La impaciencia por el poder
Tras asistir a la vertiginosa crisis de Gobierno, resuelta parcialmente con el nombramiento de Renzi como primer ministro, Italia espera expectante que forme su Ejecutivo.
Como estaba previsto en el guion de la confusa y precipitada crisis italiana, el presidente Giorgio Napolitano encargó, el pasado lunes, formar nuevo Gobierno a Matteo Renzi, alcalde de Florencia, elegido líder del Partido Democrático (PD) a mediados de diciembre. Llegó prometiendo lo contrario a lo que ha hecho y está haciendo. Mientras celebraba emocionado la aplastante victoria partidaria prometía nuevos modos y nuevas formas de liderazgo, dijo que enterraría los viejos hábitos de la tradicional casta política y las intrigas palaciegas, las puñaladas por la espalda y los pactos de conveniencia con los enemigos irreconciliables. En Italia abundan los ejemplos de las peleas a puñal abierto y a florete de astucias hipócritas y florentinas. No en vano en 70 años han caído 68 Gobiernos, la mayoría por ajustes de cuentas entre militantes del mismo partido, principalmente entre los de la vieja Democracia Cristiana. Algunos de sus dirigentes estelares, como Amintore Fanfani o Giulio Andreotti llegaron a ser seis o siete veces primeros ministros.
Esta costumbre que parecía que iba a desterrar, la ha renovado Renzi con una precipitación inaudita. Embargado por la emoción de la victoria al frente del Partido Democrático, manifestó que nunca llegaría al poder sin el apoyo del voto popular, que jamás recurriría a las maniobras de los democristianos de la I República para llegar a presidir el consejo de ministros. En una entrevista al periódico La Stampa llegó a declarar que jamás utilizaría el cadáver de Letta para su escalada política, y que con él de secretario general del PD, el Gobierno de Letta sería mucho más fuerte.
Cambio repentino.
Los periódicos y los comentaristas italianos se preguntan con cierta ironía por las razones que le han llevado a un cambio tan repentino, a un salto tan espectacular sobre sus palabras y sus promesas. La verdad es que analizando los hechos no se han visto variaciones ni fracasos evidentes en el Gobierno de Letta: se movía conforme a las esperanzas que había engendrado y podía engendrar dadas las circunstancias en que se encontraba. Incluso había aliviado las altas cotas de malestar provocadas por los drásticos ajustes de Mario Monti. Hace unos meses el Ejecutivo de Letta tuvo que superar una crisis grave cuando Silvio Berlusconi le retiró la confianza, que tuvo como consecuencia la ruptura del partido de Il Cavaliere, ya que su delfín, Angelino Alfano, no le siguió en la aventura que planteaba sino que decidió seguir apoyando al Gobierno del que era vice primer ministro, fundando el partido Nuevo Centro Derecha.
El joven Renzi cambió enseguida de óptica con respecto al Gobierno de Letta, le parecía ineficaz y sin fuerza para afrontar los desafíos que planteaba la gobernanza de Italia. Acudió al palacio Chigi, la residencia oficial del primer ministro, a principios de febrero para decirle que su partido ya no confiaba en él y que debía dimitir. A pesar de los rumores que habían empezado a circular unos días antes, a Letta le sorprendió el espectacular giro del secretario general de su partido y en vez de dimitir convocó una rueda de prensa para anunciar un nuevo plan de Gobierno y lanzarle un desafío directo a Renzi: “Si quiere mi puesto que lo diga”, declaró. Y este lo dijo un día después convocando a la dirección de su partido y anunciando, ante las cámaras de televisión y los micrófonos de la radio, que le retiraba el oxígeno al Gobierno de Letta, ya que se revelaba incapaz de sacar al país de la crisis. Manifestó con toda claridad: “Nos encontramos en una encrucijada. O volvemos a unas elecciones anticipadas o podemos transformar una legislatura en constituyente. El camino de unas elecciones tiene encanto y atractivo, pero ahora no tenemos una ley electoral que garantice la gobernabilidad. Unas elecciones tendrían un valor purificador, pero ahora no servirían para resolver los problemas del país”. Después pidió a la cúpula del partido que reprobara la gestión de Letta y diera origen a un nuevo Gobierno. La votación posterior arrojó un resultado de 136 votos a su favor, 16 en contra y 2 abstenciones.
