Unas elecciones que importan

18 / 12 / 2015 Alfonso Guerra
  • Valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • Tu valoración
  • Actualmente 5 de 5 Estrellas.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
¡Gracias!

El Parlamento experimentará un cambio notable y ello va a producir una situación política general que puede significar grandes cambios para la nación

En las democracias consolidadas sin incidentes que afecten a la libertad en la vida cotidiana de los ciudadanos son muchos los que se muestran escépticos ante los resultados de los procesos electorales.

Piensan tal vez que no les afectarán las consecuencias de que sean
 unos u otros los que triunfen en los comicios, que su vida no sufrirá cambios importantes. La consecuencia de esta forma de pensar es la abstención el día de la votación, lo que es un derecho pero deja inerme al que no participa cuando la gestión del Gobierno ganador tuerce las cosas y, ahora sí, afecta a la vida de los votantes y... de los que se han abstenido.

En las elecciones que se celebran el 20-D aún se hace más evidente la importancia de la decisión de los votantes, pues sea cual sea la decisión libre de los electores se puede vislumbrar que el Parlamento experimentará un cambio notable y que ello va a producir una situación política general que puede significar grandes cambios para la nación.

Durante los últimos cuatro años hemos observado una continua exigencia, de dirigentes políticos de formaciones minoritarias y de un coro unánime de los medios periodísticos, de abatir el llamado bipartidismo español, es decir, la preeminencia de dos grandes partidos, PP y PSOE, sobre las otras fuerzas políticas. La denominación de bipartidismo es bastante irregular, pues un Parlamento en el que se asientan 13 grupos políticos no tendría esa consideración en ninguno de los países en los que sí se da el bipartidismo, como Estados Unidos, por ejemplo.

Pero es obligado reconocer que en el Congreso de los Diputados español la suma de los dos grandes partidos ha venido representando el 80% de los escaños, mientras que los otros grupos reducían su presencia al 20% restante.

Todos los análisis apuntan a que el próximo Congreso de los Diputados no tendrá esa distribución, sino que la suma de los dos grandes partidos alcanzará en torno a un 60% y el resto de las fuerzas políticas, más de una docena de grupos, el 40% restante. Para los que se han esforzado estos años en destruir el denostado bipartidismo tampoco será un resultado satisfactorio. Pero eso no es lo importante. Lo que debe, a mi parecer, atraer nuestra atención es qué ocurrirá en la política parlamentaria ordinaria en un sistema que para muchas cuestiones de importancia exige una mayoría que no parece que vaya a tener ningún grupo político, ni siquiera la suma de dos grupos a menos que estos fueran los dos grandes, lo que parece fuera de las intenciones de todos.

Habrá que prever que no resulte que se vaya a sentir nostalgia del combatido bipartidismo si las fuerzas políticas son incapaces de abandonar parte de sus exigencias en beneficio de la mejora de todos.

Claro que aún no sabemos qué va a ocurrir. Solo contamos con los numerosos sondeos que se han publicado durante los meses que han precedido a la fecha de la elección. De ellos sobresale, por el número de encuestados y por el prestigio de la institución, el realizado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) hecho público al comienzo de la campaña electoral.

El informe del CIS otorga una clara preponderancia al PSOE en voto y simpatía directa, pero tras el método que permite proyectar un pronóstico acaba dándole ocho puntos de ventaja al Partido Popular sobre el PSOE. El centro de investigación se cubre las espaldas haciendo pública una advertencia, el pronóstico se ha realizado aplicando un método concreto, si se utilizase otro proporcionaría otro resultado. Es lógico que así sea, pero la impresión que recibe un lector imparcial es que se les ha ido la mano en la cocina, como se conoce a la operación que transforma el voto declarado por los encuestados en un pronóstico final.

Este es un ejemplo paradigmático de la evolución que ha tenido el sistema de sondeos. Creados con el objetivo de otear prospectivamente cuál puede ser la tendencia de los electores, se ha convertido, al menos en nuestro país, en un método de promoción de un partido concreto. No hay que olvidar que hace escaso tiempo el CIS insistía en colocar a la nueva formación Podemos como primer partido en sus encuestas y unos meses después lo relega a un cuarto puesto. ¿Quizás interesaba entonces desviar votos de la izquierda hacia el nuevo partido?

Una vez publicada la encuesta los medios informan de ella dando como un dato seguro lo que ellas expresan. Surtirá un doble efecto: animará a los votantes del partido promocionado (PP) y desmovilizará en las filas del partido perjudicado (PSOE).

De todo ello se deducen dos conclusiones: las encuestas son, a veces, manipuladas intencionadamente; y crece el escepticismo hacia un método que puede ser útil pero que ha perdido gran parte de su crédito.

Nos hemos referido a qué pasará el día en que los españoles acudirán a votar, pero no es menos importante pensar en qué podrá suceder a partir de la fecha electoral.

Sea un resultado próximo a lo que dictan las encuestas o no, lo que parece tener una gran probabilidad es que la Cámara presentará una distribución más equilibrada en cuanto al número de diputados de los distintos partidos que alcancen representación parlamentaria.

La nueva situación significará que muchas de las prácticas parlamentarias van a experimentar cambios importantes: la gobernación de la Cámara se hará más compleja; el reglamento de las Cámaras deberá facilitar mayor flexibilidad en los debates; y los partidos políticos, a fortiori, habrán de acompasar sus propuestas a un espíritu de pacto, pues si no hay voluntad de consenso la Cámara quedaría paralizada.

Pero no solo afectará la probable situación próxima a los grupos que se sientan en el Parlamento. El Gobierno, sea del signo que sea, progresista o conservador, estará obligado a realizar una continua política de acuerdos antes de presentar sus proyectos a la Cámara, si no quiere verse abocado a una reprobación continua.

En todo caso, como todos sabemos, los electores tienen la palabra y con su propio entendimiento de lo que creen que necesita el país conformarán una Cámara de la que resultará un Gobierno que será el mandato de los españoles. En una democracia consolidada como la española nadie negará la validez de lo que decidan los españoles. Hagamos votos por su acierto.

Grupo Zeta Nexica