Los efectos colaterales del matadero sirio
Siria es un país estrangulado por los horrores que acumula 100.000 cadáveres desde que comenzó la guerra. La tragedia se desborda, con unos tres millones de desplazados y más de millón y medio de exiliados.
Hace una semana la suerte estaba echada, los portavoces de los más grandes países de Occidente hablaban de un inminente ataque de castigo contra el régimen sirio porque había traspasado la línea roja que le había marcado Obama con la utilización de armas químicas en un poblado de las afueras de Damasco causando 1.300 muertos
No estaba clara la naturaleza de las operaciones de castigo, ya que el presidente no las especificaba, pero podía elegir entre las variadas que habían puesto a su disposición los estados mayores de las Fuerzas Armadas. Mientras el debate sobre la inminente intervención subía de tono, Obama avanzó que se trataba de una operación limitada, absolutamente necesaria para castigar al régimen de Bachar al Assad por utilizar armas químicas, que solo habían sido usadas desde su prohibición por Sadam Husein en la guerra contra Irán y contra el pueblo kurdo.
Tanto en Washington como en París y en Londres decían tener pruebas irrefutables obtenidas por sus servicios secretos de la utilización de gases mortíferos en el barrio de Ghuta. Cuando se hacían estas declaraciones, los inspectores de Naciones Unidas acababan de llegar a Damasco para comprobar los hechos y encontraban serias dificultades para acercarse a la zona de Ghuta. Solo al cabo de cinco días consiguieron que las autoridades de Damasco se lo permitieran.
En Occidente, el ardor guerrero fue disminuyendo ante la presión de la opinión pública y, sobre todo, por la derrota de la propuesta de intervención de Cameron en la Cámara de los Comunes. Una derrota que dejaba fuera de juego al más entusiasta paladín de la intervención. En el apasionado debate de la Cámara fue decisivo el argumento de que esa intervención significaba echar petróleo sobre las llamas de un conflicto para apagarlo. Los votos en contra procedían de la bancada conservadora, de la laborista y la liberal. La rebelión de un importante número de tories contra la tesis de su líder fraguaron la derrota del premier.
Un cambio de discurso.
Es cierto que el presidente Obama podía llevar a cabo esa operación sin la aprobación del Congreso estadounidense y estaba decidido a hacerlo, pero el coro de voces contrarias le obligó a reflexionar antes de lanzarse a una aventura cuyo coste se revelaba cada vez más desmesurado. La aplazó con el pretexto de esperar al regreso de los inspectores y conocer su informe. En este sostenían que después del análisis de los cabellos y la sangre de las víctimas estaba claro que las muertes habían sido causadas por el gas sarín. El sarín es un potente y mortífero gas neurotóxico. Es inodoro e invisible, descubierto por los alemanes en el año 1938. La dosis letal es la de medio miligramo por adulto. Comienza con ardientes dolores de cabeza, como si quemaran el cerebro, los ojos se dilatan como si quisieran salirse de sus orbitas. Después vienen las convulsiones furiosas y las asfixiantes paradas respiratorias, para terminar entrando en coma y morir.
Un relieve dramático del horror en un país estrangulado por los horrores que acumula 100.000 cadáveres desde que comenzó la guerra. Siria es un matadero y los que sobreviven lo hacen en un escenario dramático. A muchos poblados considerados rebeldes el régimen de Al Assad impide que les llegue la ayuda humanitaria. La tragedia se desborda con unos tres millones de desplazados y más de millón y medio de exilados.
Cuando parecía que estaba a punto de ordenar a sus aviones que golpearan los puntos más sensibles del régimen sirio, Obama cambió de discurso y manifestó su voluntad de pedir la aprobación del Congreso, que no se reunirá hasta el 9 de septiembre. Esta decisión fue considerada como un paso atrás del presidente. El resultado de las votaciones es incierto.
