Dilma Rousseff, contra las cuerdas

25 / 03 / 2015 Alfonso S. Palomares
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El deterioro de la situación económica y la revelación de las proporciones de la corrupción en la petrolera estatal Petrobras acrecientan el descontento de los brasileños.

El éxito de las manifestaciones sorprendió a todos: a los convocantes, al Gobierno, a los medios de comunicación y a los que pasaban por allí. El pasado domingo, centenares de miles de personas salieron a las calles en 147 ciudades brasileñas para protestar en un clima pacífico, festivo y democrático contra el Ejecutivo de Dilma Rousseff, contra el Partido de los Trabajadores y contra la corrupción. Según fuentes policiales, un millón de personas desbordó la Avenida Paulista de São Paulo y también fueron muchos miles los que en la playa de Copacabana prefirieron gritar contra la corrupción y el Gobierno a tomar el sol o bañarse. Las pancartas eran de lo más variado y en la vestimenta de los manifestantes dominaban los colores de la bandera de Brasil y las camisetas de la selección de fútbol. “¡Fuera Dilma!”, era la pancarta y el grito que resumía y concretaba el enorme y creciente rechazo social al Gobierno y al delirante festín de la corrupción en la empresa pública petrolera Petrobras.

Según todos los análisis sociológicos, los manifestantes pertenecían a la amplia gama de la clase media, allí estaban profesionales de todo tipo: abogados, ingenieros, comerciantes, empleados de los sectores más diversos y también gentes de la cultura. Cuando se convocó la manifestación, desde el Gobierno se deslizó que tendría una respuesta minoritaria y que solo acudirían las élites del país y la exquisita clase caviar. No fue así y la manifestación marca la temperatura del descontento que viven los brasileños.

Mal comienzo.

¿Cómo se ha llegado a esto? Parece una pregunta obligada si tenemos en cuenta que Dilma Rousseff tomó posesión de su segundo mandato el día 1 de enero, hace poco más de dos meses y medio, y las elecciones presidenciales se celebraron hace solo cinco meses. El nuevo Gobierno nació con una debilidad política, y no solo porque Rousseff ganó las elecciones por la mínima sino porque la economía se había deteriorado de manera alarmante y las revelaciones de corrupción en Petrobras son de unas proporciones insospechadas. La petrolera es un volcán en erupción que está abrasando a buena parte de la clase política y empresarial, especialmente a destacados miembros del gobernante Partido de los Trabajadores que fundó Lula da Silva y ahora lidera la presidenta.

Rousseff obtuvo el 51,6% de los votos, y Aécio Neves, del liberal Partido de la Social Democracia Brasileña, el 45,3%. Algunos analistas políticos brasileños atribuyen la victoria de Rousseff a que Lula da Silva acudió con su todavía inmenso prestigio en apoyo de la candidata del Partido de los Trabajadores. Ahora, en amplios sectores críticos que la votaron, argumentan que la presidenta les mintió durante la campaña pintándoles un país de color de rosa y prometiendo lo que no podía cumplir. Pasó de puntillas sobre la corrupción, que empezaba a estallar con una fuerza inusitada teniendo a Petrobras como epicentro.

Un río de dinero.

¿Qué es Petrobras y cuáles son las dimensiones de la corrupción? La petrolera es la mayor empresa pública de América Latina, tiene 86.000 trabajadores, refina el 98% de la gasolina que se consume en el país, mantiene relaciones con unas 20.000 empresas que le suministran todo tipo de productos y es la mayor inversora en obras e infraestructuras de Brasil. Un río de dinero. Se ha descubierto que la mayoría de sus contratos eran amañados: escandalosos sobrecostes en la construcción de refinerías, obras sobrefacturadas, maletines de dinero que se movían frenéticamente entre altos ejecutivos de la compañía, empresarios y políticos de primer nivel. Según algunos empresarios, solo se conseguían contratos si se daban sobornos, sin ellos era imposible acceder a la construcción de obras adjudicadas por la petrolera. Con esta filosofía se crearon verdaderos círculos infernales, los políticos nombraban y apoyaban a los altos ejecutivos de Petrobras, los ejecutivos de Petrobras gestionaban los sobornos de los empresarios y los repartían entre los políticos.

