La `sharia´ o ley islámica se extiende por África
Somalia, Sudán y Nigeria son sólo tres de los países africanos cuyos tribunales ya aplican la ley islámica. Las tesis islamistas comienzan a calar en África.
28/08/06
“¿Qué significa la humillación de los musulmanes en Somalia?”, se preguntaba Osama Bin Laden en un vídeo emitido el pasado abril. En él llamaba a la guerra santa en Sudán, donde las fuerzas de paz internacionales, según él, están “para ocupar la región y robar su petróleo con la excusa de mantener la seguridad”. Hace tiempo que África se ha convertido en tierra de conquista para los radicales islamistas, y no sólo Al Qaeda. Expertos de Estados Unidos denuncian que también hay grupos como Hamás, los Hermanos Musulmanes y la Yihad Islámica de Egipto, aparte del proselitismo oficial de Estados como Irán y Arabia Saudí.
La compleja realidad de unos países sumidos en la extrema pobreza convierte al continente negro en un caldo de cultivo para los fanáticos. El 40,29% de los africanos son musulmanes. Como advierte un estudio de la Universidad de Pretoria, hay más musulmanes en África que en todo Oriente Próximo, y los conflictos étnicos y regionales, sobre todo en África Oriental, comienzan ya a tener un claro ingrediente de extremismo islámico.
Casi una quinta parte de los musulmanes del mundo viven en el África subsahariana. Las enseñanzas del profeta Mahoma llegaron hace más de mil años, y han dado lugar a un Islam impregnado de tradiciones animistas anteriores, caracterizado por su tolerancia y moderación. Sin embargo, según David McCormac, del Center for Security Policy, en Washington, ahora “corre peligro por la introducción, en los últimos años, de un movimiento islamista que pretende imponer una interpretación radical de la religión”, según advierte en un informe este centro de análisis internacional.
McCormac explica que los islamistas están avanzando en su objetivo de manera discreta, ofreciendo soluciones políticas y sociales al tiempo que erosionan las tradiciones locales. Con la aplicación de la sharia –ley civil basada en el Corán– están “marginando legalmente a las mujeres y a los no musulmanes, están inhibiendo el desarrollo de un gobierno democrático y están violando los derechos humanos”, lo que también fomenta los enfrentamientos intercomunales.
Pobreza e injusticia
El ejemplo más reciente es el de Somalia, en estado caótico desde que los señores de la guerra derrocaron al dictador Siad Barré en 1991. Los grupos islamistas que abogan por la imposición de la sharia se han hecho con el control de la capital y buena parte del sur del territorio. La población los ha recibido con los brazos abiertos, harta de años de clientelismo político, sobornos, pobreza e injusticias.
Occidente ve en Somalia un nuevo foco de terrorismo. EE UU ve conexiones entre los islamistas somalíes y Al Qaeda, y ha incluido a su líder, el jeque Hassan Dahir Aweys, en la lista de terroristas buscados. “No soy un terrorista, pero si seguir los preceptos del Islam me convierte en un terrorista, aceptaré que se me llame así”, ha declarado Aweys.
Los combates que libran la Alianza Antiterrorista y de Restauración de la Paz –apoyada por EE UU– y las milicias leales a los tribunales islámicos no son un conflicto aislado, sino que promete ser contagioso. El Gobierno federal de transición de Somalia, reconocido internacionalmente, se fraguó en Kenia gracias a la mediación de Nairobi, pero no logra restablecer el orden constitucional. Kenia, país mayoritariamente cristiano, pero con un fuerte componente musulmán, es el primer interesado en que se afiance el nuevo ejecutivo. Sin embargo, los tribunales islamistas de Somalia ni siquiera reconocen al Gobierno.
Aparte de la mediación keniata, Etiopía es el principal aliado del Gobierno somalí y ha enviado tropas a proteger la ciudad de Baidoa, donde se ha instalado temporalmente el Ejecutivo. Del otro lado está Eritrea, su eterno enemigo, a quien el Gobierno somalí acusa de apoyar a los islamistas. Y en Djibuti, minúsculo país musulmán amigo de EE UU, preocupa la desestabilización de la región.
Occidente mira con recelo las permeables fronteras de la zona, que convierten a Somalia en un punto de partida perfecto para expediciones fundamentalistas a países como Kenia o Tanzania, que ya han vivido violentos ataques terroristas como los atentados en las embajadas estadounidenses en ambos países en 1998.
La región está compuesta por una serie de estados fallidos, sin capacidad para controlar los brotes radicales con sus fuerzas de seguridad, leyes antiterroristas, tribunales de justicia... A los grupos terroristas les interesan estos estados, porque “acaban propiciando escenarios de colaboración entre grupos criminales y terroristas”, afirmaba en un artículo Ángel Pérez González, investigador del Real Instituto Elcano.Mientras tengan otros problemas más acuciantes, no podrán dedicar recursos a luchar contra el terrorismo.
Dinero a raudales
Pero el problema no tiene fácil solución. Los esfuerzos de Occidente para ayudar económicamente a los Estados africanos son mínimos comparados con las inmensas sumas de dinero procedentes de los países árabes más ricos. El Banco Islámico para el Desarrollo aporta préstamos a los países que pertenecen a la Organización para la Conferencia Islámica.
La Liga Islámica Mundial –que financia en un 99% Arabia Saudí– organiza actividades sociales y caritativas en el África subsahariana desde 1962. Otra ONG financiada por Arabia Saudí para exportar la sharia es la Asamblea Mundial para la Juventud Musulmana. Riad también ha financiado una universidad en Uganda y otra en Sudán, donde se enseña el Islam de tradición suní. En otros países, como en Kenia, es Irán quien fomenta las actividades culturales y ofrece becas para estudiar el Islam, en su vertiente chií, en la República Islámica.Tanto Riad como Teherán quieren apostar por que el futuro del Islam en África pase por sus preceptos.



