El día que el Papa se metió a cura

27 / 03 / 2013 10:44 Tiempo
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El papa Francisco, así se llama el libro que dos periodistas han escrito con la transcripción de una extensa charla que mantuvieron con Jorge Mario Bergoglio en el año 2010. Tiempo publica el capítulo cuatro, donde habla de cómo le llegó la vocación religiosa y tomó la decisión de ir al seminario.

Fue para él una gracia muy grande que sobrevino de forma imprevista.

Era 21 de septiembre y, al igual que muchos jóvenes, Jorge Bergoglio –que rondaba los 17 años– se preparaba para salir a festejar el Día del estudiante con sus compañeros. Pero decidió arrancar la jornada visitando su parroquia. Era un católico practicante que frecuentaba la iglesia porteña de San José de Flores. Cuando llegó, se encontró con un sacerdote que no conocía y que le transmitió una gran espiritualidad, por lo que decidió confesarse con él. Grande fue su sorpresa al comprobar que no había sido una confesión más, sino una confesión que despabiló su fe. Que le permitió descubrir su vocación religiosa, al punto que resolvió no ir a la estación de tren a encontrarse con sus amigos y volver a su casa con una firme convicción: quería... tenía que ser sacerdote.

“En esa confesión me pasó algo raro, no sé qué fue, pero me cambió la vida; yo diría que me sorprendieron con la guardia baja”, evoca más de medio siglo después. En verdad, Bergoglio tiene hoy su interpretación de aquella perplejidad:

“Fue la sorpresa, el estupor de un encuentro; me di cuenta –dice– de que me estaban esperando. Eso es la experiencia religiosa: el estupor de encontrarse con alguien que te está esperando. Desde ese momento para mí, Dios es el que te primerea. Uno lo está buscando, pero Él te busca primero. Uno quiere encontrarlo, pero Él nos encuentra primero”, y agrega que no fue solo el “estupor del encuentro” lo que destapó su vocación religiosa, sino el modo misericordioso con el que Dios lo interpeló, modo que se convertiría, con el correr del tiempo, en fuente de inspiración de su ministerio.

No obstante, su ingreso al seminario no fue inmediato.

“El tema se cerró ahí”, aclara, porque después completó sus estudios secundarios y siguió trabajando en el laboratorio de análisis bromatológico, sin hablar con nadie de su determinación. Aunque estaba seguro de su vocación religiosa, vivió en los años siguientes una crisis de maduración que lo llevó a pasar por momentos de soledad. Bergoglio dice que era una “soledad pasiva”, o sea, que se sufre aparentemente sin motivo, o por una crisis o una pérdida, a diferencia de la “soledad activa”, que se siente frente a decisiones trascendentales.

Aquella experiencia le enseñó a convivir con la soledad. Finalmente, a los 21 años, decidió entrar al seminario y terminó optando por el de los jesuitas.

–¿Por qué eligió ser sacerdote jesuita?

–En realidad, no tenía muy claro hacia dónde rumbear. Lo que estaba claro era mi vocación religiosa. Al final, después de pasar por el seminario arquidiocesano de Buenos Aires, entré a la Compañía de Jesús atraído por su condición de fuerza de avanzada de la Iglesia, hablando en lenguaje castrense, desarrollada con obediencia y disciplina. Y por estar orientada a la tarea misionera. Con el tiempo, me surgieron ganas de ir a misionar a Japón, donde los jesuitas realizan una obra muy importante desde siempre. Pero, por el severo problema de salud que traía desde mi juventud, no fui autorizado. Unos cuantos se habrían salvado de mí acá si me hubieran enviado allá... ¿no? [Risas]

–¿Cómo reaccionó su familia cuando le dijo que quería ser sacerdote?

–Primero se lo dije a mi papá y le pareció muy bien. Más aún: se sintió feliz. Solo me preguntó si estaba realmente seguro de la decisión. Él después se lo dijo a mi mamá que, como buena madre, había empezado a presentirlo. Pero la reacción de ella fue diferente. “No sé, yo no te veo... Tenés que esperar un poco... Sos el mayor... Seguí trabajando... Terminá la facultad”, me dijo. La verdad es que la vieja se enojó mal.

–Hay que reconocer que usted no se equivocó al elegir a cuál de los dos le daría primero la noticia...

–Seguramente me di cuenta de que mi papá me iba a comprender más. Es que su madre era una referencia religiosa muy fuerte y él había heredado esa religiosidad, esa fortaleza, junto con el dolor grande por el desarraigo. Entonces, lo pudo vivir con alegría. En cambio, mi mamá lo vivió como un despojo.

–¿Qué pasó después?

–Cuando entré al seminario mamá no me acompañó, no quiso ir. Durante años no aceptó mi decisión. No estábamos peleados. Solo que yo iba a casa, pero ella no iba al seminario. Cuando finalmente la aceptó, lo hizo poniendo cierta distancia. En el noviciado, en Córdoba, venía a visitarme. ¡Ojo!: ella era una mujer religiosa, practicante, pero consideraba que todo había sucedido demasiado rápido, que era una decisión que requería mucho tiempo de maduración. Pero era coherente: recuerdo verla de rodillas delante mío al finalizar la ceremonia de la ordenación sacerdotal pidiéndome la bendición.

