El desarme de Gila
Ni el gran Miguel Gila, con todo su talento y su socarronería, hubiese imaginado una escena como la de la “verificación” del desarme de ETA. Tres paisanos con capucha, dos haciendo de actores y el tercero de camarógrafo. Otros tres personajes, cada uno de un país, con sonrisa de haber visto a la Virgen María bajar de los cielos. Sobre la mesa, tres pistolas, un fusil, varios paquetes con explosivos y algún objeto más; Gila, sin duda, habría añadido un matasuegras y un par de yogures caducados. Los de la capucha dicen a los otros que verifiquen que las pistolas son pistolas y no macetas con petunias. Los verificadores miran un poco y obedecen. Una vez cumplido el complejísimo trámite, los de la capucha meten las armas en una caja de cartón, la cierran con cinta aislante y dicen que nada, que ya está, que muchas gracias, que se llevan la caja y que ya quedarán para otro día. Los verificadores dicen que, hombre, que eso de llevarse las armas cuando lo que se está verificando es precisamente un desarme... Los encapuchados les aseguran que no pasa nada, que les dan su palabrita de honor de que no las volverán a usar: para eso han puesto la cinta aislante. Hay quien ha querido ver en esta charlotada un importante paso para la paz. Y es que lo que nunca nos falta es sentido del humor. Aunque sea negro.



