Salman, el nuevo rey de la monarquía saudí

12 / 02 / 2015 Alfonso S. Palomares
  • Valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 0 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

La sucesión del rey Abdalá ha funcionado según lo previsto. Sin embargo, la pregunta es si el nuevo monarca podrá mantener el arcaico régimen saudí.

No es fácil moverse por la tupida enredadera de los príncipes de la Casa Real saudí. Son centenares y de sangres muy cruzadas. Las princesas, en general, cuentan poco y algunas viven como prisioneras en suntuosos palacios. Esto da idea del oscuro y marginal papel reservado a la mujer en un reino sustantivamente misógino. En esa fronda de príncipes hay bandos y luchas intestinas, pero también hay que decir que a la muerte del rey Abdalá los mecanismos de sucesión funcionaron con una rapidez admirable y según las coordenadas previstas. El poderoso príncipe heredero Salman Bin Abdulaziz de 79 años, medio hermano del fallecido, asumió la Corona y para asegurar la estabilidad nombró inmediatamente como sucesor a su medio hermano Muqrin y, lo que es más sorprendente, designó también a su sobrino Mohamed Ben Nayed heredero del heredero, manteniéndolo al frente del Ministerio del Interior y de varias instituciones de la seguridad del Estado. Podemos decir que Nayed es el hombre fuerte del reino. Esta medida quiebra en cierta manera la tradición, porque condiciona al sucesor y no sabemos si la respetará cuando le llegue la hora de reinar.

El rey Salman es un habitual de Marbella, en donde tiene un impresionante palacio cerca de la mezquita, pero también tiene otro en Tánger y en los últimos tiempos parece que ha viajado más a Tánger que a Marbella. Está acostumbrado a ejercer el poder, lo ha sido casi todo desde que, muy joven, se convirtió en el alcalde de Riad, últimamente era vice primer ministro y ministro de Defensa, uno de los cargos más poderosos porque controla cuantiosas inversiones en armamento. Para sucederle en Defensa ha nombrado a su hijo Mohamed. Llega viejo a la Corona, la gerontocracia es una marca de la casa, pero lo malo es que llega con la salud muy devastada por diversos achaques, incluso se rumorea que tiene principios de alzheimer.

Unas condolencias llamativas.

Para presentar las condolencias por la muerte del rey Abdalá viajaron a Riad los más poderosos gobernantes del planeta, empezando por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su mujer, Michelle. Por cierto, esta última escandalizó al personal por llevar la cabellera al aire, algo que al parecer agita desordenadamente el sexo de los saudíes. También acudieron David Cameron, François Hollande y nuestro rey Felipe VI, entre otros muchos. La presencia más llamativa, casi estridente, fue la del ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Mohamed Javav Zarif. Irán es el enemigo por excelencia de Arabia Saudí, pero allí estaba. Fueron a condolerse, pero nadie estaba apenado, la muerte de Abdalá era esperada y deseada, tenía 90 años poblados de enfermedades, pero resistía y trataba de ejercer el poder. En realidad no fueron a llorar a Abdalá, fueron a adular a Salman. A pesar de ser una monarquía teocrática y arcaica, donde las mujeres viven marginadas y humilladas y los derechos humanos se quebrantan con castigos medievales, allí acudieron todos.

Arabia Saudí es un país estratégico en el enloquecido avispero de Oriente Medio, además de ser rico, riquísimo. El mayor productor de petróleo del mundo, aunque ahora le vaya a adelantar EEUU. La riqueza fue fruto de un milagro, un milagro de la generosidad de Alá con el pueblo en donde se reveló el profeta Mohamed. Durante siglos, por los arenales de Arabia Saudí vagaron caravanas tristes acostumbradas a los rigores de la pobreza. No era generosa allí la tierra en animales comestibles, ni el mar en peces, y los saudíes se alimentaban mayormente de dátiles y cereales. En auxilio de la dinastía Saud llegó el petróleo, manantiales de oro negro, como se decía entonces, brotaron en los desiertos y de un país de desharrapados pasaron a las túnicas bordadas de oro.

Un encaje perfecto.

