas que se hayan culminado con éxito.

El Rey, “acuartelado”. En estos años de mayoría absoluta España ha retrocedido posiciones en Iberoamérica, y en estos días, aprovechando el interregno patrio, asistimos a la reactivación de relaciones en el Nuevo Mundo por parte de nuestros principales competidores. Con los brazos cruzados dejamos pasar oportunidades de negocio. Avanzábamos algo aquí la semana pasada: AENA ya ha desperdiciado la oportunidad de adjudicarse la gestión de seis aeropuertos dominicanos por culpa de la inacción del Gobierno, su accionista mayoritario. Francia se llevó el gato al agua. Puede pasar lo mismo en Cuba.

François Hollande no ha perdido la ocasión de visitar a Raúl Castro, y este, en justa correspondencia, ya se ha dado un paseo por París.

El propio Hollande y el italiano Renzi se han apresurado a felicitar en Buenos Aires al nuevo presidente argentino, Mauricio Macri, y detrás del francés llegará en marzo al Río de la Plata Barack Obama, en representación del otro gran competidor de España en la región. Y mientras, Rajoy dormitando en un hotel de Bruselas, con la agenda “muy libre”. No estamos hablando de diplomacia vaporosa, sino de riqueza que se evapora, que no es lo mismo; y de incapacidad política. Y aquí no vale echarle la culpa al idioma.

Ni siquiera se ha sabido aprovechar en clave exterior el tirón de la proclamación de Felipe VI. La situación política interna mantiene secuestrada la agenda del Rey y el monarca permanece medio acuartelado en Zarzuela hasta nueva orden. Por cierto, busquen ustedes en los documentos que están sirviendo de base a la negociación para formar Gobierno alguna referencia no superficial a la política exterior. Ni un párrafo sobre la necesidad de recuperar con urgencia el papel que tuvimos. Nada de nada. Solo ombliguismo. 

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