Turistas del mal

03 / 04 / 2014 Fernando Savater
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Una agencia con el belicoso nombre de Partizan (partisano) organiza rutas por el País Vasco para visitar lugares ligados al radicalismo aberzale y pensadas para celebrar las actividades de ETA.

Un señor que según parece está en busca y captura por supuesta complicidad con ETA ha organizado un paquete turístico para visitar diversos lugares y personas del País Vasco ligados al radicalismo aberzale. El paseo no incluye los lugares donde la banda terrorista asesinó a sus víctimas, aunque quizá eso venga en ediciones posteriores del actual itinerario. La agencia que prepara el viaje tiene el belicoso nombre de Partizan (partisano).

No es la primera vez que se aprovecha el morbo de la violencia para entretener a visitantes con ganas de emociones más fuertes que las que brindan las playas o la gastronomía. En Londres hay un paseo nocturno por los lugares que frecuentó en su momento el famoso infame apodado Jack el Destripador, en Dublín pueden visitarse los rincones que albergaron el lúgubre negocio de los ladrones de cuerpos Burke y Hare, mientras que en Alemania y Polonia los campos de concentración nazis están incluidos en las giras turísticas junto a museos y palacios. Claro que se supone que los aficionados a esas visitas siniestras no sienten simpatía por los asesinos ni por las SS, sino que solo quieren sentir el escalofrío de pisar allí donde estuvo el mal en todo su sanguinario esplendor. En cambio, las rutas de Partizan están pensadas para celebrar las actividades de la banda terrorista y se dirigen a admiradores mejor o peor informados de sus hazañas.

Hace unos años Ignacio Vidal Folch escribió Turistas del ideal, una novela satírica muy divertida aunque un poco amarga sobre los intelectuales bien intencionados y paternalistas que corren allí donde aparece una guerrilla exótica supuestamente liberadora, para avalarla con su prestigiosa bendición. En cierto modo y aunque no vaya destinado a celebrities, el tour del País Vasco insurgente es del mismo género: una mezcla de idealización sistemática de cualquier grupo antisistema, desconocimiento de la complejidad histórica y ganas de compartir sin riesgo la vía expeditiva de las armas. Cuanto más rutinaria y menos heroica es la vida de uno, como suele ser la de la mayoría de los intelectuales y burócratas, más admiración siente por quienes tienen el gatillo fácil y viven emboscados. No es que aprecien por sí misma la causa de los violentos sino que es la violencia de estos la que convierte a sus ojos cualquier causa en digna de aprecio. ¡Qué aburridos son los Parlamentos, que discutidores y chapuceros son los políticos, que inciertos en su lentitud los procedimientos legales, cuando se los compara con una purificadora ráfaga de metralleta o una bomba que deja temblando lo establecido! Y sobre todo, los tiros y las explosiones son tanto más encomiables si suenan lejos de nuestra propia casa y se convierten en motivo de curiosidad morbosa para una ojeada ocasional, tras la que volvemos sin tardanza al fastidio de nuestras instituciones pacíficas, tan criticables y tan confortables.

No, que nadie se llame a engaño: esos admiradores de etarras que van a pagar por ir a darse una vuelta allí donde se mató y se extorsionó hasta hace bien poco en nombre de los ídolos de la tribu no son realmente parti-sanos sino parti-enfermos.

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