Un nUEvo amanecer
Finalmente, se palpa algo bueno en el aire.
La Unión Europea comenzará 2018 en el ambiente más prometedor en diez años. La alegría, todavía frágil, tiene varias causas: un auge económico que ha llevado a Europa a superar a Estados Unidos, la lejanía del recuerdo de la migración y otras crisis, y la presencia tranquilizadora de Angela Merkel, ya en su cuarto mandato y, presumiblemente, el último como canciller de Alemania. Las energías de la Unión Europea han sido restauradas gracias a la elección de Emmanuel Macron, el fervientemente proeuropeo presidente de Francia, y a la sensación de que la marea de populismo euroescéptico ha llegado a su fin. Por primera vez en años, hay un olorcillo optimista en el aire.
Dos formas de expresar ese optimismo: una agenda enérgica centrada en la integración y el crecimiento; y, bajo la tutela de Macron, otra más proteccionista para desactivar el populismo. La UE discutirá (y en algunos casos firmará) acuerdos con sus socios comerciales, incluidos Japón, México, Mercosur y Australia. Pero su espíritu bucanero será atemperado por lo que los eurócratas llaman “realismo”, que incluye un examen de la inversión extranjera y de las represalias contra países que discriminan a empresas europeas (piensen en China). Estos acuerdos comenzarán también en el Reino Unido, una vez abandone la UE. Se espera que la cumbre definitiva, a finales de 2018 como fecha límite, se celebre, y que su ratificación termine en marzo de 2019.
El número de migrantes y refugiados que cruzan el Mediterráneo se ha reducido, y tras las crisis de 2015-16 los líderes de la UE harán lo posible para que no resurjan. El debate sobre la distribución interna de inmigrantes debería resolverse, siempre que los países recalcitrantes acuerden reasentar un número simbólico de refugiados de África y Oriente Próximo. Sin embargo, la calma relativa en este frente no aliviará algunas de las más profundas fracturas de la Unión Europea. El problema catalán es uno de los más destacados (ver el siguiente artículo). El resto de la UE esperará a que los Gobiernos de Madrid y Barcelona firmen una paz sin mediación, pero puede que tengan que intervenir si el conflicto persiste y se recrudece.