Cuando ustedes me lean, ya se conocerá la lista completa de los implicados. El fiscal general, Rodrigo Janot, que se ha convertido en un héroe nacional por la investigación de este caso, ya ha enviado los nombres de los sospechosos al Tribunal Supremo que los hará públicos de un momento a otro. A la espera de los nuevos nombres ya han aparecido importantes imputados en el punto de mira y es posible que salgan muchos más por el método de investigación empleado: a los acusados de corrupción se les rebajaba la pena si delataban a otros implicados, y así sucesivamente fueron saliendo nombres de senadores, diputados y altos cargos de la Administración.

La primera garganta profunda fue Alberto Youssef, un lince en el lavado de dinero y eje de toda la trama corrupta, le cogieron con el carrito del helado y empezó a soltar información a chorros. Él se había apropiado millones de dólares, pero también los esparció adecuadamente para engrasar el negocio. El principal buque nodriza dentro de Petrobras era el director de Abastecimiento, Paulo Roberto Costa. A partir de estas fuentes como principales suministradores de información aparecieron otros beneficiarios, entre ellos, el tesorero del Partido de los Trabajadores, Joao Vaccari. Al parecer, con ese dinero se financiaron actos de las campañas electorales. También se acusa al expresidente Fernando Collor de Melo y a los presidentes del Senado y el Congreso, señores Renán Cabalheiros y Eduardo Cunha. A los que seguirán muchos más nombres, se dice que unos 54. Los próximos meses, el asunto de la corrupción continuará siendo la música cotidiana en los medios informativos.

Pero, aparte de la corrupción, ¿qué es lo que ha echado a la gente a la calle para manifestarse masivamente? El deterioro del panorama social y económico. Los dos mandatos de Lula fueron la época prodigiosa de Brasil, de 2002 a 2010, cuando saltó del subdesarrollo a la modernidad. El país creció a una media del 4% con un pico del 7,5% en 2010. Se estimulaba el consumo con créditos baratos, se afrontaron importantes obras públicas, afloró la economía sumergida y 30 millones de brasileños se incorporaron a la economía productiva creando una amplia clase media. Los programas de lucha contra el hambre tuvieron un gran éxito, convirtiéndose en un referente mundial.

Efectos tóxicos.

Pero la bonanza no iba a ser eterna como se pensaba y la crisis financiera mundial, aunque de manera tardía, terminó teniendo efectos tóxicos sobre Brasil. Las exportaciones cayeron, especialmente las de soja a China, y también las de otras materias primas. La inflación ha subido al 7,7% y el real se ha depreciado notablemente frente al dólar. La recesión puede ser una realidad. El paro ha aumentado ligeramente, pero muy ligeramente, ya que se sitúa en el 5,4%, una cifra soñada en cualquier otro país, lo comprenderán si pensamos en nuestro 24%. El ministro de Economía, el liberal Joaquim Levy, ha decidido recortar los gastos, subir impuestos y aumentar los tipos de interés para neutralizar el consumo y contener la inflación, la carga impositiva también ha subido en dos artículos tan sensibles como la gasolina y la luz. Nada de esto había anunciado Rousseff en la campaña, más bien lo contrario. Tendrá que reducir las grasientas hechuras del Gobierno y rebajar notablemente el número de ministros, que ahora suman 39. Una barbaridad. La presidenta pide paciencia, al tiempo que profetiza que la crisis será corta. Calcula que la salida de la recesión a nivel mundial tendrá efectos positivos y rápidos sobre la economía brasileña. Veremos. Lo cierto es que los próximos meses no van a ser tranquilos, diría que más bien serán convulsos.

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