La gran coalición, de solución a mal menor

14 / 01 / 2015 Agustín Valladolid
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Si Europa, tras el precedente griego, empuja a PP y PSOE a un pacto de Gobierno, este no será el resultado de la reflexión seria de dos dirigentes políticos, sino solo el mal menor. ¿Y para quién?

En ¿Qué nos ha pasado? El fallo de un país (Galaxia Gutenberg), Andrés Ortega y Ángel Pascual-Ramsay argumentan con tino que una de las más apreciables diferencias entre la crisis española actual y las vividas entre 1973-81 y 1991-94 ha sido la forma en la que se afrontaron. Aquellas, mediante grandes pactos de Estado que repartieron entre todos las cargas de las profundas reformas que, en materia económica, industrial y de empleo, hubo que hacer. Ésta, la más grave de las vividas por nuestro país –al menos desde el restablecimiento de la democracia–, gestionada sin apenas acuerdos políticos y sociales, a pesar de que, como apuntan los autores de este interesante ensayo, lo trascendental no es lo que nos ha pasado, sino lo que habremos de hacer a partir de ahora, una vez asumida (¿la hemos asumido?) nuestra verdadera dimensión como país: “Es necesaria una segunda gran modernización, de mucho más alcance que la primera de la Transición, y en la que va a haber que corregir algunas de las decisiones que se fueron tomando en estas tres décadas”.

Así es. Todos lo sabemos. La crisis tiene un origen financiero, pero sus raíces adquieren mayor profundidad cuando se adentran en el fenómeno que en mayor medida va a mediatizar nuestro futuro: la globalización. El conocimiento nunca se había expandido a tal velocidad y abarcado tantas áreas del planeta; la competencia comercial es la más pujante y desregulada de la historia; el hambre de bienestar de los pueblos en vías de desarrollo, o aprisionados aún por la masiva pobreza de sus gentes, se vuelve día a día incontenible. La globalización no es solo un shock económico: es un ciclón que se ha llevado por delante muchos de nuestros muros de contención; es el mayor desafío al que la privilegiada sociedad occidental se ha enfrentado jamás.

La mediocridad como problema.

Es ahora cuando empieza lo difícil. Y no partimos precisamente con ventaja. La sociedad española de los últimos lustros ha sido políticamente apática, poco colaborativa, empresarialmente acomodaticia y culturalmente declinante. Si nos referimos a la clase dirigente la cosa no mejora: el estándar de calidad ha sufrido un serio deterioro, tanto en el ámbito político como en el económico, el social o el empresarial. No llegamos en ningún momento a los extremos de latrocinio de la Grecia previa a la crisis, pero hasta no hace mucho hemos despilfarrado ingentes cantidades de dinero prestado por la Unión Europea (cuando no directamente “desviado”) sin que ninguno de los presidentes del Gobierno ni de los líderes políticos que ha tenido este país se atreviera a cuestionar públicamente unas prácticas moralmente reprochables que nos condujeron a un bienestar ficticio y que ahora estamos pagando. No solo en términos económicos.

Con estos mimbres, la reacción se antoja quimérica, y los caminos para rescatar de la mediocridad un clima propicio que permita reivindicar el valor de los grandes pactos de Estado parecen cegados. Las legítimas aspiraciones de poder no pueden situarse por encima del interés general; pero se sitúan. Hace demasiado tiempo que olvidamos que un país es un sola sinfonía cuyos intérpretes, políticos,  sociales o económicos, debieran compartir las notas básicas del libreto; pero no tocamos en el mismo tono. Miramos hacia el Norte buscando a los responsables del desafino, y lo que vemos nos empequeñece un poco más: un Gobierno de coalición en Alemania. La nación europea que teóricamente menos necesitaría una solución de esta naturaleza se blinda ante la inestabilidad política. Y lo hace desde la fortaleza de un liderazgo, el de Angela Merkel, que nadie cuestionaba, pero que ella decidió compartir.

Aquí, en el Sur ibérico, ya sabemos que si algo se hace será desde la debilidad. Disculpen la autocita. En octubre de 2013 el que esto firma escribía en estas mismas páginas: “Con él [Rubalcaba] de candidato, el pacto PP-PSOE tendría muchas más posibilidades de cerrarse que con un nuevo dirigente [socialista] necesitado de reafirmación (…). Habrá que esperar. Lo que cada vez resulta más sugerente para unos y otros es que el gran pacto, con el que llevan tantos tanto tiempo soñando, pueda hacerse realidad justo cuando los dos grandes partidos alcancen las más altas cotas de debilidad”.

El día que Rubalcaba, tras el desastre electoral de las europeas, decidió tirar la toalla y regresar a la anónima confortabilidad de la bata blanca, la gran coalición, el gran pacto o como lo queramos llamar, sufrió un duro golpe. Desde entonces acá, el enfermo, lejos de mejorar, parece aun más decrépito. La ingravidez de la nueva dirección socialista alimenta la creencia popular de un PSOE en fase de evaporación y, cumplimentadas las elecciones municipales y autonómicas de mayo, crecientemente incapacitado para tomar decisiones ajenas a la de cómo gestionar su propia supervivencia.

Es curioso que esta situación preocupe ahora sobremanera a las élites económicas. Y es curioso, básicamente, porque el papel de un PSOE fuerte ante un pacto de gobernabilidad con la derecha debiera ir justo contra los intereses de aquellas, las mismas que, como señalan Ortega y Pascual-Ramsay, “no están dispuestas a reducir sus niveles de bienestar y acumulación de riqueza y consiguen imponer recortes al nivel de vida de otros sectores sociales para mantener su posición”. ¿Por qué entonces tanta preocupación en los despachos del IBEX-35? ¿Se ha convertido el PSOE en un mal menor? Precisamente ese es el problema: que si al final Europa, tras el precedente griego, empuja a PP y PSOE a un pacto de Gobierno, este no será el resultado de la reflexión seria de dos dirigentes políticos que anteponen los intereses del país a los de sus respectivos partidos. Será solo el mal menor (¿y para quién?), y no la receta meditada y valiente que sitúe a los españoles frente a la realidad sin edulcorantes, paso previo para recobrar su confianza.

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