El mundo es una urna de cristal

06 / 11 / 2013 10:24 Alfonso S. Palomares
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Las revelaciones de Snowden han causado indignación en Europa, pero eso no hará que los servicios de inteligencia de Estados Unidos detengan su actividad.

El espionaje, y concretamente los espías, ha sido uno de los géneros literarios más seguidos y apasionantes de los tiempos de la Guerra Fría. Podemos decir que el mejor producto de esos tiempos de tensiones fue la creación de espías inolvidables. También las guerras, particularmente las dos guerras mundiales, han sido caldo de cultivo para esos héroes de la oscuridad mitificados. Hombres y mujeres buscando un documento que había que copiar exponiendo la vida. Tratando de encontrar el momento oportuno para envenenar el té y matar a otro espía para salvar al primer ministro. Conrad, Le Carré y Graham Greene nos dejaron una gama de espías de lo más variado. Horas y horas escuchando teléfonos pinchados daban frutos dudosos.

Las nuevas tecnologías que circulan por Internet han revolucionado el mundo de los espías. Ahora una sola persona, un muchacho de 30 años de Carolina del Norte que trabajó tres o cuatro años como consultor de la CIA y para la NSA (siglas en inglés de la Agencia de Seguridad Nacional), ha abierto en canal él solito los complejos recintos informáticos donde se almacenaba el producto del espionaje a los grandes mandatarios y sobre temas sensibles. Este muchacho, Edward Snowden, no tuvo que utilizar camiones o aviones de carga para transportar tanta información, le bastó poco más de una maleta y soltar sus datos tóxicos a través de dos periódicos, el inglés The Guardian y el estadounidense The Washington Post. En diversas entregas, hay que mantener el suspense, ha ido dosificando la información y por ahora vemos que afectaban a la mayoría de los países y de líderes muy significados, principalmente europeos. El escándalo es mayúsculo.

Resulta curioso que una sola persona pueda sacar en su equipaje el fruto del trabajo de miles de personas y de millones horas desde unos nidos de espías tan significados como la CIA y la NSA. Todos vivimos en una urna de cristal transparente, las personas y las instituciones clave de los países espiados, que de Europa son todos, y ya no digo Irán, Irak, Afganistán u organizaciones terroristas como Al Qaeda. Pero ahora resulta que las entrañas de la CIA y de la NSA también se han convertido en urnas de cristal y sabemos lo que miran y lo que escuchan.

Razones éticas.

Fue el pasado mes de mayo cuando Edward Snowden dio el gran paso. Trabajaba para el contratista de defensa Booz Hamilton como administrador de sistemas, en la oficina de la NSA en Hawai, ganaba 200.000 dólares (145.000 euros) y vivía con su novia una vida cómoda. Decidió romper con todo y contar al mundo los atropellos del espionaje estadounidense. Tras un viaje rocambolesco recaló en Moscú, donde después de unos días inciertos le acogió Putin.

Para EEUU Snowden es responsable de un crimen de alta traición y, si cae en manos de la Justicia de ese país, su futuro sería todo menos agradable. Para justificar las filtraciones, Snowden ha dado razones éticas cuyo objetivo es destruir la vigilancia selectiva e indiscriminada sobre los ciudadanos de medio mundo: “No quiero vivir en un mundo donde se registra todo lo que hago y digo. Permitir al Gobierno de Estados Unidos destruir la privacidad, la libertad en Internet y las libertades básicas de la gente de todo el mundo con esta gigantesca maquinaria de vigilancia que están construyendo en secreto es algo contra lo que tengo que luchar”. Tanto The Guardian como The Washington Post le ofrecieron mantener en secreto su fuente, pero Snowden se negó, diciendo que no tenía nada que esconder: “Quiero que sepan que soy yo, porque yo no he hecho nada malo, sino todo lo contrario”, ha dicho.

