Parlamentarismo de ocasión

10 / 05 / 2017 Gabriel Elorriaga
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Es obvio que con su anunciada moción de censura Podemos no pretende derribar a Rajoy, sino fracturar y arrinconar al PSOE aprovechando sus horas más bajas.

Ha pasado ya cierto tiempo desde que, en junio del año pasado, se celebraron las últimas elecciones. Casi once meses y la legislatura sigue sin arrancar, aunque el presidente se haya ganado ya la capacidad de disolución anticipada. Le costó a la Cámara respaldar la investidura y tampoco le está resultando sencillo aprobar unos Presupuestos. Que no estamos ante una etapa reformista lo recuerda el hecho de que en todo este tiempo ni un solo proyecto de ley haya llegado a las páginas del BOE. Cinco decretos-ley de coyuntura (más otro rechazado por el Congreso de los Diputados) constituyen el magro balance de unos meses en los que el Gobierno se ha conformado con esquivar las emboscadas, mantener una apariencia de normalidad y evitar una regresión legislativa.

La anunciada moción de censura impulsada por Pablo Iglesias constituye el epítome del periodo que estamos viviendo. Con nuestra Constitución, presentarla sale muy barato –basta con disponer de 35 diputados– pero aprobarla es casi imposible. Que el Gobierno no dispone de una mayoría parlamentaria estable es una evidencia desde su origen, pero no es menos cierto que tampoco es posible conformar mayoría alternativa alguna. Como es obvio, lo que Podemos pretende no es derribar a Mariano Rajoy sino fracturar y arrinconar al Partido Socialista aprovechando sus horas más bajas. Para esquivar las críticas a su oportunismo, hace pocos días el dirigente populista lanzaba un tuit invocando la autoridad política de ¡Emilio Romero! “Un artículo de hace 37 años en El País con muchas claves de actualidad” era la frase con la que Iglesias endosaba un texto del periodista del Régimen, consejero nacional del Movimiento y procurador en Cortes.

Más allá de la original advocación buscada, lo que Iglesias pretendía con su mensaje era establecer un paralelismo entre su iniciativa y la presentada por Felipe González en mayo de 1980. Cualquiera advierte las insalvables diferencias entre un contexto en el que la democracia daba sus primeros pasos con notable dificultad, impulsada por dirigentes apenas conocidos por la opinión pública, y la situación actual, donde las posiciones de todos y la sobreexposición mediática de algunos son la norma. Pero aún mayor es la distancia que separa a un joven y  atractivo Felipe González, instruido por la socialdemocracia alemana en la moderación y en los valores europeístas, y el siempre áspero Iglesias, educado entre las faldas del chavismo más disolvente. Por ambas cosas no resulta trasladable en el tiempo la certera conclusión con la que terminaba Romero su artículo: “Los socialistas han hecho una operación admirable; desde su estrategia política se han quedado casi con el monopolio de la protesta ante el país. Han renunciado a la complicidad con este Gobierno, representada por el consenso, y acaban de obtener, en el mejor momento, sus rentables y hasta ahora invisibles credenciales de oposición”. Por fortuna, a Iglesias le vale de poco abrirse paso a codazos entre los dirigentes sindicales el 1 de Mayo o acaparar espacio en los medios con las ocurrencias más variadas. Para ser alternativa en esta etapa necesitaría ampliar sus argumentos y la base social que sustenta el cambio, pero todos los pasos dados avanzan en la dirección contraria. La muchachada se divierte, pero pocas opciones ofrece a este país al que no le faltan los problemas. Podemos es ya una fuerza política en evidente decadencia y su estrategia parlamentaria la más evidente prueba de ello. 

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