El nacionalismo intrascendente
Todo apunta a que vamos hacia un Parlamento en el que el peso de los nacionalismos históricos va a ser parecido al de un ujier, variable nada baladí.
Uno de los casos recurrentes de mala praxis en la España democrática, en términos de gestión de la cosa pública, ha sido el de los políticos especializados en crear problemas donde no los había. Ejemplos hay para dar y tomar, pero como este artículo no va de eso les ahorro la relación nominal de los más sobresalientes, más que nada porque exigiría una mínima memoria justificativa para la que no disponemos de espacio. A mí siempre me ha tentado, por atractivo, el proyecto de escribir un libro sobre estos especímenes y sus contrapesos: aquellos que ante una situación enquistada en lugar de afrontarla decidieron mirar para otro lado.
El lector estará pensando, y con razón, en el formidable lío que en estos últimos tiempos se ha montado en Cataluña. En efecto, no es fácil encontrar un compendio de ambas patologías, la del pasmado que se mete de cabeza en la boca del lobo sin que nadie le empuje y la del escapista. En relación al País Vasco, aunque con condicionantes de no poca importancia, es el segundo de los arquetipos el que se viene imponiendo de un tiempo a esta parte. En todo caso, lo que parece evidente es que, en estado de hibernación o mejorando dentro de la gravedad, uno y otro problema van a seguir estando ahí.
A la vuelta de la esquina.
La obviedad viene a cuento de algo que puede parecer lejano, pero que está a la vuelta de la esquina y que ya debiera ser motivo de reflexión y preocupación por aquellos a los que pagamos por reflexionar y preocuparse por los asuntos que a todos conciernen: un Parlamento en el que después de casi 40 años el peso de los nacionalismos históricos, en términos aritméticos, va a ser parecido al de un ujier, dicho sea con todos los respetos. La perspectiva, cada vez más verosímil, de un Congreso de los Diputados en el que los cuatro partidos con capacidad de influir en la gobernabilidad sean “nacionales” alegrará sin duda al más rancio nacionalismo español, pero no difuminará el problema; podría incluso exacerbarlo si tras la confrontación se opta por la política del silencio administrativo.
Hoy puede parecernos prematura esta consideración, pero no lo es en absoluto. De una u otra forma, el Estado, ya antes de la aprobación de la Constitución de 1978, siempre ha encontrado el modo de involucrar a los nacionalismos “moderados” en el proyecto común de país. Cierto que es Convergència la que ha roto la baraja, pero eso fue, como quien dice, anteayer. Hay un pasado que no se puede borrar de un plumazo ni a golpe de mayoría, y un sentimiento que, nos guste o no, se ha expresado con inusual intensidad en el último año. Es decir, el problema va a seguir ahí, y no se debe minusvalorar. Además, de la huida hacia delante de Artur Mas y compañía no tienen la culpa esos 321.000 catalanes que, según la Taula del Tercer Sector Social, Cruz Roja y Cáritas Cataluña, sufren deficiencias de alimentación básica.
El caso vasco y la no política.
El caso vasco no es igual, pero hay síntomas de que puede evolucionar a peor si desde el Gobierno se mantiene la no política como único eje estratégico. La próxima legislatura debiera ser la que apagara definitivamente los rescoldos del terrorismo de ETA, aún activos bajo una gruesa, pero aún insuficiente, capa de cenizas. En esa tarea, esencial para que Euskadi dé por concluida la exitosa operación de enterrar completamente la violencia y sus efectos, resulta imprescindible la cooperación activa del Partido Nacionalista Vasco, sea cual sea el resultado de las elecciones generales.
Si, como apuntan los sondeos, las elecciones municipales –únicas que se celebran en el País Vasco y Cataluña el 25 de mayo– van a dibujar un panorama mucho más plural en el que intervendrán nuevos actores cuyo sello principal no es el nacionalista, podríamos estar ante una nueva oportunidad de reconducir con inteligencia un fenómeno que en algunos territorios ha rentabilizado como nadie los efectos de la crisis económica proponiendo ilusorias soluciones para ocultar su propia responsabilidad y extendiendo el manto del pensamiento único para soslayar el debate sobre los verdaderos problemas de los ciudadanos.
En definitiva, lo que ya parece irreversible, pase lo que pase en septiembre en Cataluña, es que nos encaminamos hacia una nueva etapa política en la que una de las grandes novedades va a ser el papel secundario, por no decir anecdótico, que los ciudadanos tienen reservado al nacionalismo en el conjunto del Estado. Y no faltarán quienes pretendan aprovechar la oportunidad, disuadidos de que pueden ganar por aplastamiento, cuando lo que necesitamos son gentes que en lugar de echar gasolina al fuego trabajen a medio y largo plazo para desactivar pulsiones centrífugas y busquen vías de colaboración mutua que integren y no separen, como, por ejemplo, una reforma que convierta al Senado en la cámara territorial que nunca ha sido y ponga fin a su manifiesta inutilidad.



