La verdad oculta de Machu Picchu

20 / 05 / 2013 11:21 Jaled Abdelrahim
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Hiram Bingham, el legendario descubridor de la gran ciudad inca, encontró en las ruinas una inscripción que más tarde mandó borrar. Alguien se le había adelantado.

Han pasado 102 años desde que el difunto explorador estadounidense Hiram Bingham (1875-1956) se instalase en los libros de historia como el gran descubridor de las ruinas de Machu Picchu, la misteriosa ciudad perdida del imperio inca. Dicen que su figura fue uno de los modelos que inspiraron el personaje de Indiana Jones. Sombrero, botas, rutas por selvas ignotas... Las fotos, las descripciones y la recuperación que dirigió de la urbe precolombina más escondida y cotizada del hemisferio Sur maravillaron al mundo, dispararon su reputación y convulsionaron el universo de la arqueología. El Gobierno estadounidense, el Estado peruano, la Universidad de Yale (EEUU) y la National Geographic Society respaldaron el trabajo de este profesor de historia y dieron fe del hallazgo que hizo el 24 del julio de 1911. Pero ese día algo vio Bingham, además de ruinas, de lo que prefirió no dar testimonio. Apenas una pequeña inscripción a carbón en las piedras de los vestigios. Unas líneas, cuya existencia se mantuvo casi por durante un siglo tan oculta como lo había estado la propia ciudad indígena, y cuyo desprecio afianzaba la gloria de la expedición. “A. Lizárraga, 1902”, decía aquella grafía. Cuando el equipo de Bingham acometió la recuperación de la ciudad, la borró.

La historia como un cuento.

El autor de aquel mensaje extirpado era un labriego peruano, Agustín Lizárraga. Un hombre nacido en Mollepata (Perú) que a principios del siglo XX arrendaba una parcela de tierra en las faldas del inaccesible cerro donde se encuentra la ciudad perdida. Él había llegado hasta allí nueve años antes que el estadounidense, sin embargo, nada escribió Bingham sobre aquel hecho en el libro en el que se reafirmaba como descubridor del enclave (La ciudad perdida de las incas, 1948). Para el norteamericano fueron los honores, los museos, los reconocimientos y la placa que luce a la entrada de las ruinas. Hoy, los descendientes de Lizárraga piden que la historia devuelva los honores que se le negaron a su ancestro.

“Yo de pequeño vivía en el lugar desde el que partió mi abuelo, a orillas del río Urubamba, bajo el Machu Picchu”, cuenta Lucho Lizárraga Valencia, nieto de aquel campesino cuzqueño. Este profesor de universidad, de 61 años, no llegó a conocer a su antepasado Agustín, ya que este murió –accidentalmente– antes de que él naciera, ahogado en el río Vilcanota en 1912, el año en el que Bingham iniciaba la fase de recuperación de los vestigios. De lo que sí fue testigo este descendiente es de la herencia testimonial que la proeza de su abuelo había dejado entre los vecinos de la zona. “No había televisión entonces y por las noches, como si fueran cuentos, recuerdo escuchar a mis padres y a mi abuela hablar sobre esa historia del descubrimiento”, evoca Lucho con marcada nostalgia. “Contaba mi abuela Clara que él subió hasta allí cuando el camino era inaccesible, y a veces, al contarla, se enfadaba. Decía que un gringo había llegado a las ruinas gracias a él y que se lo había llevado todo. Pero claro, para nosotros, que éramos niños, eso simplemente eran viejas historias sobre un abuelo que hacía tiempo había muerto”.

Sentado junto a Lucho asiente Américo Rivas, un ingeniero, familiar indirecto de los Lizárraga, nacido en Santa Teresa, una hacienda vecina de la misma zona. Rivas, contemporáneo de Lucho, había escuchado la misma historia hasta la saciedad desde crío y siempre se preguntó si alguien resolvería aquella “injusticia” histórica. Harto de esperar el reconocimiento, decidió investigar todo lo relacionado con aquel asunto y publicar el primer libro donde se recopilan todos los datos de esta otra versión del hallazgo (Agustín Lizárraga. El verdadero descubridor de Machupicchu, 2011). Rivas conoce cada detalle de aquel momento: “El 14 de julio de 1902 Agustín Lizárraga buscaba nuevas tierras de cultivo entre la maleza selvática acompañado de otros tres hombres del lugar: Enrique Palma Ruiz, administrador de una de las haciendas del territorio; Gabino Sánchez, el mayoral de la misma; y Toribio Recharte, su peón”, comienza a narrar.

“Cuando dieron con las ruinas, Lizárraga intuyó que ante sus ojos tenía una joya del pasado y por eso pintó su nombre y la fecha de su primera visita en las piedras de lo que hoy es conocido como el Templo de las tres ventanas” prosigue. Según los testimonios directos que recopiló Rivas, Lizárraga regresó varias veces hasta aquel lugar, y aunque carecía de padrinos que promulgasen su descubrimiento, trasladó la noticia de boca en boca entre familiares y amigos, que la propagaron desde Lima hasta París sin demasiada trascendencia. “La historia no cuenta que fue Agustín Lizárraga quien organizó la primera expedición turística al Machu Picchu cuando llevó allí a algunos de sus familiares y vecinos, los Ochoa, en 1904. Tampoco que fue él quien puso a trabajar en los campos de cultivo de las ruinas a las dos familias que encontró Bingham en el Machu Picchu el día que llegó hasta ese lugar”. 

La última prueba.

