Un califato tenebroso

16 / 07 / 2014 Alfonso S. Palomares
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Los yihadistas del Estado Islámico de Irak y el Levante controlan ya un territorio del tamaño de Jordania, lo que podría posibilitar un entendimiento entre EEUU e Irán para hacerles frente.

La herencia de la aventura de George Bush interviniendo en Irak, con el teatral acompañamiento de Tony Blair y José María Aznar, se ha convertido en un manantial de sangre alimentada por los fanatismos religiosos y las revanchas políticas. Los efectos perversos de la invasión llevada a cabo el 20 de marzo de 2003 en base a la mentira de que el régimen de Sadam Hussein poseía armas químicas de destrucción masiva sigue multiplicando la tragedia donde los cadáveres fueron saliendo de los cadáveres. Los yihadistas del Estado Islámico de Irak y Levante (EIIL), liderados por Abu Bakr al-Baghdadi, han conquistado Mosul, la segunda ciudad más importante del país, adueñándose de los 430 millones de dólares (316 millones de euros) que guardaban los bancos y de un arsenal de armas que incluía 4.000 ametralladoras pesadas y 6 helicópteros de combate Black Hawk, aparte de hacerse con el control de los pozos de petróleo de la zona. También dominan las ciudades clave de Tikrit, donde nació Hussein, Samarra, Faluya y las tierras que limitan con Siria, cuyas fronteras no reconocen, y extienden su presencia hasta Alepo mientras que algunas de sus unidades combaten en las afueras de Damasco. Se calcula que dominan un territorio de las dimensiones de Jordania, con unos seis millones de habitantes.

Entre tinieblas.

Pero, ¿quién es Abu Bakr al-Baghdadi, que ha dado un salto cualitativo formulando una nueva yihad y proclamándose “califa de los creyentes”? En su imagen hay mucho de leyenda, ya que hasta ahora se ha movido en las tinieblas del misterio, y por eso es difícil separar lo mítico de lo cierto. Lo cierto es que proclama que la violencia de la yihad no debe tener límites y él no se los ha puesto a sus masacres de chiíes, cristianos y de todos aquellos que no sigan sus mandatos.

En Mosul, la hermosa villa de las dos primaveras, los chiíes que sobreviven se ocultan y los cristianos que no han sido asesinados han huido, aunque es cierto que quedaban ya pocos cristianos de los 35.000 que vivían allí en los tiempos de Hussein. Los cristianos asirio-caldeos ya no volverán a celebrar la Pascua con los bellísimos ritos barrocos donde se quemaban las más variadas clases de inciensos en pebeteros de oro. Ahora, Baghdadi ha impuesto una vida rigurosa que imite la que llevaban quienes vivieron en los tiempos del Profeta. Para Baghdadi lo importante es que las gentes recen y sean piadosas, en su fanático ideario la fe es más importante que todas las riquezas, ya que la fe es el verdadero bienestar. Su objetivo inmediato es la conquista de Bagdad y establecer allí su Califato para extenderlo al mundo, poniendo en marcha la yihad más grande hasta ahora conocida, una yihad sin fronteras. Los imanes que predican la oración en las mezquitas de los territorios que dominan hablan de que el poder de Alá precede a sus combatientes y por eso los ejércitos enemigos se rinden ante él.

Baghdadi nació en un pueblo de la provincia de Dyala hace 42 años y estudió en la Universidad islámica de Bagdad. Construyó sus orígenes con una tesis en la cual se proclamaba descendiente directo de Mahoma. Después de la invasión aparece como combatiente contra unidades militares de Estados Unidos formando parte de grupúsculos guerrilleros integrados en su mayor parte por antiguos militares del ejército de Sadam. Hasta que hace poco más de una semana apareció proclamándose califa del Estado Islámico en la Gran Mezquita de Mosul, no había aparecido en público. Le llamaban, Al Shabah, “el Fantasma”, el califa invisible. Se decía que incluso sus lugartenientes le veían poco y siempre cubierto por un turbante que le cubría la mitad de la cara. Siguiendo el análisis de su maestro Abu al-Souri, condenó la estrategia de Bin Laden basada en el gusto por la publicidad y su ansia por las fotografías, los fans y los aplausos. Hasta ahora, Baghdadi no toleraba que hablaran de él, veremos qué planteamientos se hace hacia el futuro.

Su rigorismo llega a prohibir que en las tierras de su sultanato se vean los partidos de la copa del mundo de fútbol que se juega en Brasil. En su discurso de la Gran Mezquita de Mosul propone la yihad permanente como modo de vivir la fe, ya que la yihad tiene sus recompensas en este mundo y el paraíso después de la muerte. Si los musulmanes combaten por su fe, ha dicho, lograrán dominar la tierra como Alá prometió a los creyentes. Proclamó que como califa todos los musulmanes le debían obediencia y por supuesto declara también la guerra a los chiíes.

Chiíes contra suníes.

Fue en Irak donde comenzó el sangriento conflicto entre chiíes y suníes. Sucedió en octubre del año 680 en las áridas llanuras de Kerbala, a 100 kilómetros al sur de Bagdad. Allí tuvo lugar la sangrienta batalla en la que murió Hussein, hijo de Alí y nieto del Profeta, único sucesor reconocido por los chiíes para guiar a los musulmanes. El califa omeya, suní, Yazid, condujo a su ejército desde Damasco hasta la explanada de Kerbala, donde dio muerte a Hussein y a toda su familia. Todos los años, los chiíes celebran en Kerbala el recuerdo del martirio de Hussein entre llantos y golpes de látigos. Es su particular Viernes Santo. Desde entonces, los musulmanes se dividieron en esas dos grandes corrientes, que mantuvieron una permanente, y con frecuencia, violenta, rivalidad que ahora parece recrudecerse. Estos días, en la provincia de Nínive, los seguidores de una y otra corriente se han dedicado con furioso fervor a destruir las mezquitas rivales.

La situación ha provocado pánico en Bagdad, casi sitiada, inquietud en Teherán, preocupación y desconcierto en Washington y en las cancillerías europeas, alerta en Jerusalén, y alarma en casi todos los países de Oriente Medio. En Siria circulan sentimientos contradictorios. El Estado Islámico de Baghdadi tiene como primer objetivo establecerse en Irak y Siria, ya que es en esos dos países donde por ahora tiene territorio. Bachar al Assad, el presidente sirio, cree que la situación le favorece, ya que el recién bautizado como Estado Islámico mueve entre los rebeldes de 8.000 a 10.000 combatientes bien armados, lo que siembra la duda entre quienes apoyan la lucha contra el verdugo Al Assad en Occidente, que temen que si cae pueda sustituirle el nuevo califato. La prioridad del autoproclamado califa no es derribar a Al Assad, su objetivo es luchar por la instalación del Estado Islámico en Irak y Siria, de ahí que su guerra sea básicamente confesional.

Todo esto es fruto de la política que llevó a cabo Bush después de la invasión, destruyendo todas las instituciones iraquíes y facilitando el poder a los chiíes, que auparon al poder al más sectario de todos ellos, Nuri al-Maliki, primer ministro desde 2006, que estimuló el odio contra los suníes y con ello abortó la posibilidad de entendimiento y colaboración entre ambas comunidades. En esta placenta se alimentaron Baghdadi y su califato. En esta coyuntura no se descarta un entendimiento entre Estados Unidos e Irán para asfixiar el califato antes de que extienda su terrorismo por el mundo. El combate no va a ser fácil, ya que el extremado fanatismo religioso tiene una enorme capacidad de supervivencia. La promesa del paraíso invita a entregar la vida en esa lucha.

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