Una Reina incombustible para tiempos convulsos

04 / 11 / 2013 10:03 Antonio Rodríguez
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Sofía de Grecia cumple 75 años con una salud de hierro, una agenda cargada de actos y el cariño de los ciudadanos, que la ven como la mejor embajadora de la marca España, por delante del Rey y del Príncipe de Asturias.

Este 2 de noviembre es el cumpleaños de la reina Sofía. Una fecha especial porque le llegan sus “75 noviembres”, como a ella le gusta ir contando los años, en un momento difícil para la Casa Real, con tanta polémica en torno a las actividades financieras de los duques de Palma y con el rey Juan Carlos encadenando convalecencias desde que hace tres años le extirparon un nódulo benigno en el pulmón derecho.

También están siendo meses difíciles para Sofía, princesa griega de nacimiento pero que se siente cien por cien española desde que se casó “con el chico de los [condes de] Barcelona”, ya que en los últimos años ha sufrido por los suyos y ha tenido que traspasar alguna línea roja, como el hecho de presentar en febrero de 2012 una demanda de protección de su derecho al honor contra la agencia de contactos sexuales adúlteros Ashley Madison por la utilización de una imagen suya para una campaña publicitaria.

Un acción civil que no tenía precedentes dentro de la Corona –en 2008 le subrayó a Pilar Urbano que la Casa Real nunca debe querellarse, sino “tener los nervios templados”– y que se saldó un año después con un acuerdo entre su abogado, el exdecano del Colegio de Abogados de Madrid Antonio Hernández-Gil, y la citada empresa para que esta pidiese perdón a la Reina en los mismos medios en los que se había publicitado.

El desenlace de la cacería real de Botsuana en abril de 2012 y la irrupción mediática de Corinna zu Sayn-Wittgenstein como “estrecha amiga” del monarca, colocó a doña Sofía en una incómoda posición. Y tras cada nuevo incidente del Rey, por banal que fuera, se han enumerado “un inventario de anécdotas para justificar la idea de una ruptura” entre los Reyes, según constata Miguel Roig en su libro La mujer de Edipo. Las tres transiciones de la reina Sofía. “Pero desde la perspectiva de la Reina, la situación, tal como se evaluaría en términos empresariales, es de break-even, es decir está en punto cero: no se produce ningún beneficio, pero no se genera pérdida alguna”, añade.

Al mismo nivel que el Príncipe.

A pesar de estos tiempos convulsos en los que vive la Corona, ella sigue siendo un personaje muy querido entre los españoles, que la ven como una abnegada reina, madre, abuela y esposa a tiempo completo. Las encuestas internas de la Casa del Rey la colocan al mismo nivel que el Príncipe de Asturias en popularidad y el Instituto Elcano corroboró en febrero esta percepción con un sondeo entre 1.200 personas sobre las figuras e instituciones que mejor representan al país en el exterior, en el que la Reina aparecía como la mejor embajadora de la marca España, por delante de Juan Carlos y de su hijo Felipe.

Al pedir a los encuestados que puntuasen de 0 a 10 la capacidad de proyectar una buena imagen de España, Sofía logró una nota de 7, seguida de cerca por don Felipe (con 6,8 puntos), mientras que el jefe del Estado se quedó en tercer lugar, con 6,5 puntos. A un punto de distancia del monarca se colocaron el expresidente Felipe González y el exjuez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón, ambos con una nota de 5,5.

La profesionalidad reconocida de la Reina ha quedado acreditada con el paso de tiempo, curtida quizás por las dificultades del exilio en su niñez, que la llevó a conocer una vida de nómada por Alejandría, El Cairo, Durban y Ciudad del Cabo durante la Segunda Guerra Mundial, y el posterior drama de la monarquía griega que llevó a su hermano Constantino a perder el trono.

Sofía dio muestras desde muy joven de que su preparación regia estaba a la altura de las circunstancias. Desde pequeña le enseñaron a mirar a los ojos de la persona que tuviera enfrente, fuera poderosa o humilde. Antes de su boda en Atenas (“Nos casamos sin saber dónde íbamos a vivir”, le confesó a Urbano) tomó clases de español en su país con la escritora y traductora Julita Bustinduy, hija del violinista y director de orquesta donostiarra José de Bustinduy y en mayo de 1963, al poco de instalarse en España, los jóvenes príncipes se vieron involucrados en un incidente al salir del teatro María Guerrero de Madrid.

En el vestíbulo se encontraron con un pequeño grupo de incondicionales del pretendiente Javier de Borbón-Parma, que junto a su hijo Carlos Hugo abanderaba la opción carlista en España gracias a lo ambigua que era la Ley de Sucesión del general Franco. Los exaltados les estuvieron gritando “¡viva Javier!” hasta que entraron en el coche, a lo que don Juan Carlos respondió con un “¡viva!” para quitárselos de en medio.

