Las urnas apoyan la deriva de Erdogan

11 / 11 / 2015 Alfonso S. Palomares
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El partido del presidente turco ha obtenido la mayoría absoluta en el Parlamento, facilitando así su objetivo de cambiar la Constitución. Por su parte, Bruselas se ha comprometido a impulsar la integración de Turquía en la UE

El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, saluda a sus seguidores en Estambul tras la victoria de su partido en las elecciones parlamentarias.

Se equivocaron las encuestas que pronosticaban para el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Recep Tayyip Erdogan unos resultados parecidos e incluso inferiores a los obtenidos el 7 de junio, que no le permitieron formar Gobierno y le abocaron a la cita electoral que acaba de celebrarse, y en la que el AKP ha logrado una confortable mayoría absoluta al aproximarse al 50%, con 316 escaños, 40 sobre la mayoría absoluta, en un Parlamento de 550.

El Partido de la Justicia y el Desarrollo ha acentuado su deriva islamista y su autoritarismo represivo, muy a la medida del egocentrismo de Erdogan, tanto que cada día que pasa se comporta más como un sultán que como un gobernante democrático. Le va lo del sultanato, lo lleva en la sangre, en los gestos y en las decisiones. Le siguieron a bastante distancia el Partido Republicano del Pueblo, laico y socialdemócrata, con el 25% de los votos, y el Partido de Acción Nacionalista, de extrema derecha y que dejó muchos votos en las arcas de los ganadores. También entraron en el Parlamento, por los pelos, los nacionalistas kurdos del Partido Democrático del Pueblo, con el 10,7% de los votos. Pasaron la noche en vilo temiendo quedarse fuera del Parlamento, ya que la ley electoral turca exige el 10% de los votos del censo nacional para convertirse en partido parlamentario.

Tayyip Erdogan es el fundador y el líder carismático de Justicia y Desarrollo, lleva 13 años en el poder y tiene voluntad de eternizarse. Hace dos años se presentó como candidato a la presidencia de la República siendo elegido en la primera vuelta con el 51,8% de los votos. Dejó como primer ministro al fiel Ahmet Davotoglu, que ahora ha encabezado las listas de su partido y presidirá el Gobierno. La presidencia turca tiene pocos poderes y sus altas funciones se limitan a las de representación. Aquí salta la pregunta: ¿por qué Erdogan apostó por una presidencia vacía de poderes? Porque aspira a cambiar la Constitución y convertir Turquía en una República presidencialista conforme al modelo francés instaurado por el general De Gaulle en 1958. De Gaulle se sentía elegido por el destino para gobernar Francia, Erdogan se siente investido por Dios para gobernar Turquía, para conducirla por el sendero de su historia musulmana y situarla a la altura que merece en el paisaje político mundial.

Es un gran individualista, con un ego desbordante, al que la simple idea de compartir el poder le resulta insoportable. Planteó la campaña estableciendo un dualismo pétreo: Nosotros y Ellos. En su cosmología ideológica y sentimental, en el Nosotros incluía el alma turca adornada por los valores de las creencias musulmanas, a los conservadores que rechazan las aventuras que lo único que traen son desventuras, y por supuesto, integra en el Nosotros a los patriotas. Sitúa en los Otros a los laicos, a los ateos, a los izquierdistas y a los nacionalistas kurdos. Para cambiar la Constitución en las coordenadas gaullistas necesita los votos de las tres quintas partes de la Cámara, una exigencia que está lejos de conseguir, a pesar de la confortable mayoría absoluta que disfruta. Tendrá que negociar con otros partidos y después ganar también un referéndum. Un camino complicado, pero que sin duda tratará de recorrer con su típica astucia y determinación.

El voto del miedo. Logró la mayoría absoluta con el mensaje de: o yo o el caos, presentándose como garante de la unidad nacional y como luchador implacable contra el terrorismo kurdo y el del Estado Islámico. Apeló al voto del miedo y a la inestabilidad política y económica si ganaba la oposición, es lógico que surtiera efecto. Las circunstancias eran propicias. El pasado día 10 de octubre tuvo lugar en la estación central de ferrocarriles de Ankara el atentado más mortífero de la Turquía moderna. Un doble ataque suicida contra una manifestación por la paz de los prokurdos y de varios partidos de izquierdas, atribuido al Estado Islámico, causó 105 muertos y centenares de heridos. Desde la ruptura de los acuerdos de paz con el kurdo Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) el pasado verano, los enfrentamientos se han multiplicado, especialmente en el sureste del país, de mayoría kurda, con el resultado de 150 muertos, especialmente entre los Cuerpos de Seguridad.

Las guerras de Siria, Irak y Libia, así como las tensiones en la zona han convertido a Turquía en centro geoestratégico clave para afrontar la resolución de la crisis de los refugiados. El Gobierno de Ankara ha contabilizado más de dos millones de refugiados sirios en su territorio, de los que solo 300.000 viven en campamentos. La Unión Europea quiere relanzar la cooperación con Turquía y con ese fin Erdogan ha visitado Bruselas y Angela Merkel se ha trasladado a Estambul. Bruselas le ha asignado 3.000 millones de euros para atender a los refugiados y se ha comprometido a impulsar el proceso de integración en la UE, uno de los objetivos prioritarios de Erdogan, aunque tendrá dificultades para lograrlo dada la deriva autoritaria y el integrismo islamista del presidente.

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