Vivir con un polígamo

20 / 11 / 2009 0:00 Marta Molina
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La española Sonia Sampayo es una de las tres mujeres del senegalés Pap N’Diaye. Ella vive en Madrid y él a medio camino entre Europa y África. Esta es su historia.

"Así son los africanos”. Una mesa acaba de quedar vacía y la ocupamos. El barullo en torno al último café de la mañana ensordece el diálogo. La barahúnda que inunda el local procede de la agitada tertulia de un grupo de más de 20 subsaharianos. La mayoría, originarios de Senegal. Muchos residen en el madrileño barrio de Lavapiés, donde conforman un pequeño pedazo de Touba, la segunda ciudad de aquel país. “¡Sonia!”, la requieren cuando entramos. Esa familiaridad sugiere que es asidua al lugar, de las pocas blancas que lo frecuentan. Hay quien pregunta por Pap. “En Senegal”, responde rascándose la garganta al pronunciar.

Sonia Sampayo, bailarina, 35 años, licenciada en Ciencias Biológicas, es autora de varios libros sobre las posibilidades curativas de la danza; de niña, suspendía la gimnasia. Años después encontró en el ballet una palanca de desarrollo, un paliativo a sus obstáculos y temores. “Estoy segura de la relación que existe entre la emoción y el cuerpo”, insiste al tiempo que ladea la cadera en busca de asiento.

Otras dos mujeres

Pap, su marido, pasa largas temporadas en Senegal. Cuando esto sucede, la angustia trepa en su sistema nervioso hasta agarrotarlo. Primero fue el reúma en su infancia, luego vinieron leves quejidos en lo más bajo de sus extremidades ya en la adolescencia, y, ahora, como la manifestación más reciente, la voz que afónicamente se le agota.

En 1996, Sonia Sampayo sumó un capítulo de peso a su biografía. Contrajo matrimonio con un percusionista senegalés: “Mamá, tengo novio, es negro, tiene otras dos mujeres y me voy a casar con él”. De pequeña, Sonia aprendió que la falta de movimiento enferma y que buscarlo cura. “Es cuestión de dirigirlo bien”, receta. “El ballet me desperezó el cuerpo, pero fue el cuerpo el que no me permitió evolucionar en él”, explica sin ser preguntada. “Tuve que dejar las zapatillas de puntas. Era muy duro para mí; busqué otras fórmulas, otros estilos más amables con mis condiciones”, cuenta.

Y así es que llegó hasta Pap: “Por necesidad física”. Pap N’Diaye, percusionista senegalés, 43 años, casado en tres ocasiones, polígamo. Desembarcó en Europa persiguiendo el éxito. De reconocido prestigio en Louga, su ciudad natal, y miembro de una de las castas de músicos más conocidas del país, el escenario se le quedó pequeño. Al tiempo, la familia aumentaba de manera exponencial. Acababa de contraer matrimonio con su segunda esposa, Fama Diouff, y de él ya dependían su primera mujer, Kine Seck, y los dos hijos de ambos. Kine quedó embarazada de nuevo de Daro y, al poco, Pap partió para España.

Asomaba 1996. Por recomendación de algunos profesores, Sonia comenzó a recibir clases de danza africana. Como parte de un mismo todo, frecuentó a algunos griots –“somos los que transmitimos la cultura de generación en generación con nuestros tambores, nuestros cantos y nuestros bailes”, según la definición que ofrece Marem N’Diaye, la hija mayor de Pap, en la película documental Princesa de África (2008), un tributo a la pareja y obra del jovencísimo director de cine Juan Laguna (Madrid, 1980). “Y ahí estaba el hermano de Pap, tocando; el primer senegalés que conocí”, se sonríe al tiempo que levanta los ojos -maquillados en kohl- como para subrayar en rótulos grandes su felicidad. “Pap no es capaz de medir todo lo que me ha enseñado de él, de mí misma y de las personas”.

Así es que la suya no es una historia a la que se haya visto abocada por las circunstancias, sino que, como bien remarca en una entrevista más, su matrimonio es una decisión meditada y madura. “Cada mañana que me levanto, elijo; elijo estar con él, vivir así, crecer a su lado”, sostiene decidida. Louga, Senegal, 1996. “Mi primer viaje; yo voy a regresar siempre a ese hermoso lugar de África, me lo prometí”. Sonia acompañó a Ass, el hermano menor de Pap, en uno de los talleres prácticos que el senegalés impartía en la ciudad. “Te alojas con una familia de griots: desayunas al lado de los tambores, ayudas a preparar la comida, respiras su arte, son más que unas clases”.

Una historia de película

Años después, el director Juan Laguna participó en otra edición de los cursos. Amante de la percusión étnica –dirige también el festival Berebería-, así fue que se enamoró de Louga, de los griots, de Pap y Sonia, de su relación, de Fama, de Kine, de Marem, del contexto de esta pareja a cuatro que inspiró una película que la crítica se empeña en calificar de documental y él insiste en llamar “historia”. “Pap estaba en Europa”. La futura pareja realizó la travesía en el anverso y reverso de una misma moneda. Sonia quedaba prendada de Senegal y Pap inspeccionaba España con la cabeza puesta en el retorno. “Morirá allí, no se lo perdonaría a sí mismo; sé que un día, para el que aún queda tiempo, se irá”.

