El cerrajero siempre llama dos veces

25 / 02 / 2015 Agustín Valladolid
  • Valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

Lo que resulta incomprensible de la destitución de Tomás Gómez es que su ejecución haya evidenciado que el objetivo era reforzar un liderazgo cuestionado.

Tomás Gómez era más que un problema. Era un síntoma, un incómodo retrato del PSOE actual. O de buena parte de sus dirigentes y cuadros, para ser más exactos. El deterioro del socialismo español viene de muy atrás. La definición que alguno de los más atentos observadores de la trayectoria de este partido ha dibujado en los últimos días, en referencia a Partido Socialista de Madrid, es punto por punto aplicable a otras zonas geográficas y estructuras del aparato socialista: “Organización endogámica que cierra la puerta a todo el que pueda amenazar el statu quo de sus dirigentes y confecciona sus listas electorales por el criterio de lealtad a los aparatos y no por el talento de sus integrantes”.

Solo desde la constatación de este decepcionante diagnóstico se entienden algunos de los grandes errores cometidos por el PSOE en los últimos tiempos. Uno de ellos, origen de posteriores males, fue no hacer lo que correspondía tras la debacle electoral de las generales de 2011, en las que los socialistas se hundieron en el peor resultado de su historia reciente y nada hicieron. Hubo quien advirtió el peligro de descomposición, dio la voz de alarma y señaló el camino: dimisión en bloque de la dirección, nombramiento de una gestora y refundación. Pero nada ocurrió. Se miró para otro lado y se encontró en la fatuidad de José Luis Rodríguez Zapatero la excusa perfecta para justificar el cataclismo.

Un partido irreconocible.

Sí, fue el PSOE el primero que echó mano de la herencia recibida para seguir bailando en la misma baldosa el chotís de la autocomplacencia. Y el viejo PSOE, el mismo que ahora reivindican algunos de sus componentes más ilustres, que piden al nuevo PSOE “más inteligencia y responsabilidad y menos ambición” (Rodríguez Ibarra), nada hizo por revertir una deriva que anunciaba males mayores. Probablemente aliviados por haberse deshecho de ZP, y confiando en que la habilidad de Rubalcaba, uno de los suyos, iba a superar el estigma del zapaterismo, los mayores del socialismo hispano se autoconvencieron de que sin Zapatero el partido volvería a ser el que fue, pero no cayeron en la cuenta, o no quisieron, de que hacía mucho tiempo que el PSOE ya era en demasiados lugares un partido irreconocible.

Aquella pasividad está en el origen de las sucesivas y contundentes derrotas que vinieron después, y de los derechos de continuidad que, visto el precedente, se arrogaron los perdedores. Incluidos algunos que hoy nutren la Ejecutiva Federal. De ahí que nada tenga de extraño que un perdedor experimentado como Tomás Gómez se consolidara en una comunidad clave que, como ha recordado Joaquín Leguina, suele anticipar el resultado en el ámbito nacional.

El nuevo PSOE podría haberse acogido al más vale tarde que nunca para explicar la destitución de Gómez y el resto de la dirección socialista madrileña. Pero la impresión general es que una de las más verosímiles razones de tan drástica medida es que el que llegaba tarde a casi todo no era únicamente el partido, sino sobre todo su secretario general. Y es precisamente eso lo que resulta más incomprensible: que lo tardío de la medida y su ejecución chapucera hayan evidenciado que el objetivo principal de abrir en canal el PSM no era defender los intereses y las expectativas electorales del partido, sino más bien reforzar un liderazgo crecientemente cuestionado.

Jugando a forzar la prórroga.

La decapitación de Gómez es el salvoconducto que se ha fabricado Pedro Sánchez de aquí a las elecciones de mayo. Una tabla de salvación temporal de dudosa solidez. Hay algún socialista de fuste que ha hecho fortuna estos días repitiendo y adaptando a la actual circunstancia una recurrente frase: “Pedro Sánchez está liquidado y es el único que no lo sabe”. Yo no diría tanto. El líder socialista ha tirado una moneda al aire, y si bien es cierto que los apoyos a la decisión de apartar de un manotazo a Invictus fueron en parte forzados y a posteriori, a poco que en Madrid –con Gabilondo o el que finalmente sea cabeza de cartel– y en el resto de España aguante el tipo, habrá logrado la prórroga que necesita para llevar a cabo el único plan que le puede sostener en pie: una operación limpieza en toda regla a la que está obligado después del precedente madrileño. Si no fuera así, si el resultado del 24 de mayo confirmara el hundimiento, el precedente de lo ocurrido en la capital marcará de forma inmisericorde el destino de Sánchez. Los ganadores (si los hubiera) y los perdedores (que los habrá), los viejos y los jóvenes, cambiarán la cerradura de su despacho. Solo esperemos que lo hagan de acuerdo a lo que aconseja la buena educación y marcan los estatutos: por mayoría absoluta del Comité Federal, moción de censura de la Ejecutiva o golpe incruento del Grupo Parlamentario. Pero, a ser posible, sin llamar al cerrajero.

Grupo Zeta Nexica