–Tal vez, pensó que no era lo suyo... Que no iba a llegar lejos...

–No sé. Lo que sí me acuerdo es que cuando se lo dije a mi abuela, que ya lo sabía y se hizo la desentendida, me respondió: “Bueno, si Dios te llama, bendito sea”. E inmediatamente agregó: “Por favor, no te olvides que las puertas de la casa están siempre abiertas y que nadie te va a reprochar nada si decidís volver”. Esa actitud, que hoy denominaríamos contenedora frente a alguien que se apresta a pasar por una prueba muy importante, me resultó una gran enseñanza para saber cómo comportarme ante personas que están por dar un paso trascendente en sus vidas.

–De todas maneras, su decisión no fue precipitada. Tardó cuatro años en entrar al seminario.

–Digamos que Dios me dio unos cuantos años de changüí. Es cierto que yo era, como toda mi familia, un católico práctico. Pero mi cabeza no estaba puesta solo en las cuestiones religiosas, porque también tenía inquietudes políticas, aunque no pasaban del plano intelectual. Leía Nuestra palabra y Propósitos, una publicación del Partido Comunista, y me encantaban todos los artículos de uno de sus conspicuos miembros y recordado hombre del mundo de la cultura, Leónidas Barletta, que me ayudaron en mi formación política. Pero nunca fui comunista.

–¿Cuánto cree que hubo de decisión suya y cuánto de “elección de Dios”?

–La vocación religiosa es una llamada de Dios ante un corazón que la está esperando consciente o inconscientemente. A mí siempre me impresionó una lectura del breviario que dice que Jesús lo miró a Mateo en una actitud que, traducida, sería algo así como “misericordiando y eligiendo”. Esa fue, precisamente, la manera en que yo sentí que Dios me miró durante aquella confesión. Y esa es la manera con la que Él me pide que siempre mire a los demás: con mucha misericordia y como si estuviera eligiéndolos para Él; no excluyendo a nadie, porque todos son elegidos para el amor de Dios. “Misericordiándolo y eligiéndolo” fue el lema de mi consagración como obispo y es uno de los pivotes de mi experiencia religiosa: el servicio para la misericordia y la elección de las personas en base a una propuesta. Propuesta que podría sintetizarse coloquialmente así: “Mirá, a vos te quieren por tu nombre, a vos te eligieron y lo único que te piden es que te dejes querer”. Ésa es la propuesta que yo recibí.

—¿Por eso usted menciona que Dios siempre primerea?

–Claro. Dios se define ante el profeta Jeremías con estas palabras: “Soy la vara del almendro”. Y el almendro es la primera flor que florece en primavera. Primerea siempre. Juan dice: “Dios nos amó primero, en esto consiste el amor, en que Dios nos amó primero”. Para mí, toda experiencia religiosa, si no tiene esa dosis de estupor, de sorpresa, de que nos ganan de mano en el amor, en la misericordia, es fría, no nos involucra totalmente; es una experiencia distante que no nos lleva al plano trascendente. Aunque, convengamos, vivir hoy esa trascendencia es difícil por el ritmo vertiginoso de la vida, la rapidez de los cambios y la falta de una mirada de largo plazo. No obstante, en la experiencia religiosa, son importantes los remansos. Siempre me impresionó lo que comenta Ricardo Güiraldes en Don Segundo Sombra: que su vida estuvo signada por el agua. Cuando era chico, semejaba un arroyito saltarín entre las piedras; cuando era un hombre, un río impetuoso; y de viejo, un remanso.

–¿Tiene alguna propuesta para la creación de esos remansos?

–Los retiros espirituales son remansos armados artificialmente, donde el ritmo diario se frena y se da lugar a la oración. ¡Ojo! Es artificial la apertura del espacio, no el retiro. Un retiro espiritual en el que hagan escuchar un cassette de behaviorismo religioso con el que se busca una estimulación para obtener una respuesta no sirve, no remansa el alma. El encuentro con Dios tiene que ir surgiendo desde adentro. Debo ponerme en la presencia de Dios y, ayudado por su Palabra, ir progresando en lo que Él quiera. Lo que está en el fondo de todo esto es la cuestión de la oración, que es uno de los puntos que, en mi opinión, hay que abordar con mayor valentía.

–La falta de remansos, ¿es solo un problema de falta de tiempo o también de que el creyente relega su necesidad espiritual?

