Turkmenistán, la otra Corea del Norte

27 / 08 / 2010 0:00 HERIBERTO ARAÚJO Y JUAN PABLO CARDENAL
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Posee 700 millones de toneladas de petróleo, pero el 60% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. Tiempo ha conseguido entrar en uno de los países más cerrados del mundo.

30/07/10

Ashgabat, capital de Turkmenistán, es una de las grandes mentiras de nuestro tiempo para el viajero ignorante. El corazón de la ciudad, atravesada por la recurrente avenida de la Paz que tan habitual es en los lugares que optaron por renegar de su pasado soviético, es un canto al lujo: una colección de nuevos ministerios, universidades, palacios, teatros, institutos y otros edificios oficiales muestran un esplendor muy próximo a la esquizofrenia, después de haber sido diseñados como auténticos monumentos faraónicos recubiertos o levantados con un impecable mármol blanco. Estatuas doradas o en oro de Saparmurat Niyazov, el ya fallecido presidente que se autodeclaró Turkmenbashi, “padre de todos los turkmenos”, flanquean muchos de ellos.

El lavado de cara comenzó en octubre de 1991, cuando el país centroasiático se independizó de la Unión Soviética pese a que, sólo meses antes, en un referéndum, había optado abrumadoramente por preservar el antiguo bloque comunista. El culto a la personalidad del nuevo líder, quien pasó en pocos años de ser el secretario general del Partido Comunista de Turkmenistán bajo la órbita de Moscú a declararse presidente vitalicio del nuevo régimen, sustituyó de forma inapelable y con la fe del converso casi 70 años de herencia soviética. Un culto a la personalidad sólo comparable hoy al que profesa el régimen norcoreano por Kim Jong-Il.

El desmantelamiento incluyó además alumbrar una Nueva era dorada, eslogan oficial al uso de plena vigencia en la actualidad. Sin embargo, detrás de la puesta en escena de la perfección, una realidad mucho menos idílica muestra la verdadera cara del país centroasiático: un país pobre, corrupto hasta la médula y gobernado de forma patriarcal por un sátrapa que gobierna a su antojo un feudo que ocupa una superficie muy similar a la de España. La sed de poder del jefe del Estado, Berdimujamedov, que primero fue dentista y luego ministro de Sanidad bajo el régimen de Niyazov y que desde su muerte en 2006 preside con mano de hierro el país es tal que toda la administración se mueve a su ritmo, ya que hasta la menor decisión requiere su consentimiento. “El presidente decide personalmente incluso la concesión de la nacionalidad”, explica una fuente residente en el país desde hace tres años y que rechaza ser identificada.

Ciudades fantasma.

Las experiencias de los pocos extranjeros que tienen acceso al régimen dan ejemplo de la sinrazón que domina la agenda pública. Una fuente occidental con vínculos directos con el Gobierno explica que hace unos meses Berdimujamedov se desplazó al este del país para inaugurar una ciudad modelo donde se erigían un flamante hospital de mármol y dotado de la última tecnología, así como una escuela “donde no había pizarras, todo eran enormes televisiones de plasma táctiles”. “El hospital tenía todos los equipos y era totalmente moderno. Todos los médicos, perfectamente uniformados, salieron a recibir al presidente. En el patio de un colegio hasta había niños que hablaban inglés”, según esta fuente, que acudió al día siguiente a la ciudad para inspeccionarla tras la visita del presidente y comprobó, sin embargo, que todo era una puesta en escena inaudita para satisfacer al presidente y de paso inyectar una buena de dosis de propaganda entre las paupérrimas comunidades agrícolas: “Volví al día siguiente y el hospital, el colegio y las residencias que el día anterior estaban repletos estaban cerrados. Todo había sido una gran mentira, los niños y médicos habían venido de Ashgabat, así como el equipamiento médico y las televisiones táctiles”, asegura.

Más información en la revista Tiempo

Un contrato con el pueblo.

¿Cómo es posible que existan, en plena era de la globalización, regímenes capaces de mantener ante su pueblo mentiras de este calibre? “Existe un contrato social entre el poder y la población”, explica un diplomático occidental en Ashgabat que accedió a hablar con este semanario a condición de mantener el anonimato. Se refiere a que muchas de las necesidades básicas son gratuitas o están fuertemente subvencionadas. “La vivienda y la sanidad, aunque básicas, están prácticamente cubiertas por el Estado”, continúa.

No es la única aportación estatal a sus cinco millones de habitantes. Cada turkmeno recibe también gratuitamente gas, agua, electricidad y 120 litros de gasolina al mes, gracias a la inacabable riqueza que atesora bajo el desierto del Kara Kum, que cubre gran parte de la superficie del país: la cuarta reserva de gas natural del mundo después de Rusia, Irán y Estados Unidos. A ello hay que sumar, por supuesto, los 700 millones de toneladas de reserva de crudo que Turkmenistán posee en el mar Caspio, aunque las disputas territoriales entre los cinco países fronterizos impiden la inversión foránea a gran escala.

