En manos de la militancia sobrevalorada

24 / 05 / 2017 Agustín Valladolid
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El domingo 21 no asistiremos a la recuperación del PSOE, pero quizá a un serio contratiempo en términos de país.

El 21 de mayo es la fecha fijada para elegir, mediante un peculiar proceso de selección, a quien deberá abordar un “vasto plan de despidos” en una gran organización venida a menos. La elección del encargado o encargada de tal tarea, que saldrá de una reducida lista de sus dirigentes, se hará del modo más rudo y escabroso: simulando el secuestro de los aspirantes, previamente reunidos en una sala preparada al efecto. Solo así sabremos quién es el más resistente, quién profesa una mayor grado de fidelidad a la corporación.

No estoy hablando del PSOE, como es fácil suponer. Son los planes de una importante empresa de bisutería con los que Pierre Lemaitre arranca la trama de su última novela, Recursos inhumanos (Alfaguara, 2017). Aunque con matices, y más allá de la rara coincidencia en la fecha, hay que admitir que no es descabellado establecer circunstancias coincidentes entre el hilo argumental de Lemaitre y lo que ocurre (y va a ocurrir) en el PSOE.

Hasta se justificaría pedir prestada al autor francés la idea del secuestro, pues el Partido Socialista es hoy, más que en ningún otro momento, una organización ajena a los problemas reales de los ciudadanos, confiscada por sus dirigentes pero también por sus militantes, muchos de los cuales piensan que se juegan el futuro del partido, de su partido, sin tener demasiado en cuenta que el PSOE es una formación sistémica, que se juegan mucho más, y que si el PSOE se hunde va a arrastrar en su caída algo más pesado que unas siglas.

De lo que no hay duda es que al día siguiente, 22 de mayo, ocurra lo que ocurra la víspera, los cuchillos saldrán a relucir y habrá de todo, despidos y deserciones. Si gana Susana sobrarán todos los que se apuntaron a la corriente sanchista por rencor o por mero oportunismo; y si gana Pedro va a estorbar la mitad del partido, y lo del “vasto plan de despidos”, sobre todo en las cúpulas regionales, puede acabar siendo una descripción que refleje con bastante fidelidad la realidad resultante.

Yo no tengo ninguna duda de que entre los militantes que apoyan a Pedro Sánchez se encuentra uno de los sectores más sanos del Partido Socialista. Gente joven, y no tan joven, sin prejuicios; gentes que hace tiempo llegaron a la conclusión de que el PSOE se había esclerotizado, de que ya era urgente retirar las contraventanas de un aparato en la sombra, de una maquinaria que no dejaba respirar. Pero esa gente también está en el otro lado, solo que su orden de prioridades es distinto: primero poner a salvo la organización, rescatarla de una deriva que irremisiblemente la empuja hacia la pasokización, al destino infausto del laborismo británico o el socialismo francés; a la insignificancia, que es como decir a la desaparición.                                          

La Transición y la globalización

Lo demás, vendrá después. Va a ser, además, inevitable, imprescindible si se quiere algún día recuperar el poder. Inevitable la colegiación de las decisiones, la transparencia, la incorporación a primera fila de las generaciones que han de servir de enganche entre la Transición y la globalización, la recuperación de un equipo identificable, solvente, creíble.

Nada de eso está garantizado. Gane quien gane. Y mucho menos si el que se lleva el gato al agua es Sánchez. Porque el exsecretario general, derrocado democráticamente por sus compañeros el 1 de octubre de 2016, hace tiempo que rompió amarras, que cortó el cordón umbilical que le unía a la generación más provechosa de dirigentes socialistas.

Con Pedro Sánchez no hay esperanza de recoser nada. Y no ya porque el personaje no tenga la menor intención de ponerse a ello, que también, sino por la nula fiabilidad que inspira en los González, Guerra, Rodríguez Zapatero, Pérez Rubalcaba, Fernández Vara, Ibarra, Puig, García-Page, nombres con uno o dos pies en el pasado, cierto, pero todavía necesarios para cimentar un sólido proyecto de futuro.

Decía unos párrafos atrás que entre los que arropan a Sánchez hay, seguro, un sector sano, quizá algo ingenuo, pero sano. El problema es que convive con otro, aparentemente el más numeroso, que se nos ha venido arriba a fuerza de tanta simpleza sin replicar, y que conecta a las mil maravillas con las expresiones de la política más abiertamente populistas. Un sector que le ha comprado a Sánchez la moto averiada e inconsistente de “la abstención injustificable que ha permitido el Gobierno de Mariano Rajoy” (Margarita Robles dixit), cuando, como ha escrito Ignacio Urquizu, el mantener el “no es no” habría conducido a votar tantas veces como hiciera falta para que el Partido Popular ganara por mayoría.

El domingo 21 de mayo no vamos a asistir a la recuperación del PSOE, pero sí podríamos ser testigos del principio del fin y de un serio contratiempo en términos de país. Demasiada responsabilidad para una militancia sobrevalorada que deberá elegir entre dos ambiciones, una inane y destructiva, y otra incompleta pero al menos cauta.

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