Paradojas del destino, la corroboración de la desheredada historia de los Lizárraga, aún hoy desconocida por la gran mayoría del público incluso en Perú, la resucitó otro Bingham, Alfred, hijo del arqueólogo estadounidense. En su libro Retrato de un explorador (1989), el descendiente del norteamericano revelaba una frase crucial que su padre había anotado en sus diarios de viaje pero que olvidó citar en su libro: “Agustín Lizárraga es el descubridor del Machu Picchu, él vive en el puente de San Miguel”, había anotado su progenitor en los papeles.

“No hay más que decir a eso”, sostiene Rivas. Para redondear todas las pruebas con las que contaba solo le hacía falta una prueba visual que demostrase su versión. Y apareció. En 2011, con motivo del centenario del descubrimiento de Bingham, la Universidad de Yale amplió a gran tamaño un centenar de fotos de archivo realizadas por el explorador. “Creí que nunca lo vería, pero ellos mismos estaban dando la demostración. En su mismo centenario”, sonríe Rivas. En una de las imágenes aumentadas aparecía Sargento Carrasaco, un escolta cuzqueño acompañante de Bingham durante su expedición, posando junto al Templo de las tres ventanas. Sobre las piedras de la construcción se diferenciaba lo que en imagen pequeña era inapreciable, la parte final de una pintada (hoy inexistente) que daba la puntilla al asunto. “1902”, se llega a leer nítidamente bajo un nombre borroso. “Creo que el día que vi esa foto fue el más feliz de mi vida”, apunta Rivas.

Tras cien años de omisión de esa otra historia y una férrea presión mediática, hoy los expertos, las autoridades cuzqueñas y nacionales reconocen que en las ruinas de Machu Picchu estuvo Agustín Lizárraga antes que Bingham, aunque siguen dando al ahora llamado “descubridor científico” mayor atención. Por eso los Lizárraga, una saga repartida por todo el mundo, no dan por terminado el pleito. “Desde 2002 nos reunimos anualmente en una comida, a la que llamamos Lizarragada, para reivindicar la proeza del abuelo”, explica Marco Antonio Bolívar Lizárraga, bisnieto del descubridor.

“Es justo que se reconozca la gran labor de Bingham con las ruinas, pero no que le otorguen su descubrimiento”, esgrime Carlos Lizárraga Álvarez, historiador y también bisnieto del de Mollepata. “Nosotros no pedimos plata, ni propiedades, ni indemnizaciones. Solo queremos ver la placa de mi abuelo colgada a la entrada de las ruinas. Es lo justo”, apostilla.

Los Lizárraga, contra el pasado.

Existe otro frente para la centenaria demanda de esta familia. En la última década a los Lizárraga les han salido competidores hacia la otra dirección de la historia. El doctor Jean Decoster, director del Museo Machu Picchu, de la Casa Concha de Cuzco, rebate que el descubrimiento sea del peruano y fundamenta su afirmación en un artículo del investigador norteamericano Paolo Greer. Según las indagaciones de este, existen mapas elaborados por exploradores, investigadores o empresarios extranjeros del siglo XIX que señalan el cerro Machu Picchu. Así pues, planos como los de Herman Göring, 1874; Charles Wienner, 1880; Augusto Berns, 1881; o Antonio Raimondi, 1890, entre otros, marcan explícitamente este lugar, en especial el de Berns, que nombra la zona como la Huaca del Inca.

Jorge Escobar, decano del Departamento de Historia de la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco, ubica el descubrimiento más atrás. Según sus pesquisas, “el Machu Picchu jamás fue un sitio desconocido”. Para demostrarlo hace referencia a más de una decena de documentos (el más antiguo, de 1537) donde se menciona un lugar llamado Picchu como enclave donde cultivar y para el que se expidieron contratos de explotación y compraventa.

Rivas ha dedicado tiempo y un extenso capítulo de su libro a desmontar todas esas teorías. “Acerca de lo de los Picchus que aparecen en los documentos del profesor Escobar, con quien he debatido de esto en alguna ocasión –explica el investigador–, yo le recuerdo que Picchu significa “montaña” en quechua, y que por eso ha encontrado esas referencias”. Respecto a la argumentación del doctor Decoster, afirma Rivas que “defiende lo indefendible”. “Lo que señalan los exploradores del siglo XIX es únicamente un lugar llamado Cerro Machu Picchu, el nombre del monte que se ve desde abajo. ¿Qué me hace estar tan seguro de que no vieron las ruinas? Hombre, no solo que fuese un lugar de acceso imposible para los medios de la época, sino que para que un explorador vea Machu Picchu y no escriba ni una sola letra sobre él, una de dos, o nunca lo ha visto, o le dio una parálisis cerebral”, ironiza. El mismo crédito le da al mapa que elaboró Berns en 1881 descubierto por Greer: “Este empresario señaló la Huaca del Inca porque buscaba inversionistas que patrocinasen su proyecto de recolección de oro y plata. Materiales que él simplemente creía que estaban allí porque alrededor del Machu Picchu existen otros vestigios incas que probablemente le esperanzaron en su propósito. Y si no, que me expliquen por qué en su mapa señala esa Huaca del Inca en el otro margen del río Urubamba y no en el que está la ciudad”.

Mientras el ingeniero ofrece datos puntuales, Lucho observa la foto de su abuelo en la portada del libro de Rivas y limpia una pequeña mancha sobre la imagen. “Hiram lo restauró y lo hizo famoso, por supuesto –arranca el nieto– pero mi abuelo estuvo primero, y dejó constancia con una inscripción que el propio Bingham borró. Nosotros tenemos la obligación de que la historia reescriba de una vez por todas su nombre y le dé el reconocimiento que muchos, por intereses diversos, le siguen negando. Seguiremos con nuestra lucha hasta que se haga justicia. Agustín Lizárraga, mi abuelo, es el verdadero gran descubridor”.

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