Política de dos velocidades

08 / 01 / 2018 Adrian Wooldridge
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Atención especial al ritmo lento.

La política británica tendrá en 2018 dos únicas velocidades: prestissimo (muy rápida) y piano (lenta). La primera será el ritmo de repetidas crisis, cuando los ministros amenacen con dimitir y el Gobierno pierda votos clave en la Cámara de los Comunes y, quizá, la leve pero real posibilidad de que los conservadores entreguen su último aliento y la primera ministra convoque nuevas elecciones. Pero la política de mayor trascendencia será la que se dé en un tempo mucho más lento: las difíciles decisiones que habrán de tomar las administraciones y la complicada legislación que tienen por delante los responsables de los partidos políticos.

La principal razón de la división temporal en el Reino Unido es, por supuesto, el brexit, cuya negociación exigirá duras decisiones que provocarán crisis políticas. Hay bastantes posibilidades de que un importante representante político renuncie, dadas las divisiones en el seno del Partido Conservador entre los que quieren abandonar el mercado único rápidamente y los que quieren ocultarlo el mayor tiempo posible. Incluso si los periódicos no se dan el gusto de una espectacular dimisión, siempre les quedará un buen par de historias sobre rencillas de gabinete. Cuanto más cerca de marzo de 2019, fecha límite para la salida definitiva de Reino Unido de la Unión Europea, más agitada será la música política.

Sin embargo, la negociación será lenta, meticulosa y, sobre todo, opaca. David Davis, secretario del brexit del Reino Unido, y Michel Barnier, negociador principal de la Unión, pasarán mucho tiempo bloqueados en glaciales discusiones sobre detalles que parecen pequeños a la mayoría de la gente, pero que tendrán grandes consecuencias a largo plazo. Habrá una brecha entre lo que la prensa destaque y lo que realmente importa. Las irrelevantes disputas de gabinete generarán grandes titulares (y quizá alguna crisis política real). Mientras tanto, los resultados de las vitales aunque lóbregas guerras diplomáticas serán ignorados.

Hay dos razones para la histeria. La primera es que Theresa May es líder de un Gobierno en minoría. En 2017, May decidió celebrar elecciones (que supusieron la suspensión de la ley sobre la duración parlamentaria) porque pensaba que necesitaba una clara mayoría para impulsar la polémica legislación sobre el brexit y el proyecto de ley para trasladar las normas europeas a las leyes británicas. Gracias a su desastroso resultado electoral, ahora ya sabe que tiene que contar con el pequeño Partido Unionista Democrático de Irlanda del Norte para gobernar.

Todo esto devolverá el Parlamento al centro de la política británica después de un largo periodo en el que el número 10 de Downing Street ha estado en alza. Sin una mayoría, el látigo de los conservadores tendrá que hacer horas extras para mantener a raya a sus diputados. Los tories sin cargo oficial tendrán más poder del que han tenido nunca desde 1990. El Partido Laborista participará en las maniobras parlamentarias para poner a prueba el débil mandato de May. Sin embargo, el Gobierno logrará sus objetivos, maquinando acuerdos, impulsando proyectos de ley y preparando el terreno legislativo para la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Los riesgos de salir de la UE sin las leyes necesarias en orden serán suficientes para imponer disciplina en la más desordenada de las Cámaras.

La otra razón para el barullo que viene es que los tories han estado en el Gobierno mucho tiempo, como el partido principal en una coalición de 2010 a 2015 y por propios méritos desde 2015. Todos los Gobiernos de larga duración son como ollas a presión: la gente a la que dejan de lado acaba perdiendo la paciencia.

Este efecto es particularmente negativo en el Gobierno de Theresa May. Jacob Rees-Mogg es solo el más pintoresco de los diputados que se ha cansado de languidecer en su escaño. El partido tiene parlamentarios con talento que ganaron sus escaños en 2010 o 2015 y se sienten desplazados por viejos miembros del Gabinete que han cometido enormes errores (May tenía 60 años cuando se convirtió en primera ministra, mientras que su predecesor, David Cameron, 44). Las ollas a presión producen explosiones cada cierto tiempo, pero la razón está en la lenta acumulación de vapor.

Fuera del Gobierno, el otro gran tema político también será tocadolento: la preparación de Jeremy Corbin para el poder. Corbyn consolidará su posición entre los laboristas y un férreo control sobre los órganos de poder, como el Comité Ejecutivo Nacional. Grupos extraparlamentarios como Momentum usarán presión (amenazas de deselecciones) y paciencia (quedarse mucho tiempo en cada reunión) para regularizar las circunscripciones locales de los diputados. 

Gobierno en la sombra

Corbyn también dirigirá una campaña permanente, con concentraciones en los distritos marginales de los tories, como el de Hastings de Amber Rudd, ministra del Interior, y poniendo a prueba su maquinaria política. Al mismo tiempo, Corbyn presentará a los laboristas como un Gobierno en la sombra, preparando documentos políticos, acusando a los conservadores de estar en manos de los extremistas y, además, intentando ser la corriente dominante.

Corbyn ha estado cultivando el extremismo radical del Partido Laborista desde que fue elegido por primera vez en 1983, asistiendo a interminables y tediosas reuniones, chateando con extremistas monotemáticos y esperando la inevitable crisis del capitalismo. Si alguien está preparado para tratar con políticos a lo lento y a lo prestissimo, ese es Jeremy Corbyn.

Adrian Wooldridge: autor de la columna Bagehot de The Economist

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