El reino no tiene ideología política, el islam lo condiciona todo, es el dogma absoluto, la sharia y los hadices inspiran sus leyes. Se trata de un islam fundamentalista, el wahabismo formulado en el siglo XVIII por el teólogo Wahab Kirziz. Los Saud lo adoptaron y los clérigos integristas predicaron el sometimiento a la dinastía. Un encaje perfecto. La tierra de Arabia es su Tierra Santa y por eso sobre ella no se toleran cultos diferentes al del islam, no se pueden abrir iglesias y mucho menos sinagogas, tampoco pagodas o cualquier otro templo de las variadas religiones que se profesan en el mundo. Su religión es la verdadera y la verdad no es compatible con el error y la mentira. Una dialéctica delirante, pero se la toleran.

En cambio, la monarquía saudí impulsa la creación de centros coránicos en muchas partes del mundo y levanta vistosas mezquitas en donde se enseña un fundamentalismo tóxico. Los extremismos yihadistas como los de Al Qaeda o el Estado Islámico que ahora combaten fueron impulsados por ellos y sembrados por muchos de sus clérigos. Su absolutismo islámico alimenta muchas tensiones con otros países musulmanes y condiciona su política exterior. Para detener el contagio de las primaveras árabes usaron sin miramientos la represión contra la marea levantisca. Hace un año, la prensa saudí publicaba un decreto real donde se condenaba con penas de prisión de 3 a 20 años a quienes pertenecieran a corrientes religiosas o intelectuales, a grupos o a formaciones definidos como terroristas a nivel nacional, regional o internacional. En ese decreto se decía que todo apoyo a su ideología o la sola expresión de simpatía es delito. En el concepto de terrorismo incluyen al ateísmo y todo planteamiento contrario a los principios fundamentales de la religión musulmana. Los Hermanos Musulmanes pasaron a ser el blanco de sus ataques y apoyaron inmediatamente el golpe del general Al Sisi contra el presidente Morsi en Egipto.

Pero el gran enemigo de Arabia Saudí es Irán, al que disputa la hegemonía de la zona. Aparte de otros muchos intereses, la religión condiciona también este enfrentamiento: Irán es el eje central del chiismo, mientras Arabia es el del sunismo de Wahab Kirziz. La dinastía saudí y el Gobierno de Riad asisten con preocupación a las negociaciones entre Washington y Teherán, temen un acuerdo que ponga fin a la carrera iraní para dotarse de armamento nuclear. Es una paradoja, pero es así. Que el presidente iraní, Hassan Rohani, fume la pipa de la paz con Estados Unidos abriría al régimen de los ayatolás las puertas al mundo y permitiría su incorporación al paisaje internacional, lo que desde Riad se considera una pérdida de protagonismo. Prefieren un Teherán aislado del mundo.

Por las revelaciones de Wikileaks sabemos que desde la corte de Riad eran partidarios de que Israel bombardeara los centros de investigación nuclear de Irán. En ese caso tenían una convergencia objetiva con Israel, pero nunca podrán tener una cooperación política con el Gobierno de Jerusalén. Para Estados Unidos es un interesante socio estratégico, un matrimonio de intereses no exento de sobresaltos. Le apoya en la lucha contra el Estado Islámico y a favor del poder militar en El Cairo pero mantienen diferencias en el conflicto sirio: Riad querría que Washington se implicara más en la lucha contra Bachar al Assad y le derribara. El juego de ajedrez en Oriente Medio es muy complicado. A Estados Unidos le interesan las buenas relaciones con los saudíes porque sostienen buena parte de su industria armamentista. Lo compran todo. Además mantienen la estabilidad conforme a los intereses de Washington del mercado del petróleo.

A la semana de subir al trono, el rey Salman hizo cambios importantes en los sectores clave del poder, rodeándose de gentes de su absoluta confianza, pero eso no quiere decir que vaya a cambiar de política, aunque nunca se sabe lo que sucede en un régimen feudal tan hermético. La pregunta es si podrán mantener una monarquía tan arcaica en una sociedad que empieza a moverse. Las mujeres se rebelan, los jóvenes empiezan a crear una conciencia crítica a través de Internet. Es una incógnita, pero no puede eternizarse la represión sobre una sociedad que se mueve.

Grupo Zeta Nexica