El martirio del excombatiente
Un alto mando de las milicias libanesas, beneficiado por una amnistía, entona el mea culpa y confiesa arrepentido los horrores de la guerra.
Assaad Chaftari mira fijamente la televisión, que emite dantescas imágenes del atentado que momentos antes ha sacudido Beirut. Una periodista de un canal árabe dice que la explosión ha sido causada por dos cohetes. Chaftari la contradice: “No han sido cohetes sino un coche bomba. Se ve por la onda expansiva. Créeme, en el Líbano, después de quince años de guerra, sabemos ver la diferencia”.
Efectivamente, fue un coche bomba. Un atentado suicida, de los muchos que desde diciembre se suceden en el país. Assaad Chaftari, sin duda alguna, sabe distinguir los efectos de un cohete de los de un coche bomba. Durante buena parte de la guerra civil libanesa (1975-1990), él fue uno de los máximos responsables de los servicios de inteligencia de las temidas Fuerzas Libanesas, la principal milicia cristiana. Sus tareas incluían planear atentados, secuestros y dirigir interrogatorios con torturas a los prisioneros. “Al final del día alguien tenía que decidir si debían morir o no. Y normalmente ese alguien era yo”.
Hoy, Chaftari, a sus 59 años, toma cada mañana varias pastillas para los dolores que le aquejan. Algunos, desde que terminó la guerra. “Ningún antidepresivo. Nunca”, asegura. Tiene ojeras permanentes y el rostro triste. No regala sonrisas pero su trato es afable y tranquilo. Incluso un poco falto de energía. Solo a veces su mirada cobra una fuerza inquietante. No obstante, cuesta esfuerzo casar su imagen actual con la del carnicero que fue. Y sin embargo, fue él mismo quien en el año 2000 decidió exponerse públicamente en una carta de confesión y perdón que se publicó en los periódicos libaneses. Empezaba así: “Hoy quisiera pedir perdón. Perdón a todas las personas de quien fui verdugo o que fueron mis víctimas, tanto si
lo sabían como si no, tanto si las cono-cía como si no”.
La importancia de esa confesión y disculpa pública se comprende con un dato: 24 años después del final de la guerra civil, Chaftari sigue siendo el único en haber entonado un mea culpa entre los altos mandos de las milicias que participaron en el conflicto. Los acuerdos de paz firmados en Taif en 1989 incluían una amnistía para los crímenes cometidos durante la guerra. Tábula rasa en base al injusto lema “ni vencedores, ni vencidos”.
Su intención con la publicación de la carta era combatir la desmemoria que se apoderó del Líbano tras la guerra. Pocos días antes de hacerlo, su hijo, aún niño, regresó del colegio y le explicó que un compañero de clase le había dicho que cuando pasaba por delante de una mezquita se sentía tan asqueado que necesitaba vomitar. Fue definitivo para el excombatiente: “Era una catástrofe. La nueva generación estaba entrando en el mismo círculo en el que entramos nosotros”. Se encerró en su despacho y escribió la misiva a mano en pocos minutos.
Su proceso de cambio personal se había iniciado años antes pero lo había mantenido en secreto. Fue hacia el final de la guerra, cuando tuvo que huir de los enclaves cristianos de Beirut ya que, de un día para otro, había pasado de héroe a traidor para los suyos. Había participado en la negociación de un acuerdo de paz que era rechazado por la comunidad cristiana. En su exilio conoció una ONG de orientación religiosa, Initiatives of Change, que trabajaba por el diálogo entre bandos y por una transformación social a partir del cambio personal. “Me di cuenta de que era un farsante, un asesino y un pecador”, sentencia.
La ley del silencio.
Tras su confesión pública, Chaftari comenzó a ayudar a personas con familiares desaparecidos. A su manera y con sus condiciones: solo en aquellos casos sobre los que él tenía información o conocía a personas que la tenían; y siempre sin inculpar a nadie ni perjudicar a “los suyos”. Tarea difícil: “Yo daba las órdenes pero no iba al bosque y lo hacía. Eso dependía de estamentos inferiores”. Y añade: “Es difícil descubrir nada cuando estás solo y haces frente a la omertá: todo el mundo tiene miedo”. En el Líbano, aún hay más de 17.000 desaparecidos de la guerra civil, pero el Gobierno no ha tomado ninguna iniciativa efectiva para esclarecer su destino. Las organizaciones de la sociedad civil lideran el proceso.
Tras la guerra, tampoco hubo comisiones de la verdad y la reconciliación, ni justicia, ni se trabajó una memoria común. Acabaron los enfrentamientos y abruptamente volvió la vida normal, a la fuerza, sin tiempo para curar las heridas, hacer el duelo o intentar comprender, colectivamente, qué había pasado y por qué. Se tenía que pasar página, en parte porque los señores de la guerra debían seguir gobernando el país y no les interesaba remover el pasado. En parte, también, porque la sociedad, “avergonzada” y “traumatizada” pero orgullosa, lo prefería. “Toda la suciedad se escondió debajo de la alfombra. (…) No hemos olvidado ni perdonado. Solo lo hemos aparcado todo para poder sacarlo cuando nos convenga”.