En cualquier caso, se estima que Turk-menistán exportaba 70.000 metros cúbicos de gas natural al año antes de la crisis; lo que, incluso con la menor producción actual, aporta un oxígeno vital a su necesitada economía, en torno al 80% del PIB, según varias fuentes consultadas por Tiempo. Ello permite subvencionar las necesidades básicas en una suerte de nuevo comunismo, o convertir la capital en un museo de mármol blanco importado de Florencia y Grecia, pero no puede esconder los déficits del régimen.

Que Turkmenistán sea un país clave en la llamada “gran partida geopolítica” que se juega por la energía en Asia Central no implica que sea, además, gracias sobre todo a la mezcla de miedo y xenofobia hacia los extranjeros, uno de los más aislados del mundo. “El 85% de la economía está en manos del Estado. Y aunque no hay estadísticas de ningún tipo se estima que el paro puede rondar el 60%”, explica otra voz autorizada de una comunidad extranjera que en Ashgabat apenas supera el centenar de personas. A principios de la década actual se calculó que al menos un 58% de los turkmenos vive por debajo del umbral de la pobreza.

Aunque Turkmenistán llegó a ser el décimo productor de algodón del mundo gracias a que este cultivo supone el 50% de la superficie irrigada del país, las malas cosechas y la destrucción del mar Aral han hundido la producción a la mitad. Del mismo modo, hasta el año pasado la única ruta de exportación posible para el gas turkmeno implicaba pasar por Rusia; así que, con las abusivas condiciones rusas y la caída de la demanda en Europa, Ashgabat vio reducida drásticamente su principal fuente de ingresos. Hasta que, como no podía ser de otro modo, China salió al rescate con su sed de energía y la construcción de un gasoducto de 7.000 kilómetros que lleva el gas turkmeno a las cocinas de Shanghai o las fábricas de Cantón.

“Este gasoducto es clave para el gas turkmeno ahora que Rusia compra una cuarta parte de lo que solía”, apunta el anteriormente citado diplomático. Además de financiar la infraestructura, Pekín concedió también el pasado año un jugoso préstamo que oficialmente asciende a 4.000 millones de dólares (más de 3.000 millones de euros), aunque otras fuentes lo elevan a 9.000 (unos 7.000 millones de euros), y que ha evitado que la economía del país centroasiático terminara por colapsar, con el consecuente riesgo de derrumbamiento del Estado. Pese a los delirios de grandeza del régimen, la vida para la gente corriente es casi una odisea diaria. “Todo aquí funciona a través de la corrupción. Un puesto en la universidad cuesta entre 20.000 y 80.000 dólares (entre 15.000 y 62.000 euros) y, por si fuera poco, los profesores son muy malos. Para cualquier trabajo hay que pagar. Todo está podrido”, apunta A., un comerciante residente en uno de los barrios populares de la capital, donde el mármol blanco brilla por su ausencia.

La organización Transparencia Internacional situó en 2009 a Turkmenistán en el puesto 168 en una tabla de los 180 regímenes más corruptos del mundo. “Lo peor –asegura A.- es que no hay trabajo”. Y cuando se encuentra, está mal pagado: “Unos 200 o 300 dólares (150 o 250 euros) al mes, pero, ¿cómo voy a enviar a mi hijo a la universidad si me cuesta 30.000 dólares (23.000 euros) y yo gano 300 al mes?”, pregunta con desesperación mientras su mujer le insta a rodillazos por debajo de la mesa a que evite los temas sensibles con el periodista.

Sensación de clandestinidad.

Por supuesto, en este nuevo Turkmenistán erigido al calor de los hidrocarburos y la corrupción, no hay espacio para la discrepancia. No hay pluralidad política, el Parlamento se limita a refrendar su voluntad y los medios de comunicación están bajo control de Berdimujamedov. Represión que, para el extranjero, es especialmente visible al recorrer la avenida de la Paz y calles adyacentes, donde militares y policías escoltan los edificios oficiales. No es extraña, por tanto, la sensación de clandestinidad cuando el periodista decide sacar una cámara de fotos por las calles desiertas del centro de Ashgabat para inmortalizar edificios, estatuas y otros monumentos. En el recorrido a bordo de un vehículo, uno de los guías que mostraban al extranjero la ciudad resumía así el estado de cosas: “No podemos pararnos aquí, ni tampoco hacer fotos. ¡Esto es Turkmenistán!”.

La vieja mentalidad soviética, la desconfianza hacia todo lo extranjero, la monopolización estatal de la información y la obsesión por la seguridad explican el exhaustivo control que ejerce el régimen de Berdimujamedov. “Cuando el presidente se traslada desde el palacio de Gobierno a su residencia, la policía cierra distintas avenidas para que no se sepa qué trayecto realizará. Y cuando va al aeropuerto, cancelan los vuelos y obligan a los residentes de las casas que hay en el camino a ir a la parte trasera de los inmuebles hasta que haya pasado el vehículo”, explica una fuente de la organización Transparencia Internacional.

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