Las brujas malditas de Burkina Faso

15 / 04 / 2013 10:28 TEXTO Y FOTO: Lucía Martín (Burkina Faso)
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La acusación de brujería es frecuente en el país africano, donde los maridos abandonan a sus mujeres con este pretexto y el Estado tiene que hacerse cargo de ellas.

Anciana, de entorno rural y sin medios para subsistir. Este es el perfil más común de las mujeres que son acusadas de brujería en Burkina Faso. Obligadas a dejar atrás su familia y su pueblo, las más afortunadas recalan en los “centros de acogida de brujas”, dependientes del Gobierno o de ONG, donde pueden seguir viviendo, pero de los que ya no vuelven a salir.

Luce un sol de justicia en este barrio de Ouagadougou, capital del país africano. Son las doce del mediodía y la temperatura es de unos 37 grados a la sombra. Las mujeres, sentadas en el suelo, se afanan sobre el algodón, hila que te hila. Se mantienen ocupadas en esto todo el día. Pronto será la hora de la comida: de menú, arroz hervido. Una niña entra en el centro llevando patatas cocidas. Están de suerte, hoy estas mujeres acompañarán su rancho de un alimento extra.

Bienvenidos a la Cour de Solidarité del sector 12, uno de los muchos centros dependientes del Ministerio de Acción Social que acoge a mujeres acusadas de brujería. Aquí vienen a parar las brujas, las mangeuses d’âmes (“comedoras de almas”), aunque absolutamente nada en el aspecto físico de estas damas de piel ajada indique poderes sobrenaturales. No es el único centro de estas características en el país: hay nueve, según datos facilitados por el Ministerio, que acogen en total a 623 mujeres. Y esto, como ellos mismos reconocen, no es sino la punta del iceberg de un fenómeno de dimensiones inconmensurables. ¿Cuántas otras mueren en sus poblados o vagan por las calles porque las han echado de la familia? Nadie lo sabe.

Lo de brujería en Occidente suena al medievo, casi provoca hilaridad, pero en este país, donde el 80% de la población vive en el medio rural y en el que la tasa de alfabetización general es del 30% (el objetivo es llegar al 40% en 2015), la acusación de brujería es, lamentablemente, una práctica habitual que sigue perpetuándose de generación en generación. Y es una acusación muy seria, pues provoca un enorme problema de exclusión social: entre veinte y cuarenta nuevos casos llegan cada año a estos centros. Pero, ¿quiénes son estas mujeres y basándose en qué se las acusa de ser brujas?

Indefensas.

Básicamente, si eres anciana (en esta latitud, donde la esperanza de vida nada tiene que ver con la europea, tener más de 50 años se considera pertenecer a la tercera edad) tienes muchas papeletas para ser una bruja: “El 88% son mujeres y casi un 98% de ellas, analfabetas [con cónyuges que también lo son]. Un 75% tiene más de 50 años, la mayoría suele ser además la primera esposa [un 50% de la población del país es musulmana, es habitual que el hombre tenga, de media, entre cuatro y cinco esposas]”, explican en el Ministerio. La acusación de brujería, frente a la cual no cabe defensa alguna (si bien es cierto que últimamente algunas mujeres ya están acudiendo a la Justicia para defenderse), proviene de la familia (el marido, la familia política e, incluso, los hijos) o del resto de mujeres del esposo, en caso de que tenga varias. Madeleine Sawadogo, de 69 años, lleva dos años en el centro. “Me acusaron de brujería cuando se murió mi marido, dijeron que me había comido su alma. Como además solo había tenido hijas, eso también era sospechoso. Como mis hijas eran ya mayores, yo no tenía ocupación. Fue la excusa para librarse de mí”, comenta esta mujer, que no ha recibido visita alguna desde que llegó. “Pero yo me encuentro bien aquí, estoy entre mujeres. El problema son los medios”, añade.

Sin contacto familiar.

Estos centros subsisten con las ayudas que les llegan a cuentagotas del Ministerio o de las ONG. No hay actividades previstas para las mujeres y la comida y las medicinas escasean. Aunque disponen de asistencia psicosocial, los problemas de ánimo y las depresiones son muy comunes. Lógico, si se tiene en cuenta que estas personas pierden todo contacto con su familia y con su entorno y que además han sufrido todo tipo de humillaciones morales e, incluso, agresiones físicas en el momento de la acusación. “Echo en falta a mis nietos, la vida del pueblo, dar de comer a los animales. Aquí me siento muy sola, me paso el día sentada hilando algodón”, explica Madeleine Sawadogo.

Koudbi Kafanolo es otra de las residentes del centro: 90 años y una piel envidiable a pesar de la longeva edad, recaló aquí un año después de la muerte de su esposo. “He sido víctima del suengo a pesar de que mi marido ni compartía ni aprobaba esas prácticas”, explica la anciana. El suengo es un ritual que se desarrolla a la muerte del esposo, y que consiste en que los hombres del pueblo portan el cadáver y este les guía, de manera indiscutible, hacia el culpable de su muerte... Huelga decir que las culpables suelen ser las mujeres. Kafanolo fue advertida por uno de sus hijos de que el ritual del suengo sería practicado en su caso y huyó del pueblo antes de que tuviera lugar. Como ella, muchas son las que, en caso de enfermedad grave del cónyuge, cuando no hay visos de mejoría, huyen antes de que la posible acusación se materialice. Y no solo se sospecha de ellas por que fallezca el marido, también por que muera algún descendiente, por no poder engendrar niños, por malformaciones físicas, etcétera. Las acusaciones también afectan a los menores: Blaise, un niño de 8 años con una hernia en los testículos, fue rechazado por sus padres, que pensaban que su malformación física era cosa de brujos. “¿Algún caso de alguien que se haya reintegrado a la vida normal? Recuerdo uno. No es lo habitual, es raro que abandonen el centro”, explica la asistente de la directora del centro, Suzanne Kagambega.

Cóctel explosivo.

Analfabetismo, pobreza y creencias ancestrales son un explosivo cóctel frente al cual, afortunadamente, el Gobierno está tomando cartas en el asunto a través de un plan de acción de lucha contra la exclusión social de estas personas, que funcionará hasta 2016. Su presupuesto, algo más de mil millones de francos CFA (1,5 millones de euros), se destinará a programas de información y comunicación dirigidos al 80% de la población y a hacerse cargo de estas personas. Porque, como reconocen, “esta tradición está en las antípodas de cualquier Estado que se considere moderno”.

La vida sigue en la Cour de Solidarité del sector 12 de Ouagadougou: el sol sigue calentando implacable mientras las mujeres continúan sentadas hilando su algodón. A pesar de sus paupérrimas condiciones de vida, pueden considerarse afortunadas en comparación con otras. Todas recuerdan cuando llegaron aquí y saben, fehacientemente, que no recuperarán su vida de antes... La reinserción es casi nula, el estigma de ser bruja pesa como una losa.

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