La herida que Europa no se atreve a curar

03 / 01 / 2014 13:02 Ignacio de la Cierva y Óscar Sainz de la Maza
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Veinte años después de cerrarse en falso la guerra de Nagorno Karabaj, Tiempo se adentra en una de las zonas más conflictivas del continente.

"Si los azeríes entran en nuestro territorio, violarán a nuestras mujeres y matarán a nuestros hijos”, advierten reiteradamente varios ciudadanos de la autoproclamada República de Nagorno Karabaj (NK). Nos hallamos en el corazón del Cáucaso, rodeados de frondosas montañas, en una diminuta región de menos de 140.000 habitantes que se ha convertido a lo largo de las dos últimas décadas en una zona violentamente disputada por la población local, apoyada por sus aliados armenios (con quienes comparten política, cultura e intereses), y la República de Azerbaiyán.

La capital de NK, Stepanakert, podría pasar por una modesta ciudad europea cualquiera: segura, con un patrimonio milenario, elegantes avenidas y una animada vida nocturna. Sin embargo, son muchas las señales que producen al visitante una sensación de amenaza permanente. Cada pocos metros se levantan carteles de propaganda bélica, la ciudad está provista de altavoces para alertar ante posibles ataques aéreos, y el uniforme militar es la prenda más corriente entre la población.

Violencia interétnica.

El control de NK comenzó a generar tensión y violencia desde comienzos del siglo XX. Fueron los soviéticos, en un momento de dura posguerra, los que decidieron integrar en 1922 la República Transcaucásica Soviética (Armenia, Azerbaiyán y Georgia) dentro de la URSS, otorgando una cierta dosis de autonomía a NK, aunque manteniéndola dentro de las fronteras de Azerbaiyán para garantizar su control militar. A la altura de 1988, sin embargo, se sucedieron los movimientos a favor de la independencia y adhesión a Armenia. La angustiada respuesta por parte de la minoría azerí (un 25% de la población total) desató un brutal estallido de violencia interétnica, tanto allí como en las dos repúblicas rivales.

La guerra sobrevino sin que los respectivos Gobiernos la declararan y mientras las tropas soviéticas permanecían acuarteladas en confuso silencio. Los armenios lograron siempre los mayores avances,  perpetrando las peores limpiezas étnicas, una práctica común en todo territorio que tomara cualquiera de los dos bandos. El colapso político en Bakú (capital de Azerbaiyán), la certera guerra de guerrillas en NK y la tardía decisión de las tropas del Kremlin de apoyar a los armenios empujaron la balanza definitivamente a favor de estos últimos, quienes lograron controlar NK y otros territorios adyacentes.

Tras cuatro resoluciones de la ONU en las que se condenaba la ocupación armenia y se pedía el cese de hostilidades, precedidas por una última ofensiva azerí malograda, en 1994 se decretó el alto el fuego, vigente hasta el día de hoy. El resultado del conflicto fueron decenas de miles de muertes (entre 12.000 y 25.000, según la fuente consultada), cientos de miles de refugiados y presos políticos, y la ocupación armenia de Nagorno y siete distritos más del territorio que, antes del conflicto, pertenecían a Azerbaiyán. En la actualidad, la declaración de independencia de NK sigue sin estar reconocida por ningún país salvo por Armenia y otras repúblicas en situación parecida, y la frontera está tomada por francotiradores de ambos bandos.

En palabras del portavoz del Gobierno de NK, David Babayan: “Históricamente, Nagorno nunca ha pertenecido a ese país artificial que ahora se hace llamar Azerbaiyán. Para ellos, este conflicto es una cuestión de honor. Para nosotros, de supervivencia”. Una versión con la que no está de acuerdo el viceministro azerí Alí Hasanov, quien, durante su última visita a Madrid, criticó la ocupación ilegal de sus territorios, a la vez que pidió justicia para el millón de refugiados y desplazados azeríes (600.000, según ACNUR).

A escasos metros del enemigo.

El camino que separa Stepanakert del puesto militar al que nos dirigimos permite vislumbrar los estragos de una guerra: monumentos acribillados, edificios de los que solo queda en pie el esqueleto y señales que advierten de zonas minadas. Ya en nuestro destino, el sargento que nos acompaña informa de que estamos a 300 metros de la frontera enemiga, pero que hay otros puntos en los que la distancia entre los dos bandos es de tan solo 30 metros. La trinchera que visitamos se compone de un parapeto reforzado con maderos, en el que se intercalan troneras, depósitos y pequeños refugios. Cualquier hueco está rodeado de alambre de espino, con latas de refrescos colgadas estratégicamente para alertar de incursiones nocturnas. El puesto de mando lo componen una sala de descanso dominada por un cartel que parafrasea a un malogrado héroe de la guerra, y un búnker donde se pueden ver fotos de drones israelíes vendidos a Azerbaiyán, uno de los cuales fue derribado en 2013.