–La relega hasta que uno pisa una cáscara de banana y se cae sentado. Que una enfermedad, que una crisis, que una desilusión, que algo que yo tenía planeado desde mi exitismo y no funcionó... Recuerdo un episodio que presencié en un aeropuerto y que me dejó muy triste. Sucedió en ese momento en que todos los pasajeros, los de la clase turista y los de primera, se confunden delante de la cinta transportadora esperando las valijas. Es un momento en el que todos somos iguales y todos estamos esperando algo, porque la cinta nos iguala. De pronto, uno de los viajeros, que era un conocido empresario entrado en años, comenzó a ponerse impaciente, pues su valija tardaba. No disimulaba para nada su fastidio y ponía cara como diciendo “ustedes no saben quién soy yo como para tener que estar esperando como cualquier hijo de vecino”. Lo primero que me sorprendió es que una persona mayor se vuelva impaciente.

–Los jóvenes, que tienen toda la vida por delante, suelen ser los más impacientes...

–Como sabía la vida que llevaba, de su anhelo de querer repetir el mito del Doctor Fausto, de no querer bajarse del caballo de los 30 años, me quedé triste frente a esa persona que no supo aprovechar la sapiencia de la vejez. Que en vez de añejarse, como el buen vino, se picó como el malo. Me quedé triste, en fin, al ver a alguien con tantos éxitos, pero con un fracaso esencial. Que puede tener todo, vivir en la abundancia, disponer de todos los timbres y, a la vez, ponerse tan mal por la demora en la llegada de su valija. En el fondo es alguien solo, que forma parte del grupo de personas a las que el Señor les da la posibilidad de ser felices en Él y con Él, sin ser cura o monja, y que, por hacer girar la vida alrededor de sí mismos, llegan a ser vino picado en lugar de vino añejo. La imagen del vino añejo a mí me sirve mucho como metáfora para referirme a la madurez religiosa y la madurez humana, ya que van juntas. Si uno en lo humano se queda en la etapa de la adolescencia, en la dimensión religiosa sucede lo mismo.

–¿Cómo debe ser para usted la experiencia de orar?

–A mi juicio debe ser, de cierta manera, una experiencia de claudicación, de entrega, donde todo nuestro ser entre en la presencia de Dios. Es allí donde se producirá el diálogo, la escucha, la transformación. Mirar a Dios, pero sobre todo sentirse mirado por Él. En ocasiones la experiencia religiosa en la oración se produce, en mi caso, cuando rezo vocalmente el Rosario o los salmos. O cuando celebro con mucho gozo la Eucaristía. Pero cuando más vivo la experiencia religiosa es en el momento en que me pongo, a tiempo indefinido, delante del sagrario. A veces me duermo sentado dejándome mirar. Siento como si estuviera en manos de otro, como si Dios me estuviese tomando la mano. Creo que hay que llegar a la alteridad trascendente del Señor, que es Señor de todo, pero que respeta siempre nuestra libertad.

–¿Cómo examina su vida y su ministerio delante de Dios?

–No quiero mandarme la parte, pero la verdad es que soy un pecador a quien la misericordia de Dios amó de una manera privilegiada. Desde joven, la vida me puso en cargos de gobierno, recién ordenado sacerdote fui designado maestro de novicios, y dos años y medio después, provincial, y tuve que ir aprendiendo sobre la marcha, a partir de mis errores porque, eso sí, errores cometí a montones. Errores y pecados. Sería falso de mi parte decir que hoy en día pido perdón por los pecados y las ofensas que pudiera haber cometido. Hoy pido perdón por los pecados y las ofensas que efectivamente cometí.

–¿Qué es lo que más se reprocha?

–Lo que más me duele es no haber sido muchas veces comprensivo y ecuánime. En la oración de la mañana, en el momento de las peticiones, pido ser comprensivo y ecuánime, y después sigo pidiendo un montón de cosas más que tienen que ver con las defecciones en mi andar. Es que quiero transitar por la misericordia, por la bondad interpretativa. Pero, insisto, siempre fui querido por Dios, que me levantó de mis caídas a lo largo del camino, me ayudó a transitarlo, sobre todo en las etapas más duras, y así fui aprendiendo. En ciertas oportunidades al encarar un problema, me equivoco, actúo mal y tengo que volver atrás y disculparme. Con todo, eso me hace bien, porque me ayuda a comprender las equivocaciones de los demás.

–Alguien puede pensar que un creyente que llega a cardenal tiene las cosas muy claras...

–No es cierto. No tengo todas las respuestas. Ni tampoco todas las preguntas. Siempre me planteo más preguntas, siempre surgen preguntas nuevas. Pero las respuestas hay que ir elaborándolas frente a las distintas situaciones y también esperándolas. Confieso que, en general, por mi temperamento, la primera respuesta que me surge es equivocada. Frente a una situación, lo primero que se me ocurre es lo que no hay que hacer. Es curioso, pero me sucede así. A raíz de ello aprendí a desconfiar de la primera reacción. Ya más tranquilo, después de pasar por el crisol de la soledad, voy acercándome a lo que hay que hacer. Pero de la soledad de las decisiones no se salva nadie. Se puede pedir un consejo, pero, a la larga, es uno el que tiene que decidir y se puede hacer mucho daño con las decisiones que se toman. Uno puede ser muy injusto. Por eso es tan importante encomendarse a Dios.

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