Antes y después de la masacre de Tiananmen

28 / 08 / 2009 0:00 Alfonso S. Palomares
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El periodista Alfonso S. Palomares vivió en primera persona la revuelta estudiantil ocurrida en China hace justo veinte años. He aquí el relato de lo que sucedió.

HAY HECHOS HISTÓRICOS que dejan imágenes imborrables para el recuerdo, y algunas de esas imágenes resumen el significado de unos acontecimientos, a pesar de su complejidad. Celebramos ahora el 20 aniversario de lo que pasó a llamarse con exactitud la masacre de Tiananmen, o de una manera más descriptiva, la revuelta de Tiananmen. El icono gráfico de aquellos hechos es una fotografía, una fotografía que define la desesperación y la tragedia de los jóvenes estudiantes, bastantes intelectuales e improvisados sindicatos de trabajadores que buscaban una cierta apertura de China a la libertad y a la modernidad.

La imagen ha sido repetida millones de veces por las televisiones de todo el mundo, menos las de China, y publicada repetidas veces en todos los periódicos y revistas de la tierra, menos los de China. El día 5 de junio, al día siguiente de la brutal intervención del ejército contra los manifestantes en Tiananmen y sus alrededores, los tanques del Ejército Popular de Liberación recorrían Pekín en varias direcciones sembrando el miedo para asegurar el orden. Una larga hilera de tanques bajaba por la Gran Avenida de la Paz Eterna, a un minuto de la entrada de la Ciudad Prohibida y del gran escenario vacío de las manifestaciones del último mes y medio. Un joven con camisa blanca y una bolsa en la mano izquierda se puso delante de los tanques para cortarles el paso.

Estaba solo. En una soledad dramática ante el primer tanque que trató de esquivarle, pero el joven se movió para impedir que lo hiciera. El tanquista frenó y el joven saltó sobre la parte delantera para hablar con el tanquista. Lo retiraron unos policías de paisano. Nunca se ha sabido su nombre, ni su identidad, aunque le atribuyeron varios nombres, el más repetido ha sido el de Wang Weilin después de que el diario británico Sunday Express lo identificara como tal, pero sin pruebas fehacientes. Tampoco se ha sabido cuál fue su destino, ni su fin y por eso se le atribuyen suertes distintas, desde la que sostiene que fue ejecutado pocos días más tarde hasta la de que después de pasar varios años en prisión vive en algún lugar de la China continental. Este misterio se prestó también a distintas interpretaciones, la oficial del Gobierno chino sostuvo y sigue sosteniendo que los tanques de la libertad no quisieron matar a un ciudadano, la de los que alentaron la rebelión y condenaron la represión resaltan la determinación de un hombre solo que trata de frenar el engranaje brutal de la dictadura.

Tuve la fortuna, no sé si calificarla de privilegio, de asistir y presenciar las manifestaciones de Tiananmen los días finales de aquel mayo cargado de cantos, consignas y rebeliones. Había viajado a Pekín como presidente de la agencia Efe para firmar unos acuerdos de inter- cambio y colaboración informativa con el presidente de la agencia oficial china Xinhua. Me acompañaba el director de Información, Miguel Ángel Aguilar. Residíamos en el hotel Pekin, en el piso 14, que tuvimos que alcanzar a pie una noche por descalabro del ascensor. El hotel Pekín está situado muy cerca de Tiananmen, lo que nos permitía ver los masivos movimientos de estudiantes varias veces a lo largo del día y de la noche. Pudimos hablar con ellos por medio de la intérprete que nos acompañaba, que era una de nuestras corresponsales, y también con la ayuda de traductores espontáneos que se ofrecían a hablar en italiano, inglés, francés, portugués y, por supuesto, español. El espectáculo que ofrecían las docenas de miles de jóvenes acudiendo, a pie o en bicicleta, a manifestarse era sencillamente soberbio y de una plasticidad espectacular.

La tumultuosa rebelión que se estaba viviendo y que amenazaba con darle un vuelco histórico a las coordenadas del comunismo chino venía desde dos años antes, cuando el secretario general del Partido Comunista, Hu Yaoban, apostó por introducir ciertas tímidas reformas en la política y en la economía. Los sectores duros del régimen, entre ellos el pragmático y todopoderoso Deng Xiaoping, decidieron defenestrarle. La muerte natural de Yaoban y sus funerales avivaron la chispa que encendió la rebelión.

Cambios en el poder

El bautizado como Movimiento Democrático de China trató de encauzar las protestas, pero realmente estaba poco estructurado para dominar un levantamiento cargado de espontaneidad, fruto de muchos malestares. Lo lideraban Wang Dan, Chai Ling y Wu Kaixi, pero sin controlarlo. Los tres viven actualmente fuera de China después de algunas peripecias rocambolescas. La Internacional formaba parte de las canciones rebeldes y cuando unos cuantos echaron tinta sobre el gran retrato de Mao situado a las puertas de la Ciudad Prohibida los manifestantes los entregaron a la Policía. No trataban de acabar con el comunismo, sino de abrirlo y modernizarlo.

Las tres exigencias básicas eran: lucha abierta y sin cuartel contra la corrupción, reformas políticas para instalar una democracia interna en el Partido Comunista y poner en marcha la libertad de información. El primer ministro Zhao Ziyang fue a la plaza a pedirles que depusieran su actitud. No lo logró, y Zhao fue apartado del poder y encarcelado por el ala más dura del Partido, encabezada por el primer ministro Li Peng, apoyado por el omnipotente y pragmático Deng Xiaoping, el que le dijo a Felipe González que no importaba si un gato era blanco o era negro, sino que lo importante era que cazara ratones. En los altos escenarios del poder, los duros ganaron la partida, decretaron la ley marcial y días después, la noche del 3 al 4 de junio, lanzaron sobre los estudiantes al Ejército Popular en una intervención devastadora.

Los medios de comunicación occidentales lo cubrieron a cinco columnas y abriendo todos los informativos. Las autoridades chinas colocaron sobre los acontecimientos un sudario de silencios. Aún hoy se ignora la cifra y el número de muertos. Los cifran entre 2.000 y 5.000. Y para sepultarlos, los dirigentes chinos, encabezados por Deng Xiaoping, fomentaron una febril actividad económica con crecimientos del 10_, pero en lo político, el Partido Comunista tiene un control férreo de la situación y trata de situar la masacre de Tiananmen en las cunetas del olvido. Y, para su inmenso país, lo ha logrado.

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