Un gran paso para solucionar el problema de Irán
El acuerdo firmado en Ginebra supone una gradual vuelta de Irán a la normalización de sus relaciones con Estados Unidos y con el mundo occidental, aunque aún queda para llegar a la meta definitiva.
Los más entusiastas han calificado de revolución el cambio que supone que Irán haya renunciado, de momento por seis meses, a sus programas de enriquecer uranio después de las minuciosas y complejas negociaciones que se llevaron a cabo en Ginebra. Creo que es la primera buena noticia que en los últimos años nos llega desde Oriente Próximo, donde las tragedias son el pan nuestro de cada día. En los últimos doce años, principalmente en los del mandato del tenebroso Ahmadinejad estuvimos al borde de catástrofes que, de llevarse a cabo, se habrían convertido en tragedias irreversibles, cuando el líder iraní afirmaba que borraría a Israel del mapa, y en Jerusalén, apoyados por el Pentágono, ensayaban la hipótesis de un ataque relámpago contra las instalaciones de enriquecimiento de uranio con vistas a lograr bombas nucleares.
Por eso es importante, muy importante, el acuerdo al que han llegado en Ginebra las seis grandes potencias con Irán. Las negociaciones estuvieron coordinadas por la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Catherine Ashton. Ashton, permanentemente desaparecida de los grandes asuntos mundiales, en esta ocasión apareció para salir en la foto y para desplegar la necesaria habilidad que conduciría al acuerdo. Durante cuatro días seguidos se sentaron a la mesa los representantes de Estados Unidos, China, Rusia, Inglaterra, Francia, Alemania y, por supuesto, Irán.
El contenido esencial del acuerdo consiste en que durante los próximos seis meses Irán suspende el proceso de purificar el uranio enriquecido por encima del 5% y neutralizar el que tienen enriquecido al 20%. Para comprobar que se cumplen los acuerdos, las autoridades iraníes permitirán todas las inspecciones exhaustivas exigidas por parte del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA). Los próximos seis meses servirán para ir generando confianza entre las dos partes y cerrar un acuerdo definitivo. Este primer paso supondrá una gradual vuelta de Irán a la normalización de sus relaciones con Estados Unidos y con el mundo occidental en general.
Apertura de mercados.
No será de la noche a la mañana, sino paso a paso, hasta que, con el acuerdo definitivo, Irán pueda ser tratado en todos los aspectos como un país más. Como un país normal en eso que llamamos concierto de las naciones. Podrá vender el crudo de petróleo y adquirir refinados dónde y a quién quiera, asegurar sus transportes de mercancías, volver a los mercados del oro y de los metales preciosos y se levantarán todas las sanciones sobre los productos petroquímicos a las que se ve sometido. En los próximos días se desbloquearán alrededor de 7.000 millones de dólares (5.000 millones de euros), que Teherán tiene en bancos extranjeros, para que pueda comprar material humanitario. También se le abrirán los mercados del automóvil y los repuestos de aviación.
Todos los implicados han recalcado que es un gran primer paso hacia delante, pero todavía quedan muchos para llegar a la meta definitiva. Para Barack Obama ha significado, y significará, un gran triunfo en política internacional, tanto que podrá convertirse en un hito clave, el más importante en política exterior de su presidencia. Desde la Casa Blanca lo ha anunciado con estas palabras: “Hoy, Estados Unidos y sus aliados han dado un paso importante hacia la completa solución que resuelva nuestras preocupaciones sobre el programa nuclear iraní”. La verdad es que desde el pasado mes de junio, cuando llegó a la presidencia Hasan Rohani, se contemplaba la posibilidad de una apertura en el régimen de Teherán y el inicio de un diálogo con EEUU pasaba por la renuncia a la posibilidad del armamento nuclear.
Con su predecesor, el fundamentalista Ahmadinejad, el entendimiento era absolutamente imposible. Hasan Rohani se presentó desde el primer momento como un hombre moderado y realista que veía cómo su país, aislado del exterior, se desmoronaba social y económicamente. La sociedad, a pesar del adoctrinamiento, reclamaba un cambio, que había votado en las urnas pero que Ahmadinejad secuestró con un clamoroso fraude y reprimiendo con extremada dureza la llamada marea verde.
