Los engranajes del mal

23 / 07 / 2014 Alfonso S. Palomares
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La situación en la franja de Gaza se deteriora día a día en una espiral de represalias. La paz en la zona desaparece una vez más del horizonte.

Si hubiera un ranking de los lugares más desventurados de la Tierra, donde las personas viven asfixiadas por el temor sin esperanza, atenazadas por la miseria extrema, en los primeros lugares estaría Gaza, que ha sido y sigue siendo el escenario sangriento de las más diferentes tragedias. Hace siete años, los islamistas de Hamás decidieron hacerse con el poder y eliminaron a los seguidores de Al Fatah en una lucha cruel y despiadada. El Gobierno en los territorios de la Autoridad Palestina se partió en dos. En Cisjordania gobernaba el Al Fatah de Mahmoud Abbas, y en Gaza, el Hamás de Ismail Hanya. Considerando que se había hecho con el poder un grupo terrorista, Israel estrechó el cerco sobre la franja de Gaza, donde la vida cotidiana se fue haciendo cada vez más dura y no es exagerado decir que este territorio se convirtió en la mayor prisión del mundo al aire libre.

De Norte a Sur, la franja suma 42 kilómetros de largo con una anchura media de entre 13 y 15 kilómetros, tiene 52 de frontera con Israel y 10 con Egipto, el resto con el mar, pero se trata de un mar cerrado para ellos. Los israelíes no les dejan salir más de seis millas, lo que aumenta la psicosis carcelaria. No pueden salir a pescar fuera de esas aguas y tampoco armar barcos comerciales que surquen el Mediterráneo en dirección a las grandes ciudades ribereñas. En estos últimos siete años, antes de los episodios bélicos que estamos viviendo hubo dos confrontaciones militares de gran envergadura. La palabra confrontación no es exacta, ni siquiera mínimamente descriptiva, ya que el Ejército de Israel es infinitamente superior a las milicias de Hamás. Sin embargo a estas les gusta la provocación: se proclaman dispuestas a dar en la lucha hasta la última gota de sangre y responden con cohetes y cuchillos a los devastadores golpes del Ejército hebreo. Tienen un fuerte anclaje religioso, Alá es el más grande y siempre les bendice con la victoria final al recompensar su lucha con el paraíso.

En la operación Plomo fundido, que se desarrolló durante 22 días entre 2008 y 2009, murieron 1.116 palestinos frente a 13 israelíes, víctimas de los cohetes de Hamás. Los israelíes atacaron por tierra, mar y aire. La desproporción es evidente, pero en la desproporción basa Israel su seguridad. Es la filosofía básica de la mayoría de los partidos políticos y de las masas populares judías, con excepción de los pacifistas confesionales. El diseño de la operación Plomo fundido corrió a cargo del general Barak, líder del Partido Laborista, que pertenece a la Internacional Socialista. El pensamiento dominante defiende que no se pueden permitir perder una guerra o dar sensación de debilidad ante el enemigo, porque si lo hacen serán borrados del mapa, como predica Hamás o como gritaba el presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad.

Se dice, y los hechos lo confirman, que cuando se vislumbra en el horizonte la posibilidad de avanzar por los caminos de la paz, salta algún episodio sangriento provocado por fanáticos de uno y otro lado, que frena y mutila el avance. El más llamativo de estos episodios fue el asesinato de Isaac Rabin a manos de un extremista religioso judío cuando un final feliz del proceso de paz parecía estar a la vuelta de la esquina. El asesinato de Rabin pulverizó las esperanzas y renovó los odios. Ahora ha pasado lo mismo, aunque con hechos diferentes.

A comienzos de la pasada primavera los dos grandes partidos palestinos, Al Fatah y Hamás, ponían punto final a los tensos desencuentros que mantenían desde hace siete años y tejieron acuerdos de colaboración que desembocaron en un Gobierno de coalición hace mes y medio. El nuevo Gobierno lo forman tecnócratas e independientes, no hay políticos destacados de ninguno de los dos partidos, será un Gobierno de transición hasta que se celebren elecciones a principios del próximo año. De acuerdo con los resultados en esos comicios se formará un Gobierno legitimado por las urnas que tendrá como objetivo principal e irrenunciable la creación de un Estado palestino independiente con capital en Jerusalén este.

