El debate visto por el espejo retrovisor
Felipe González ganó las elecciones de 1993 porque se anticipó a la repercusión que tuvo la crisis en los bolsillos de los ciudadanos. Rajoy se dispone a hacer justamente lo contrario.
Unos días antes del Debate del estado de la nación un exministro socialista me decía con cara de circunstancias: “Con el país creciendo por encima del 2%, no hay quien le gane las elecciones a un Gobierno”. No se refería a las municipales y autonómicas de mayo, en las que el Partido Popular tiene muy complicado renovar la mayoría absoluta en plazas importantes y no se descarta alguna que otra sorpresa en ciertas comunidades. No, hablaba de las generales. A casi un año vista, con el horizonte económico despejado en lo esencial, la manguera del dinero público desatascada y la del privado recuperando presión, es casi una ordinariez creerse las encuestas e infravalorar la capacidad de intervenir desde el poder en los resortes que mueven la voluntad popular.
Rajoy llegó al debate con la lección aprendida: el pasado no existe, salvo para recordar la herencia y sacar pecho por haber esquivado el rescate. Ahora, con cuatro citas electorales por delante, toca hablar del futuro, insuflar optimismo. Nada de perder el tiempo lamiéndonos las heridas. Lo mejor está por llegar: 20 millones de puestos de trabajo. Ese es el objetivo. Si no vienen otros a estropearlo. Ya se sabe: las elecciones nunca las gana la oposición; las pierde el Gobierno. Y se pierden si se cae en la trampa de discutir los porqués de los fracasos, las debilidades de una sociedad exhausta y necesitada de clavos a los que agarrarse.
Así es: las elecciones nunca las gana la oposición. Y esta vez también será así, aunque hoy nos pueda parecer prematura, incluso improcedente, la defensa del aforismo. El Gobierno del PP tiene la llave de la caja, el Boletín Oficial del Estado, el ejemplo griego, el núcleo duro de Europa de su parte, la confianza de los mercados... ¿Y qué hay al otro lado? No una oposición homogénea, no, sino media docena de aspirantes que, a grandes rasgos, se van a pelear por repartirse la otra mitad del electorado, el que va del centro a la izquierda-izquierda. Demasiada ventaja.
La sombra de los ausentes.
De no ser porque la escenificación de brusquedades preelectorales enrareció el ambiente y atrajo el grueso de los comentarios, se hubiera percibido con mayor nitidez cómo algunas de las intervenciones más aceradas contra Rajoy lo que indirectamente pretendían era recuperar el terreno arrebatado por los que no estaban representados en el Hemiciclo. Allí no había ni rastro ni de Podemos, ni de Ciudadanos, pero su influencia impregnaba el lenguaje a ratos abrupto de Pedro Sánchez, Alberto Garzón y Rosa Díez.
Pero volvamos al exministro, que sabe de lo que habla. No en balde fue uno de los que en 1993 convenció a Felipe González de que adelantara las elecciones generales a junio de aquel año ante el deterioro que la situación económica iba a sufrir a partir del otoño. El PSOE ganó aquellos comicios contra todo pronóstico y, después, un Aznar que no supo perder desató una de las más sucias campañas que se recuerdan. Pero esa es otra historia, que algún día habrá que contar al detalle. Lo que ahora nos interesa de aquel episodio ya lejano es recordar a algunos el peso que tiene la economía en la decisión última de los electores. González ganó en el 93 porque se anticipó a la repercusión que tuvo la crisis en los bolsillos de los ciudadanos. Rajoy se dispone a hacer justamente lo contrario.
Operación pedrea.
El drama de la oposición es que Rajoy llega a la recta final de la legislatura en su mejor momento. Después de tres años de sacrificios y turbulencias sociales, está en disposición de poner en marcha la operación pedrea para la clase media. Lo dijo el presidente en su discurso: “Las clases medias han soportado el coste de mantener el equilibrio social en estos años. Ha llegado el momento de aliviar su situación”. Su discurso macro lo podría haber firmado Felipe González. Y también parte del micro. La caña hay que tirarla donde hay peces. Y ahí, hay peces. Los cronistas que afeaban el triunfalismo de Mariano Rajoy, “cuando todo se está hundiendo a su alrededor”, no se han enterado de que, en este país, el que inclina la balanza a un lado u otro no es el que ve el debate de La Sexta. Es el que antes de depositar la papeleta en la urna se echa mano al bolsillo.
Eso es lo que tiene claro Rajoy. Y eso es lo que le dicen los sondeos. Los de verdad, no los cocinados para meter miedo al personal. Háganme caso: las encuestas que se hacen públicas son fotografías con toneladas de Photoshop. Las buenas, las que no salen de los cajones de media docena de despachos, ya están marcando otra tendencia. Esas encuestas dan al PP entre 145 y 150 diputados en unas elecciones generales. A día de hoy. El objetivo no es ganar. El objetivo es aprovechar el desbarajuste que hay al otro lado para volver a gobernar con los apoyos estrictamente necesarios. Ni uno más. Y a ello se han puesto. La campaña ya ha empezado. A toda máquina. Y la única preocupación seria se llama Andalucía.