Sofía le dijo luego a su marido que hubiera debido contestar con un “¡viva Franco!”, un comentario que entusiasmó al aludido. “El Generalísimo [anotó su primo Francisco Franco Salgado-Araujo en sus memorias] se ha sonreído ante esta información mía, que le ha agradado y que comenta diciendo: ‘La Princesa, como te había dicho, es sumamente inteligente”.

El hispanista Paul Preston sugiere también que la relación entre Juan Carlos y Sofía “parece haber respondido a una auténtica atracción, más que a consideraciones de conveniencia dinástica”, pero no por ello deja de destacar la afinidad que le generaba a Franco la princesa de origen griego. En este sentido, el tópico de que la Reina nunca se inmiscuyó en los asuntos de Estado fue desmentido por el propio monarca en el libro El Rey de José Luis de Vilallonga, al referirse a ella como “la mejor consejera” que había tenido hasta entonces.

Sabe lo que se juega.

Nunca ha sido una mediadora de sonrisa y conversación intrascendente, sino una princesa y reina que sabe lo que se juega, que es capaz de animar a su marido a que contravenga a su padre (el conde de Barcelona no quería que ambos se instalasen en la España franquista tras su boda) y que en noches como la del 23-F aconseja al Rey cómo parlamentar por teléfono con los capitanes generales que se muestran remisos a cumplir con la Constitución.

La vida de Sofía está llena de anécdotas. De no haber sido reina le hubiera gustado ser peluquera, según confesó en una entrevista a principios de los noventa al escritor Douglas Key. Y si ella pudiera, vestiría con vaqueros, camisas amplias y zapatos cómodos.

Es una amante de los animales y en La Zarzuela hay una docena de perros que la acompañan por turnos. No le gustan las cacerías, los safaris ni las monterías tan al uso en España. Tampoco las corridas de toros, de las que el Rey y la infanta Elena son grandes aficionados.

No es feminista ni, por supuesto, machista. Está en contra de las cuotas en los cargos de empresa o institucionales en función del sexo. Su gusto por la botánica no la ha llevado a ser una activista implicada en el ecologismo, como sí lo es el príncipe de Gales, y en el terreno culinario es una vegetariana de tronío: no prueba la carne desde que en 1964 le hizo una promesa a su padre, el rey Pablo, en el lecho de muerte. En las comidas oficiales, sobre todo en el exterior, aparta la carne y se queda con la guarnición si los anfitriones desconocen sus gustos. Come pescado, adora la tortilla de patatas y el gazpacho, que podría estar bebiendo todo el día, según ha admitido alguna vez, y le encanta el arroz en casi todas sus preparaciones posibles. En definitiva, pura dieta mediterránea.

Un grupo reducido de amigos.

La Reina nunca se ha sometido a operaciones de cirugía estética ni se ha aplicado técnicas de belleza menos agresivas, como el botox. Tiene una salud de hierro que le permite distinguir entre vejez y madurez –“con los años, no es que te conformes y te arrugues, es que comprendes más, toleras más”, le indicó a Urbano–. Tiene un grupo reducido de amistades, en el que destacan Mohamed Yunnus, el creador de los microcréditos, su prima Tatiana Radziwill y su marido, el doctor John Fruchaud, con los que pasa casi todos los veranos en Palma de Mallorca, y la familia del violonchelista Mstislav Rostropovich. Otra prima con la que se lleva muy bien es Inmaculada de Habsburgo, que preside el Queen Sofia Institute de Nueva York.

Junto con su hermana Irene era una asidua visitante de Londres, donde solía acudir a finales de año para hacer las compras de Navidad como una ciudadana más y traer regalos a los suyos. Pero los viajes a la capital británica se van espaciando cada vez más, sobre todo desde que la Familia Real griega ha podido retornar a su país. Su propia hermana pasa ya largas temporadas en Atenas en un pequeño piso y el exrey Constantino acaba de establecerse en Porto Jéli, con vistas al Peloponeso.

La Reina nunca se ha metido en la vida de los demás y siempre ha priorizado el bienestar de sus ocho nietos –“la suegra es buena con el monedero abierto y la boca cerrada”, ha afirmado en más de una ocasión–. Siente mucho cariño por Jaime de Marichalar pese a su divorcio de la infanta Elena y siempre ha intentado que Iñaki Urdangarin y su hija Cristina no quedasen desplazados por el caso Nóos, aunque los negocios de él con la princesa Corinna en Laureus o el Valencia Summit no han sido de su agrado.

Sofía se vuelca cada año con la Fundación Reina Sofía, que creó en 1977 con un capital aportado por ella misma y que se centra en personas con problemas con las drogas y en la investigación del Alzheimer. Realiza, además, un viaje de cooperación al año y participa en casi todas las citas anuales del Foro Bilderberg, donde los principales actores económicos y políticos del planeta analizan la situación mundial del momento en reuniones sin taquígrafos, aunque ella nunca toma la palabra en los plenarios. 

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