La crisis da oxígeno a la extrema derecha
El discurso nacional populista que relaciona delincuencia y emigración cala en la sociedad francesa más profundamente de lo esperado.
La espectacular subida del Frente Nacional de Marine Le Pen ha elevado las tensiones en el paisaje político francés, sumido en una profunda crisis social, económica y de valores. Los valores republicanos de libertad, igualdad y solidaridad están en serio peligro. En este panorama, de por sí tan crispado, se produjo la expulsión de la niña kosovar Leonarda Dubrani en unas circunstancias tan peculiares y llamativas que convirtieron el tema en apertura a cinco columnas de los grandes periódicos, consiguiendo centrar también los debates televisivos y radiofónicos.
Trataré de contar lo mejor posible los entornos en que se produjo para ver la profundidad de un debate que no se reduce a la expulsión de una chica kosovar de 15 años. Desde hace tiempo Marine Le Pen y su grupo han conseguido situar en el centro del debate la delincuencia y la emigración, ligando la delincuencia a la emigración, y lo que es más, ligando emigración a crisis y, como derivación, a paro. Y con una lógica de falsos silogismos señalan a la emigración como el origen de todos los males.
Sondeos electorales.
Un discurso nacional populista que en unos momentos de crisis cala en la sociedad, y más profundamente de lo esperado. El periodista más respetado de Francia, Jean Daniel, fundador de Le Nouvel Observateur, acaba de publicar en su periódico que la nación expresa los valores de la República, mientras el nacionalismo significa su muerte. Lo mismo ocurre con el islamismo, que lleva a la agonía del islam, y el sionismo mesiánico, que anuncia el fin del gran sueño de Israel. Puede ser un planteamiento para la reflexión, y debiera ser así en las coordenadas de la ética política y humanística, pero contra los hechos no valen argumentos y los hechos en forma de sondeos han situado las pasadas semanas al Frente Nacional de Marine Le Pen como el partido más votado en las próximas europeas del 5 de mayo, con el 24% de los sufragios, muy por delante de los socialistas, con un 19%.
El ministro de Interior, Manuel Valls, el más popular del Gobierno, salió por pueblos y ciudades a neutralizar las acusaciones de Marine Le Pen, que acusaban al Gobierno de laxismo y buenismo. El ministro Valls hacía unos discursos muy simples aludiendo a los gitanos y a otras minorías de la marginación: “Su cultura es muy distinta de la nuestra. No se quieren integrar. La única solución es devolverlos a sus países”. Advertía también de que Francia vetaría moverse libremente en el espacio de Shengen a búlgaros y rumanos, lo que contribuyó a tensar más la situación.
En esta atmósfera avinagrada se produjo la expulsión de Lorenza Dubrani, junto a toda su familia, a Kosovo. Ninguna expulsión de familias de etnias marginales, sin permiso de residencia en Francia, había causado la indignación y la repulsa que produjo esta, por la singularidad de las circunstancias en que se produjo. La policía detuvo a la niña para llevarla al avión que la conduciría a Mitrovica cuando estaba de excursión con los compañeros de colegio en una actividad escolar. Lo que contradecía la afirmación de Valls sosteniendo que no se quieren integrar. ¿Qué mejor signo de voluntad integradora qué acudir a la enseñanza reglada de un colegio? Los colegios debieran ser en la actualidad lo que fueron las iglesias en la Edad Media, lugares de refugio de perseguidos.
Este hecho le dio al caso una proyección pública que dividió al Gobierno, tanto que tuvo que intervenir el presidente François Hollande para apaciguar las aguas sin conseguirlo del todo. El presidente de la Asamblea Nacional, Claude Bartolone, pidió el regreso de la familia porque la expulsión traicionaba los valores de la izquierda; las ministras de Vivienda, Cécile Duflot, y de Justicia, Christiane Taubira, a la que los de Le Pen califican de simio por ser negra, algo que también ocurre en Italia con la ministra de Igualdad, se sienten incómodas con la rigidez de Valls por considerar que lesiona los principios republicanos.
En primer lugar, Francia.
La intervención de Hollande se movió en la incertidumbre entre dos aguas, las de la generosidad y la justicia: autorizaría a la niña a regresar para seguir las clases en su colegio francés, pero no la de sus padres y hermanos, cuya expulsión se había realizado conforme a la legalidad vigente, al igual que la de Leonarda, pero con ella se habían quebrantado normas elementales de sensibilidad. Como era de prever, la niña se negó a volver a Francia si no era con sus padres y hermanos, que también estaban escolarizados.
Valls siguió apareciendo en los medios para decir que su política era la del presidente y que lo importante no era él, lo importante era Francia. Algunas opiniones situaban por un lado al miserable Manuel Valls y enfrente a los gentiles kosovares, pero las cosas no eran tan simples. El padre, Resat Dibrani, no procedía de Kosovo, como había manifestado, sino de Italia. La familia tenía sus raíces allí, desde donde salió para Francia durante la represión contra los gitanos de 2008, en uno de los Gobiernos de Berlusconi. En la familia se comunican en italiano.
Los últimos sondeos indican que el prestigio de Valls sube como la espuma: el 89% de los votantes de la derecha aprueba su gestión y los socialistas la apoyan con el 68%. Un verdadero lío, los socialistas quieren frenar a la extrema derecha con gestos políticos muy duros. Una buena parte de los franceses identifica inseguridad con emigración, asumiendo el discurso de la extrema derecha. Lo acaban de dejar muy claro en las elecciones cantonales de Bignoles, un pueblo de los alrededores de Marsella con altas tasas de paro y un número importante de emigrantes. Venció el candidato del Frente Nacional, Laurent López, obteniendo el 53% de los votos con un discurso claramente xenófobo. Lo curioso es que el Gobierno anterior era comunista. En Francia hay miedo, un miedo profundo a las oleadas de emigrantes que puedan llegar y a los que ya están dentro que no terminan de integrarse, y cada día se revela con más virulencia. En esta áspera coyuntura son muchos los franceses que consideran que se está perdiendo la identidad francesa, sus esencias históricas, y Marine Le Pen se presenta como la protectora de esas esencias. Hay miedo. Miedo a las oleadas de una emigración incontrolada.
Política extrema.
Impresionó la tragedia de Lampedusa, pero después de manifestar la solidaridad con los muertos, apareció todo lo que hay detrás: multitudes buscando como remedio a su desesperación un refugio en Europa. Nadie estaría dispuesto, según manifiestan las encuestas, a aceptar unas leyes que permitieran llegar e instalarse en Francia sin trabas ni impedimentos. En este caldo de cultivo aparece Marine Le Pen como la mejor opositora de Hollande, con un 46%, mientras el papel de opositor de François Fillon, ex primer ministro de Nicolas Sarkozy, se sitúa en el 18%. Para confundirlo todo, llega Sarkozy y declara que el de Marine Le Pen es un discurso de extrema izquierda, ya que quiere salir del euro, de la OTAN, del mandarinato de la Unión Europea, monopolizada por Angela Merkel, y suprimir el FMI.
Marine Le Pen fue acusada de simpatías con el nazismo después de un periplo junto a la extrema derecha austriaca que gira alrededor de las hitlerianas corporaciones pangermánicas. Ella respondió que no era de la extrema derecha, ya que condenaba todos los totalitarismo. Bajará los tonos extremistas de sus discursos para ampliar las bases de su electorado, aunque seguirán girando alrededor de nación, raza, cultura y el individuo final en que convergen. Malos tiempos para la tolerancia y para los valores republicanos. El problema es cómo poner fin a la alarma y el miedo que siembra la emigración y el desafío que presenta integrarlos.



