El bautismo de fuego de Alexis Tsipras

02 / 03 / 2015 Alfonso S. Palomares
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Bruselas vigilará de cerca el cumplimiento de los acuerdos alcanzados con Grecia hasta junio, en que se negociará un nuevo rescate. El drama sigue.

En el Ágora de Atenas se representaron todas las escenas que agitan la condición humana, desde la lírica a la tragedia, desde el drama a la comedia. La riqueza y la miseria tuvieron allí también su escenario. Tampoco faltó el esperpento. Ahora, los griegos están padeciendo un drama cotidiano derivado de los muchos errores de sus políticos y de un sistema dominado por la corrupción y la mentira. Dos familias, los Papandreu y los Karamanlis, dominaron durante 40 años la escena política alternándose en el poder, alrededor de ellos una amplia minoría de privilegiados controlaban la economía y las finanzas. Para pasar la aduana de la entrada en el euro, el Gobierno de derechas de Nueva Democracia falsificó las cifras y después vino todo lo que ha llegado: el rescate y la imposición de unas políticas de austeridad que empeoraron la situación de los sectores más pobres, y la miseria se instaló en la vida cotidiana de la cuarta parte de los ciudadanos. Los muy ricos aumentaron su riqueza. Desde Bruselas, a través de la Unión Europea y del Eurogrupo se impusieron como dogma absoluto para la salida de la crisis las políticas de austeridad diseñadas por Alemania. Los griegos vieron cómo la aplicación de estas medidas multiplicaba la pobreza en el país y cómo, a pesar de todos los sacrificios, su deuda crecía hasta que los réditos terminaron por asfixiarlos.

“¡Al infierno con el euro!”.

El pueblo griego se sintió humillado, herido y martirizado por los programas de austeridad, vividos como un castigo. En ese estado de desesperación, una buena parte de los habitantes, especialmente los jóvenes (que sufren una tasa de paro del 60% y carecen de horizontes de futuro) llegaron a maldecir el euro. ¡Que se vaya al infierno!, llegaron a gritar en las manifestaciones que recorrieron las calles de las ciudades del país. “Vivieron por encima de sus posibilidades”, es la frase con la que en ocasiones se resumen las causas del mal e incluso algunos se flagelan diciendo: “Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Hace unos días, una chica a la que presentaron como Andrea, universitaria de 23 años, declaraba a varios periodistas de distintas televisiones en la plaza Sintagma de Atenas: “Vivieron por encima de nuestras posibilidades y lo peor es que una minoría sigue viviendo por encima de nuestras posibilidades. La desigualdad es la verdadera tragedia griega”.

Las sensaciones y las vivencias de los griegos estaban abonadas para escuchar el programa de Syriza, desgranado por su líder, Alexis Tsipras, y todos los dirigentes de la formación. Nadie analizó la posibilidad de llevarlo a la práctica, ni si había mastines custodiando el templo sagrado de la austeridad. Tsipras les prometió que la Troika no volvería a poner los pies en Grecia; que el diseño de la gestión económica se haría desde Atenas; que el salario mínimo subiría hasta los 751 euros; que se mantendrían las pensiones; que no subirían el IVA y en cambio sí subirían los impuestos a los más ricos al tiempo que lucharían contra el fraude fiscal; que darían cobertura sanitaria y electricidad a los más pobres, además de otras medidas para impulsar el crecimiento económico. Syriza habló también sobre la quita de una parte de la deuda y el pago del resto cuando resolvieran la crisis humanitaria. Al final de la campaña la formación dejó de insistir en la idea de la quita: aceptaba pagar toda la deuda, pero después de resolver las emergencias humanitarias. Explicaba también que Samaras, el líder de Nueva Democracia, tampoco podría pagar la deuda griega, el 177% del PIB, por mucho que lo dijera y prometiera, para lograrlo tendría que crecer a un 7% hasta el año 2030, algo absolutamente imposible en el marco de las políticas de una austeridad restrictiva.