Durante una animada charla con la tropa, los soldados se declaran enemigos del Atlético de Madrid, equipo al que acusan de “vendido” por recibir el patrocinio de Azerbaiyán (12 millones de euros por dos temporadas a cambio de lucir el logotipo Azerbaiyan. Land of Fire). Al mismo tiempo, alaban a la tenor española Montserrat Caballé, que visitó NK este verano y posó con su presidente. Esto provocó que Azerbaiyán la declarase persona non grata y generó una tormenta diplomática con España que no pasó a mayores.

A pesar de que los organismos estatales no quieren dar la cifra exacta de bajas, se calcula que desde el alto al fuego mueren anualmente entre diez y veinte personas en cada bando, la mayoría de ellas por disparos de francotirador. En el último año, lejos de rebajarse las tensiones, ambos países se han volcado en una alocada carrera armamentística.

Según el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI, por sus siglas en inglés), en 2013 Armenia ha destinado 330 millones de euros a los presupuestos de defensa, lo que supone un 25% de aumento con respecto a 2012.

Una cifra que sigue estando muy alejada de las de Azerbaiyán, que ha pasado de los 170 millones de 2004 a los 4.000 millones de 2013. Números, por otra parte, que reflejan la supremacía demográfica y económica de Azerbaiyán, nación petrolífera que triplica en población y quintuplica en PIB a Armenia.

“Esos datos no nos asustan”, asegura el ministro de Defensa de NK, Movses Hakobyan. “Ya ganamos la guerra en los 90 y, entonces, las diferencias eran aún mayores. No solo estamos preparados para resistir, sino también para pasar a la ofensiva”. Un optimismo que no comparte el analista independiente Alexander Iskandarian, quien afirma que el ejército azerí aplastaría las defensas de NK con relativa facilidad y considera que toda esa retórica belicista responde más bien al interés de los políticos por desviar la atención de la situación interna.

El tablero de guerra.

“¿Cómo nos podemos fiar de un país que ensalza el asesinato de armenios?”, es la pregunta retórica que se hace el viceministro de Exteriores armenio, Shavars Qocharian. Se refiere al caso Safarov, que toma su nombre de un teniente coronel azerí que, durante un curso de paz conjunto impartido por la OTAN en Hungría, decapitó a hachazos a su compañero armenio mientras dormía.

El incidente parecía olvidado hasta que en el verano de 2012 el Gobierno húngaro, en una sorprendente decisión en la que se especula que hubo soborno de por medio, extraditó a Safarov a Azerbaiyán. Una vez allí, el presidente azerí, Ilhem Aliyev, le indultó, ascendió y concedió un sueldo vitalicio con apartamento. Un nuevo acto de provocación al que le sucedieron grandilocuentes desfiles militares a lo largo de la frontera.

La comunidad internacional teme que, en caso de un resurgimiento del conflicto, entrarían en juego todas las grandes potencias militares. Rusia vende armas a los dos países, pero está más cerca de Armenia, a quien acaba de introducir en su tratado de libre comercio. Turquía, que mantiene una tortuosa relación con Armenia marcada por el genocidio de 1914-1915, es el principal aliado de Azerbaiyán. En Francia y EEUU existen grandes comunidades armenias que ejercen de lobby. Irán es una carta abierta: a pesar ser un país musulmán chií como Azerbaiyán, mantiene mejores relaciones diplomáticas con Armenia. A su vez, un ataque a Azerbaiyán, como miembro de la OTAN, implicaría una respuesta del resto de los países aliados de la Alianza Atlántica. Quien apenas se pronuncia es la Unión Europea, algo que el director de Estudios Regionales del Cáucaso y exanalista de la CIA y el Pentágono, Richard Girajosian, considera un grave error. “Para evitar que estalle una nueva guerra en el Cáucaso, como sucedió hace cinco años en Osetia, la UE debe mantener un papel más activo fomentando las rondas de negociaciones entre Armenia, NK y Azerbaiyán”, dice. Además, califica como “bastante probable” que vuelva a resurgir un conflicto abierto.

Al caer el día, el jeep nos devuelve a la capital de esta pequeña pero testaruda república montañosa. La guerra está presente en toda la región, latente, sin estallar. No se sabe bien si se trata de un recuerdo, una premonición o simplemente una amenaza política más. Lo que sí queda claro es que este estado de cosas beneficia a demasiadas naciones y demasiados Gobiernos, que alimentan sus discursos –y sus pingües negocios– con la retórica del miedo al contrario.

Nagorno-Karabaj es, sin duda, la herida que no conviene cerrar.

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