Y Portugal tumbó su dictadura
Otelo Saraiva de Carvalho, protagonista de la Revolución de los claveles, rememora el golpe del 25 de abril de 1974, que trajo la democracia a su país.
Veinticuatro de abril de 1974. La noche peina las 22 horas cuando Tigre (nombre en clave de Otelo Saraiva de Carvalho, mayor del Ejército de 37 años) llega vestido de civil al cuartel del Regimiento de Ingeniería 1, en Pontinha. Esta unidad en las afueras de Lisboa se convertía en el centro de mando para la madrugada destinada a terminar con la dictadura y cambiar la historia de Portugal.
“Estaba muy tenso porque había asumido la enorme responsabilidad de comandar las operaciones. Un fracaso podía acarrearme el final de mi carrera, podía ser enviado al campo de concentración de Terrafal, en Cabo Verde, y no ver más a mi familia. También estaba expuesto a mi propia muerte y a la de mis camaradas”, rememora Carvalho cuarenta años después desde el salón de su casa, todavía con la chispa brillante del héroe que cuenta su última gran hazaña.
Las conflagraciones coloniales y la situación social, cultural y económica de Portugal estrangulaban al pueblo, según describe el profesor de Historia Valerio Arcary, en Revolución o transición. Historia y memoria de la Revolución de los claveles: el país estaba “abatido militarmente por una guerra sin fin, exhausto políticamente por la ausencia de base social interna, agotado económicamente por una pobreza que contrastaba con el patrón europeo y cansado culturalmente por el atraso oscurantista impuesto durante décadas”.
Solo Carvalho, coinciden los protagonistas y resaltan las crónicas, fue capaz de sacar una lectura positiva y optimista del golpe frustrado del 16 de marzo de ese mismo año, el Levantamiento de Caldas, en referencia al único regimiento que secundó la intentona. “El grado de locura de Otelo fue muy importante” para el éxito, admite Vasco Lourenço, presidente de la Asociación 25 de Abril y otro de los militares protagonistas de la Revolución de los claveles.
Todo o nada.
Con la lección aprendida de aquel fracaso, el Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA), una organización clandestina en el seno del Ejército formada en su gran mayoría por oficiales de baja graduación, se jugaba la vida aquellas horas al todo o nada. La estrategia descansaba en la cabeza de Carvalho: los cuarteles generales de Lisboa y de Oporto eran los objetivos prioritarios, seguidos de los medios de comunicación, el aeropuerto y el cierre de las fronteras, para evitar cualquier posible ayuda de las tropas franquistas y al mismo tiempo la fuga de los leales al régimen autoritario de António de Oliveira Salazar.
24 de abril de 1974. 22.55 horas. “E depois do amor, e depois do nós / O adeus, o ficarmos sós”. La balada Y después del adiós, de moda por aquel entonces, despedía sus últimos acordes en la cadena Emisores Asociados de Lisboa. La ruptura sentimental que dibujó en el aire su letra escondía el primero de los dos mensajes en clave musical que esperaban los militares involucrados, unos 5.000 efectivos, entre ellos 250 del núcleo duro: todos a sus puestos. El golpe estaba en marcha. El arranque de las tropas estaba marcado para las 3 de la madrugada. La oscuridad de la noche era el mejor abrigo para los rebeldes, pues les garantizaba que la Fuerza Aérea no intervendría y que las carreteras apenas presentarían tránsito.
¿Y después qué? La respuesta estaba en el programa del MFA, que tras la “destitución inmediata del presidente y del Gobierno, la disolución de la Asamblea Nacional y del Consejo de Estado”, prometía que “en el corto plazo” los militares dejarían paso a un “Gobierno civil provisional”.
“Era un movimiento militar pero con todo un programa político detrás”, confirma el investigador Aniceto Afonso, del Instituto de Historia Contemporánea de la Universidad Nova de Lisboa y por aquel entonces miembro de la Comisión Coordinadora del MFA en Mozambique. Los militares del MFA coincidían en su ideología democrática y en su hartazgo con las guerras coloniales, que desangraban el país desde hacía más de una década. Promovían la retirada de África, elecciones libres y la supresión de la policía política portuguesa.
Grândola, vila morena.
25 de abril de 1974. 00.20 horas. “Dentro de ti, ó cidade / O povo é quem mais ordena / Terra de fraternidade / Grândola, vila morena”. Radio Renacimiento esparció en las ondas la composición de José, Zeca, Afonso, prohibida por el régimen salazarista. La elección había corrido a cargo de Otelo Saraiva, enamorado de esa estrofa que asegura que “el pueblo es quien más ordena”. Era la segunda y última señal que esperaban los golpistas. Esta vez sí hubo quórum, pues a última hora solo reculó la unidad de Castelo Branco.
25 de abril de 1974. Con las primeras luces del día, las piezas del puzle ideado por Carvalho iban encajando. Pasadas las 16.30 horas, Tigre recibe un comunicado del primer ministro, Marcelo Caetano, cediéndole el poder. La respuesta fue clara: “Mi general, considérese al servicio del Movimiento”. “Fue el día más feliz de mi vida, como lo fue para mucha gente de mi generación”, subraya la historiadora Irene Pimentel. Carvalho, ahora un jubilado portugués que defiende a ultranza la democracia directa, no lo olvida: “Todo aconteció según lo planeado. Fue un sentimiento de bienestar, de misión cumplida con éxito. Respiré de alivio”. Había caído una de las dictaduras más duraderas, 48 años, del continente.



