La voluntad popular
A veces, los ciudadanos no saben lo que el Pueblo desea y suele aparecer una persona que se arroga ser su voz y se empeña en convencerlos de lo que deben pensar
Durante años hemos oído constantes referencias a la “voz del Pueblo catalán”. El pueblo catalán (con minúscula) ha hablado. ¿Y qué ha dicho? Nada inteligible como “Pueblo”, por la sencilla razón de que ese concepto es una entidad ficticia. No hay Pueblo con mayúscula, solo existen ciudadanos. La noción de “Pueblo” tiene una interesante genealogía, que conviene saber, porque las ideas son memes que transmiten en su interior componentes genéticos ignorados. Por eso pueden llevarnos por donde no queremos conscientemente ir. “Pueblo” se relacionó en su origen con la esencia de la democracia: la idea de “voluntad general” expuesta por Rousseau. Rousseau distingue entre “volonté générale”, que piensa el bien común, y la “volonté de tous”, que sería el agregado de todas las decisiones particulares. Aquella deriva del “Pueblo”, y esta del “pueblo”. Esta distinción planteaba problemas, porque la “voluntad de todos” –el voto mayoritario o incluso unánime de los ciudadanos– podía no expresar la “voluntad general”, si no coincidía con el bien común. La voluntad general era algo abstracto, por encima de las opiniones de los individuos reales. Solo el “Pueblo” sabía lo que convenía a la gente de a pie. Podía darse la paradoja de que los ciudadanos no supieran lo que el Pueblo deseaba. Ahora habrá quien diga que los catalanes no han sabido reconocer la voluntad del Pueblo catalán. Si no depende de los votos del pueblo, ¿cómo se puede conocer la voluntad del “Pueblo”? Suele ocurrir que en esos casos aparezca una persona o un partido que se arroga ser su voz y se empeña en convencer a los ciudadanos de lo que deben pensar si no quieren traicionar al Pueblo al que pertenecen. Una persona muy influida por Rousseau –Herder, a quien los nacionalistas veneran– dio un paso más en la ficción. Habló del Volkgeist, del espíritu del Pueblo, entidad metafísica creadora del lenguaje, de la religión, del arte, de las costumbres. Cada Pueblo genera un mundo simbólico diferente. Los filósofos idealistas adoptaron con fervor la idea. Schlegel escribió: “Cada Volk constituye un individuo autónomo en todos sus aspectos, es su propio absoluto, tiene un carácter peculiar y se gobierna a sí mismo de acuerdo con leyes, costumbres y tradiciones específicas”. El genoma de estas ideas llevaba por malos parajes que recorrieron los jacobinos de Robespierre, los leninistas defendiendo la supremacía del partido, o los nazis cuando por boca de Rosenberg afirmaban: “La autoridad del Volkgeist está por encima del Estado, y el que no admite este hecho es un enemigo del pueblo”.
Gustavo Bueno cuenta que en 1903-1904 se publicó en Madrid la revista Alma española, en la que aparecieron los artículos de Miguel S. Oliver: “Alma mallorquina”; de José Nogales: “Alma andaluza”; de Francisco Acebal, “Alma asturiana”; de Vicente Blasco Ibáñez, “Alma valenciana”; de Juan Maragall, “Alma catalana”; de Manuel Feliú, “Alma riojana”; de Rodrigo de Acuña, “Alma granadina”, de Antonio Royo Villanova, “Alma aragonesa”; de Vicente Medina, “Alma murciana”. ¿No les parecen demasiadas almas?