En Irán también han celebrado este primer paso con moderación, sin gritarlo desde los minaretes de las mezquitas. La gran señal para comenzar las conversaciones indicando que muchas cosas habían cambiado llegó el pasado mes de septiembre, cuando Rohani acudió a Nueva York para hablar ante la Asamblea General de la ONU con un discurso carente de amenazas a Israel, como era costumbre en el régimen de Teherán.
Aprovechó la estancia en la ciudad estadounidense para mantener una conversación telefónica con el presidente Obama. Fue una conversación genérica, de buena voluntad y buenas intenciones, pero era la primera conversación que un inquilino de la Casa Blanca mantenía con un presidente iraní desde hacía cuatro décadas. Por eso se calificó de histórica. El Guía de la Revolución, Ali Jamenei, que se había mantenido en una calculada distancia crítica, ha escrito al presidente Rohani que esto puede ser el principio para otros pasos inteligentes.
Unos y otros están de acuerdo en que se trata del principio del proceso, no del final. Cambiar de discurso de una manera tan repentina en Teherán no está siendo cosa fácil, por eso insisten en que lo firmado permite a Irán disfrutar del derecho a la energía nuclear con fines pacíficos que, según dicen ahora, es lo único que siempre habían querido de una forma irrenunciable. En ambos lados saben que todavía quedan muchos obstáculos y potenciales saboteadores. Estos, de distintos colores, van a trabajar con más fuerza que nunca para frustrar el avance por la vía diplomática.
Los perjudicados.
Los dos países que se sienten claramente perjudicados por el acuerdo son Israel y Arabia Saudí. Especialmente Israel, donde el primer ministro Benjamin Netanyahu ha calificado de traición el acuerdo. Netanyahu y los halcones de Israel afirman que los iraníes siguen siendo los mismos lobos, aunque se vistan con piel de cordero. Los más críticos sostienen que lo que los científicos iraníes han logrado en estos años de pruebas e investigaciones les permitirá conseguir armas atómicas cuando lo decida Ali Jamenei, afirmación que desmienten los inspectores y expertos del Organismo Internacional de la Energía Atómica.
Las relaciones de Netanyahu con Obama siempre han sido malas, pero ahora son peores. El pasado julio Netanyahu hizo un movimiento claro en contra del presidente de EEUU al nombrar embajador de Israel en Washington a Ron Dermer, un judío estadounidense nacionalizado israelí, beligerante insomne contra las políticas de Obama y amigo de los republicanos más activos contra el presidente. La pregunta es: ¿se atreverá Netanyahu a hacer un movimiento de fuerza contra Irán? La respuesta es no. No porque no lo desee, sino porque la opinión pública mundial se pondría en contra y sería demasiado arriesgado hacerlo sin la cobertura del Pentágono. Esta hipótesis se descarta por sí misma.
Arabia Saudí es el otro país que se considera directamente perjudicado por el acuerdo. Los príncipes saudíes nunca ocultaron el deseo de que Estados Unidos o Israel frenaran a Irán por la fuerza. Arabia Saudí, con tres veces menos habitantes, le disputaba la hegemonía en la zona a un Irán maniatado por las sanciones internacionales. Si con los acuerdos se libera de las ataduras, su crecimiento económico se disparará y neutralizará el mandarinato petrolífero de los saudíes. También hay que tener en cuenta que en la guerra abierta que mantienen chiíes contra suníes en todo el mundo, la referencia de los primeros está en Teherán y la de los segundos en La Meca, la capital sagrada.
Otra pregunta es: ¿cuándo establecerán relaciones diplomáticas normales Estados Unidos e Irán? La respuesta la ha dado el secretario de Estado de EEUU, John Kerry: llegará cuando se resuelva totalmente el contencioso nuclear. Todavía queda un trecho.