Hace dos años que Pap N’Diaye construye una nueva casa en Louga. La familia crece y la que ocupan ahora comienza a resultar insuficiente. Marem no lo entiende. Le gusta la que tiene y piensa que siempre hay espacio para uno más. Sonia, en cambio, observa el proyecto con cierta amargura. Para una mentalidad judeocristiana, produce escalofríos el convencimiento con que esta mujer, de aspecto y voz frágiles, describe la situación. “En la madurez, Pap ha entrado en un nu proceso –informa–. Necesita cosas concretas, ver que su vida se materializa”. En el día a día de la pareja son muchos los pasos que Pap anda para lograrlas. Entre éstos, sus continuos y prolongados viajes a Senegal. “No pasa nada porque se vaya”, asiente Sonia. “Pero otra vez miras hacia delante –continúa– y sabes que son dos o tres meses fuera”. Es aquí cuando su voz se quiebra, permitiéndose una explicación: “Es que siempre coincide con los momentos en que podemos bajar el ritmo, estar tranquilos, compartir un poco más de intimidad”.

En lengua wolof, el dialecto mayoritario de Senegal, dikatt viene a decir regreso. Dikatt da también título al espectáculo de danza que Sonia Sampayo compuso al calor de su vida con un hombre polígamo. “¡Una vomitera de todo lo que he llevado años dentro!”, se desternilla. Y es que esta mujer corona casi todo con una sonrisa. La obra se estrenó en Senegal durante un festival local, con ella como estrella invitada. En la primera parte, Sonia y siete de sus alumnas de baile africano ocupan el escenario envueltas en vaporosas telas. Según descifra la autora, personifican la calma chicha de un mar que, poco a poco y según avanza la composición, se convierte en arena. “Yo tengo muchos momentos de silencio, como en el desierto –compara–, porque no puedo hablar, porque me quedo sin voz”. Pap, con quien comparte protagonismo, entra en plano durante la segunda parte de la coreografía. Toca el tama, que en lengua wolof significa tamborcito parlante. “¿Quién iba a entenderlo?”, se reprende. “Yo era la afónica y él llegaba con su tamborcito parlante”. “¿Quién iba a entenderlo?”, repite. “Pap nunca se plantea que me está ayudando, pero no sabe cuánto lo hace”. Esta es una virtud, según Sonia, que lleva a gala todo Senegal. “Hay un ambiente de paz en sus gentes, la solidaridad se da de por sí”. Cobra sentido la frase con que Sonia recibió la amabilidad de aquel parroquiano que le sugirió cambiar de mesa en el Touba Lamp Fall: “Así son los africanos”, dijo.

La primera esposa

Kine Seck, senegalesa, 35 años, ama de casa, cinco hijos, la primera esposa de Pap N’Diaye. “Con ella son dos cosas: solidaridad y rivalidad”, comenta Sonia. “Existe un poso de complicidad, entiendes lo que pasa”. ¿Pero? “Pero tú estás queriendo ser la primera, tenerlo todo”, desembucha. “Deseas cosas e intentas conseguirlas porque es tu necesidad, pero eso no significa que no comprendas lo que sucede”, ajusta. “Ahí está sin embargo –apunta– la capacidad del ser humano de adaptarse para alcanzarlas”. Y de encararlo “desde el mayor respeto posible, aunque a veces la víscera pueda más”. “Cuando Pap deje de viajar –concluye tajante su segunda esposa– Sonia tendrá que venir aquí y preparar la comida como todas”.

Fama Diouff, senegalesa, 24 años, ama de casa, dos hijos, Papi y bebé Kine. Supo del nuevo matrimonio de su marido por la llamada telefónica de un tercero. “Y, aun así, tú me lo seguías negando todo”, le recrimina en una de las secuencias de Princesa de África. En respuesta, Pap bromea sobre la poligamia en un lenguaje que según para quién podría resultar chocante: “¿Quieres que me busque una cuarta mujer? –pregunta–. La religión me lo permite”, advierte con una amplia sonrisa que subraya el tono jocoso del comentario.

Fama siente celos de Sonia. Ambas lo niegan, pero Juan Laguna captó con su cámara miradas, soledad y resentimientos que dan cuenta de que las tradiciones, por ancestrales que sean, no preparan a las personas para compartir el querer. Pero puede quizá, como apunta este novel director de cine, que la poligamia sea mala, pero las personas que en ella conviven no tienen por qué serlo. Dos días en la habitación de una, dos días en la de la otra. “Sonia tiene que esperar a España; en Senegal no cuenta”. Lo dice la madre de Fama Diouff, Yemou Guei, en el documental de Juan Laguna.

Y la española acepta sin remilgos. “Cómo Pap trata a sus mujeres lo sabe todo el mundo mejor que yo; yo no, yo no quiero verlo; me siento tratada especialmente, quizá ellas también se sientan tratadas especialmente, o no”. Pero lo verdaderamente difícil para esta mujer, en una historia ya de por sí lacerada, no pasa sólo por repartirse el marido, sino también por “no compartir un proyecto de vida con la persona a la que amas”. Está el profesional –“que es muy sólido”, reconoce-, pero el personal... “el personal lo tiene con otras personas”, dice y, sin separar la mirada de su interlocutor, sentencia como para concluirlo todo: “Cuando algo te parece imposible y te toca vivirlo, hay que hacerlo de la mejor manera posible”.

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