Como un niño asustado.
La desaparición forzada es un delito que no prescribe, se renueva a diario como el dolor de los familiares. Por ello, las víctimas exigen a Chaftari que les ayude con lo que sabe y cuando él calla, desconfían de su silencio. En 2012, Chaftari protagonizó el documental Sleepless nights junto a Maryam, la madre de un combatiente comunista de 16 años desaparecido en 1982. En un momento de la película, Chaftari y Maryam se encuentran en una exposición sobre desaparecidos. En una fría y gris nave industrial, entre grandes retratos en blanco y negro, ella empieza a reclamarle a gritos que le diga dónde está su hijo con llantos desesperados. Él mira el suelo, al lado, como un niño asustado. No se mueve. Vulnerable. Solo. La directora, Eliane Raheb, que ha provocado la situación, la graba sin intervenir. Chaftari se expone una y otra vez, como si se tratara de un martirio que le absuelva ante Dios. “He hecho todo lo que podía para redimirme”, asegurará en un momento de la entrevista. Ante el silencio general pactado, su paso adelante le ha convertido para muchos en chivo expiatorio de todos los horrores. “Mucha gente me odia. Otros me tienen miedo, por lo que podría decir. (…) Me siento cansado, lo dejaría correr”. Y confiesa: “Las noches pueden ser largas y difíciles. Las imágenes vuelven delante de ti”. Su principal labor, más allá de su trabajo en comercio, es la promoción de una cultura de paz a través de conferencias y charlas, especialmente con jóvenes: “Para ellos la guerra es una película, un videojuego donde cada vez que pierden o mueren pueden recomenzar; donde ellos matan pero no huelen la sangre”.
Todos contra todos.
Pese a sus críticas al proceso de paz, el mismo Chaftari se benefició de la amnistía que se otorgaron los hoy líderes políticos. “No es justa la amnistía –consiente–. Pero creo que el Líbano es un caso un poco diferente porque todos lucharon contra todos. No había dos ejércitos enfrentados, y cualquier joven en la calle podía hacer cosas peores que sus líderes. Sin órdenes. Todo el mundo cometía atrocidades. (…) No creo que anular la amnistía sea viable”.
La férrea voluntad de Chaftari proviene, en gran medida, de su convicción religiosa, pese a que en el Líbano la religión vaya más allá de unos valores o una espiritualidad, para ser una seña de identidad comunitaria, que constriñe a las personas, las divide e incluso las enfrenta. “Es extraño –reflexiona Chaftari–, durante mi juventud yo creía ser un buen cristiano y ahora también intento serlo. Pero de joven, lo que creía que era la voz de Dios era la voz de mis instintos, eran los tambores de guerra de mi comunidad”.
“Nunca imaginé que un día cogería un arma para matar a alguien”, recuerda. “Pero empecé a escuchar comentarios sobre los otros, que para mí eran los musulmanes. Al principio no los tomas en serio pero después vienen tan naturales que empiezas a pensar que son verdad. Después vino la vida política y empecé a oír posiciones conforme a las cuales para los musulmanes el Líbano no era un fin sino que su objetivo era una nación islámica global. Yo, en cambio quería un Líbano de estilo occidental. Así empecé a temer a los musulmanes, y a los palestinos, porque querían derrocar el régimen cristiano. Se convirtieron en el enemigo”.
Chaftari es a la vez verdugo y víctima. Víctima de un sistema sectario que alimentó miedos y odios, que deshumanizó al diferente hasta crear monstruos como él mismo. Los destruyó para siempre. Como a Maryam, cuya vida se paró el día que su hijo adolescente desapareció. Treinta y nueve años después, la sociedad libanesa sigue tambaleándose, con nuevas divisiones sectarias. Obviamente, no es una sociedad homogénea. Hay miles de personas que luchan: contra el sistema sectario, contra la destrucción de la memoria, por la justicia, por una sociedad más igualitaria. Pero la guerra en Siria, los enfrentamientos en la norteña ciudad de Trípoli, los atentados, la masiva llegada de refugiados, la mala situación económica y la debilidad del Estado han crispado los ánimos y reavivado miedos y odios latentes. El temor a una nueva contienda civil está presente.
Sin embargo, Chaftari espera que en esta ocasión la experiencia sirva: “Ahora conocemos lo que significa una guerra civil. Antes no sabíamos que nos encaminábamos hacia ella, la alcanzamos gota a gota. Esto debería ayudar”. Él va a contribuir en lo que pueda. Assaad Chaftari, excombatiente, exasesino, arrepentido y confeso, seguirá explicando a quien le quiera escuchar que el olor de la sangre permanece y que cuando uno muere, en todas las formas posibles, es para siempre.