Cuando empezaron a salir nombres tan importantes como el de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, y el de la canciller alemana, Angela Merkel, la cosa comenzó a alcanzar un clima preocupante, que fue a más al saber que también habían sido espiados tres docenas de jefes de Gobierno y de los responsables de las instituciones clave en los distintos países. En plena polémica, Rousseff tenía programado un encuentro con Barack Obama y lo anuló, pero en su discurso en la Asamblea General de la ONU planteó abiertamente el tema: “Luché contra la censura y no puedo dejar de defender ahora el derecho a la privacidad de los individuos y la soberanía de mi país. Sin el derecho a la privacidad no existe verdadera libertad de expresión y opinión y no existe verdadera democracia”.

Merkel, aunque procura controlarse, está fuera de sí. Dicen que repasa las conversaciones y los SMS que ha enviado por el móvil y se la llevan los demonios pensando que conocían esas confidencias y órdenes en los santuarios de los servicios secretos y no se sabe qué políticos las conocían también. ¿Era Obama uno de los seguidores de las charlas y las decisiones de Merkel? Él lo niega, dice que desconocía que siguieran el teléfono de la canciller ¿Qué va a decir? De momento se ha roto entre ellos la lealtad y la confianza. ¿Cuál será el significado de estas rupturas? Lo seguiremos viendo.

Para justificar un espionaje tan masivo los norteamericanos apelan a la seguridad, y dicen que han actuado con gran equilibrio al invadir el derecho a la privacidad para conseguir la seguridad. Uno de los primeros gestos que hizo Barack Obama para consumo interno fue manifestar su confianza en el general Keith Alexander, director de la NSA. Diversos portavoces de las instituciones de Estados Unidos han manifestado que todo el mundo espía, pero también es mala suerte que a ellos siempre les cojan con el carrito del helado. Primero fue WikiLeaks, que reveló los informes secretos de sus embajadores y responsables diplomáticos al Departamento de Estado; después el soldado Manning, otro joven informático de las Fuerzas Armadas, dio a conocer las estrategias del Pentágono en las guerras de Afganistán e Irak. Todo el mundo está convencido de que los grandes países espían, nosotros mismos tenemos un centro de espionaje al que se le dedican notables recursos, pero hasta ahora desde China, Moscú o Bruselas no han salido casos clamorosos como estos de Estados Unidos.

Al seguir analizando este vidrioso asunto, hay que tener en cuenta que en  Estados Unidos no se le presta demasiada atención al ruido de los europeos rasgándose las vestiduras. No hay debate político interno, ya que los republicanos y su núcleo duro, el Tea Party, apoyan a los servicios secretos y tienen a la seguridad como un factor prioritario, confían ciegamente en sus servicios de inteligencia. Por esto no van a atacar a Obama, a no ser que encontraran algo muy concreto para desgastarle. Conviene saber que el espionaje no se refiere únicamente a asuntos de terrorismo, también hay espionaje industrial, comercial, tecnológico, de materias primas y un largo etcétera.

Pedir explicaciones.

En el bucle del espionaje estadounidense, a través del programa Prisma, están el Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Son los cinco ojos que también nos miran. El eje París-Berlín es el que ha manifestado mayor indignación y ya veremos si plantea represalias serias y de qué tipo. Una decena de miembros de la Eurocámara se ha trasladado a Washington en busca de información y explicaciones, y han sido recibidos por personajes menores que no les han dado ninguna información y que no se han salido del guion de la seguridad, diciéndoles que esos programas habían salvado muchas vidas, no solo de norteamericanos sino también de europeos.

La pregunta que nos hacemos es: ¿cambiará Estados Unidos sus servicios secretos? ¿Dejará de espiar? La respuesta es un redondo no, nadie podrá neutralizar a los servicios secretos, ni el presidente. Son una fuerza por sí mismos y querida por la ciudadanía. Seguirán espiando, aunque dicen que espiarán menos de lo que pueden. Con algo hay que consolarse. Si, como dicen, nos espiaron, los gritos de Mariano Rajoy no pasarán de los primeros árboles del bosque y Rubalcaba no pasará del “sienta mal que te engañen”. Todo seguirá igual, salvo matices.

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