Sin margen de maniobra.
El primer ministro no pudo reaccionar, acusó la puñalada y presentó la dimisión irrevocable al presidente Napolitano, que, esta vez sin margen de maniobra, encargó a Renzi la formación de un nuevo Gobierno. En las dos ocasiones anteriores había podido sustituir a Berlusconi por Monti con el apoyo de los líderes de la UE, que habían desahuciado al Cavaliere, y hace diez meses impuso a Letta para desbloquear la situación de parálisis provocada por los resultados electorales en los que el PD había ganado, pero sin los suficientes votos para formar Gobierno.
La pregunta es: ¿cuál es la razón que asiste a Renzi para lanzar un órdago de estas dimensiones? Las respuestas parece que hay que buscarlas en la personalidad del recién dimitido alcalde de Florencia. Es joven, 39 años, inteligente, ambicioso e impaciente. Con una autoestima exagerada, una obstinación imperturbable y un coraje probado. Desprende un perfume narcisista dentro de su hábil prosopopeya florentina. Se licenció en Derecho con una tesis sobre Giorgio La Pira, alcalde de Florencia. Uno de sus más llamativos gestos a lo largo de estos dos meses fue recibir en su despacho al delincuente, condenado en firme y expulsado del Senado, Silvio Berlusconi y negociar con él la reforma de una ley electoral que fortalezca las mayorías. Incluso llegó a referirse de manera elogiosa a la ley electoral española.
Matteo Renzi aceptó con reservas el encargo de Napolitano, pero también con todo el sentido de la responsabilidad, de la importancia y de la relevancia del desafío. Anunció cuatro grandes planteamientos para llevar a cabo por su Gobierno en los tres primeros meses: la reforma de la ley electoral, una ley para la reforma del mercado de trabajo, la reforma de la Administración pública y una ley fiscal.
Advirtió que no conseguiría el objetivo en un tiempo breve, que se tomaría el tiempo necesario. A la hora en que se escriben estas líneas negocia intensamente con todos. Este viernes 21, día en que esta revista se distribuye en los quioscos, probablemente no haya aún Gobierno, a partir del sábado se puede producir el anuncio. No le está resultando fácil diseñar un programa que contente a todos los que tienen que apoyarlo, empezando por los senadores y diputados de su propio partido. Lo está logrando porque aparece como un líder sólido y con futuro, y nadie quiere perder su seguridad política, aunque a muchos no les ha parecido ético el apuñalamiento de Letta.
Más complicadas están siendo las negociaciones con Alfano, quien le ha exigido que no se escore demasiado hacia la izquierda y que exigirá su cuota de ministros en el Ejecutivo, empezando por él mismo, quiere seguir como vice primer ministro y además una cartera importante, preferiblemente la de Interior. Renzi no quiere hacerle demasiadas concesiones para no irritar a Berlusconi y sus huestes. Estos últimos días Berlusconi y Alfano se han descalificado mutuamente. Alfano ha dicho que Il Cavaliere estaba irreconocible rodeado por una pandilla de idiotas. Berlusconi, por su parte, le ha respondido que se lo debe todo a él y que ahora le ve como a un púgil sonado. Si Renzi no logra cuadrar un Gobierno se convocarán nuevas elecciones. Si logra un Gobierno viable, tratará de conseguir resultados visibles en los primeros meses. Si consigue una valoración positiva, probablemente su Ejecutivo no agote la legislatura, el mismo Renzi provocará la propia caída para convocar elecciones, ganarlas y hacer un Gobierno a la medida de su ambición y con las manos libres.