El francés Hollande, ardiente intervencionista, se quedó en una posición imposible. Cada vez pierde más apoyos porque está claro que el paso atrás de Obama le deja en una penosa intemperie. La Constitución le permite actuar sin acudir a la Asamblea, pero a la vista del comportamiento del presidente de EEUU, el nuevo escenario le presiona a hacer lo mismo. Además, todo el mundo sabe que para llevar a cabo una eficaz operación de castigo son necesarios los portaviones americanos, los marines, los Seals, los misiles Cruise y los drones del Pentágono.
En Francia, la opinión pública contraria a la intervención también ha ido creciendo, a pesar de que medios tan influyentes como la prestigiosa revista de la izquierda Le Nouvel Observateur se hayan empleado a fondo para defender que una operación de castigo constituye un imperativo ético ineludible. Su director, Laurent Joffrin, ha escrito: “La ausencia de respuesta de Occidente ante la utilización de armas químicas por el régimen de Al Assad concedería a todos los dictadores del mundo un pasaporte para la barbarie. Aparte de Husein, ningún país ha hecho uso de armas químicas desde hace un siglo. Una convención internacional las prohíbe y se ha respetado. ¿Si no se castiga, cómo se puede presionar a Irán para que no desarrolle la energía atómica?”.
El discurso moral está claro en general, pero las dudas surgen sobre los efectos de la intervención, del tipo que sea. No faltan quienes piensan que cualquier ataque es como meter una antorcha en un polvorín.
Los efectos de la intervención.
Donde existe mayor inquietud es en Israel, aunque Benjamín Netanyahu finja serenidad. Los israelíes escuchan alarmados las amenazas de distintos portavoces de Damasco, Teherán o Hezbolá en las que afirman que si se produce un ataque americano, Tel Aviv será borrado de la faz de la tierra bajo una lluvia de misiles. Desde Jerusalén, el primer ministro les responde: “Somos pacíficos y confiamos en nosotros. Nuestros conciudadanos saben que estamos preparados para cualquier escenario. Nuestros enemigos tienen buenas razones para no provocarnos y ellos lo saben”. Las tropas del Tsahal están en máxima alerta, han desplegado antimisiles del sistema Iron Dome para proteger los grandes núcleos de población. En Israel ha decepcionado el nuevo planteamiento de Obama, si bien nunca han confiado demasiado en él.
En otra frontera política, en Turquía, al primer ministro Tayyip Erdogan también le ha decepcionado el paso atrás del presidente de EEUU. Erdogan es partidario de un ataque a fondo que derribe al régimen de Bachar, ya que al ser limítrofe se siente directamente amenazado.
En la reunión de ministros de exteriores de la Liga Árabe celebrada en El Cairo, el jefe de la Coalición Nacional Siria que lucha contra Al Assad, Ahmad al Jarba, les pidió apoyo para derribar al tirano. La respuesta fue un amasijo de vaguedades. La Liga Árabe es actualmente una nebulosa de contradicciones, ya que alberga en su seno a mortales enemigos. Unos como, Arabia Saudí, suspiran por la intervención estadounidense, y, otros, como Egipto, la considerarían una injerencia en los asuntos internos de un país árabe. En su comunicado llaman a la ONU y a la comunidad internacional a asumir sus responsabilidades conforme a la carta de las Naciones Unidas y al Derecho Internacional, a fin de tomar las medidas de disuasión necesarias contra los autores de un crimen tan odioso; y piden que sean llevados ante los tribunales internacionales. Esto, más que la declaración de una institución como la Liga Árabe, es un brindis al absurdo, lo que demuestra que la en otro tiempo influyente Liga se ha convertido en un organismo inoperante e inútil.
Rusia sigue bloqueando cualquier iniciativa de la ONU y se refugia en afirmar que no le convencen las pruebas aportadas por los americanos para atribuir Al Assad la autoría del ataque con armas químicas.
La realidad es que Siria es eso, lo que antes dije, un matadero, y lo peor es que amenaza con extenderse por toda la región produciendo un incendio de dimensiones incontroladas. Se impone desesperadamente, tanto desde Moscú como desde Washington, buscarle una salida negociada que pase por la salida del presidente sirio. De lo contrario, seguirán matándose, ya que una operación de castigo no traería la paz, sino que multiplicará la guerra.