Falsas esperanzas.

La comunidad internacional, empezando por las Naciones Unidas y Washington, vio en los nuevos acuerdos la posibilidad de que Israel y Palestina vuelvan a la mesa de negociaciones. En Jerusalén, Netanyahu puso el grito en el cielo, recordando que Hamás es un grupo terrorista que no reconoce el Estado de Israel, y suspendió las relaciones con el nuevo Gobierno. A pesar de todo, los analistas pensaban que la postura de Netanyahu respondía a las coordenadas convencionales y que si el nuevo Gobierno de Ramala fomentaba un espíritu de negociación terminarían por aceptarlo en Jerusalén. Las ilusiones duraron poco. A los pocos días del nacimiento del nuevo Gobierno de coalición, extremistas palestinos que el Ejecutivo de Netanyahu identificó como militantes de Hamás secuestraron a tres jóvenes judíos en Hebrón y les dieron muerte al cabo de varios días.

La tensión en Israel marcó insaciables temperaturas de venganza, la aviación israelí hizo varias incursiones de castigo tanto en Gaza como en Cisjordania, pero el fuego no había hecho más que empezar cuando echaron más gasolina sobre el incendio: un palestino de 16 años fue secuestrado por jóvenes judíos cuando se dirigía a la mezquita y quemado vivo en un bosque de la ciudad. Odio sobre odio. Un raid israelí provocó la muerte de siete combatientes islamistas y, sin pensar las consecuencias, las brigadas de Ezzedin Al-Qassan, brazo armado de Hamás, respondieron lanzando desde la franja una lluvia de cohetes sobre varias ciudades del sur de Israel, amenazando incluso los alrededores de Tel Aviv. Lo cohetes que no cayeron en el desierto fueron bloqueados por los antimisiles israelíes, pero no puede descartarse que alguno alcance barrios habitados.

El diálogo de la barbarie.

Desde entonces comenzó el diálogo de la barbarie, pero la barbarie israelí es mucho más poderosa que la palestina y sus aviones y cañones se ensañaron con Gaza apilando muertos sobre muertos. Cadáveres de civiles, mujeres y niños. Con 1.800.000 habitantes, Gaza es una de las geografías más pobladas del mundo y es casi imposible bombardear objetivos militares sin destruir viviendas indefensas. Como es Ramadán el factor religioso engrasa las rabias. Al anochecer, poco antes de la ruptura del ayuno, desde los minaretes de las mezquitas los muecines llaman a los habitantes de la franja a la resistencia como obligación ineludible para los seguidores de Alá, que siempre termina dando a los creyentes la corona de la victoria en la eternidad del paraíso.

La opinión pública israelí apoya los bombardeos y los ataques ordenados por el Gobierno de Netanyahu. En las sinagogas los rabinos, parodiando el salmo 18, piden a sus ejércitos que persigan al enemigo hasta alcanzarlo y no paren hasta acabar con él.

A la hora en que se escriben estas líneas no se descarta cualquier escalada, ni la invasión terrestre de Gaza ni una intifada palestina. La operación israelí, que responde al nombre de Margen protector, no tiene límites. Las alas más radicales desbordan a Netanyahu y a Hamás. Los extremistas judíos, encabezados por el ministro de Asuntos Exteriores, Avigdor Lieberman, piden que no se detengan las hostilidades hasta que no quede nadie de los que disparan cohetes. Los yihadistas presionan a Hamás para que no dejen de disparar cohetes y se declaran dispuestos a matar judíos allí donde se encuentren. Es la locura y en la locura todos los crímenes son posibles. La pregunta de cuándo se pondrá fin a esta barbarie, queda siempre en el aire y sin respuesta. La paciencia para el mal es eterna en esas latitudes. Lo dicen sus libros sagrados. Esperemos que las presiones internacionales contribuyan a que detengan los disparos y las muertes.

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