Las urnas arrojaron una victoria contundente de Syriza, a dos escaños de la mayoría absoluta. Grecia fue una fiesta. El país vivió una fiebre de ilusión y esperanza, ignorando que era un espejismo. El nuevo primer ministro Alexis Tsipras y su ministro de Finanzas, Yanis Varufakis, visitaron varias capitales europeas exponiendo sus planteamientos para la salida de la crisis. En París y Roma les recibieron bien y les prometieron apoyo, la prensa francesa de la izquierda presionaba a favor de la ayuda a Grecia y de la búsqueda de una salida a las economías de los países del Sur que no fuera la de la austeridad. Pero cuando llegaron a Berlín el discurso cambió y los sueños comenzaron a deteriorarse.

Riesgo de quiebra.

El todopoderoso ministro que gobierna la economía alemana, Wolfgang Schäuble, le dijo a Tsipras que no debía haber hecho promesas con el dinero de otros y le recordó los plazos y que no habría prórrogas, tampoco se le entregaría el dinero acordado si no aceptaba las reformas. Desde Madrid, Lisboa y Dublín llegaban también presiones para que no se cediera con los griegos. Las arcas de Atenas estaban vacías y el país corría el riesgo de caer en una quiebra, ya que no encontraría mercados donde financiarse. ¿En el chino? No. Tsipras recibió una llamada indignada de un importante ministro de Pekín cuando anunció que iba a paralizar la privatización del puerto del Pireo, vendido a la poderosa empresa china Cosco. Tsipras llegó a la reunión del Eurogrupo del 20 de febrero en estado de extrema necesidad financiera. El debate fue intenso y la conclusión clara: si Grecia no enviaba una lista de reformas el lunes 23 para ser aprobada por el Eurogrupo, no se entregarían los 7.000 millones comprometidos como parte del rescate. Tsipras no tenía otra alternativa que aceptar. El lunes enviaría la lista.

El periódico italiano La Repubblica tituló: “Atenas ha cedido ante las exigencias del Eurogrupo”. Y el Guardian de Londres: “Grecia da el primer paso para restaurar la política de la austeridad”. “El sueño griego ha sido derrotado”, fue otro de los titulares. El ala izquierda de Syriza recibió el acuerdo con críticas aceradas. La voz que simboliza la resistencia al acuerdo es la del mítico eurodiputado Manolis Glezos, que a los 18 años retiró la bandera nazi de la Acrópolis en 1941. El Gobierno griego pasó el fin de semana redactando los puntos de sus propuestas, en consultas permanentes con Bruselas. En tiempo y forma, a última hora del lunes envió firmada por Varufakis la esperada lista.

Restablecer la confianza.

En una primera aproximación, el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, manifestó que era un buen primer paso para restablecer la confianza entre el país heleno y sus socios. Grecia presentó 12 puntos, entre los que destacaban la lucha contra la evasión fiscal y el fraude y el aumento de los impuestos a las grandes fortunas. En Grecia, las grandes fortunas y la riquísima Iglesia Ortodoxa apenas cotizan. El Gobierno griego modernizará la Hacienda y la dotará de más capacidad para aumentar las inspecciones. También anuncia la reforma del IVA. En cuanto a las privatizaciones, respetará las ya realizadas y continuará con las que están en marcha. Garantizará la prestación de los servicios públicos a las empresas privatizadas. La reforma laboral se hará de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), pero quiere mantener la subida del salario mínimo. El Ejecutivo ha reducido los ministerios de 16 a 10, y reducirá notablemente el número de asesores así como los gastos de representación.

Los griegos reservaron los últimos párrafos para las medidas humanitarias y lo hacen de manera genérica, previendo responder a las necesidades ligadas a la extrema pobreza como el acceso a los alimentos, al alojamiento y a las prestaciones sanitarias. Vigilarán para que estas medidas no tengan un efecto negativo sobre el presupuesto. En general son anuncios de principios generales, Tsipras buscaba complacer a Bruselas sin quedar mal con los ciudadanos griegos. Pero esto no es el final, desde Bruselas los observarán con lupa. Y es solo para los próximos cuatro meses, en junio tendrán que negociar un nuevo rescate. El drama sigue.

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